Si, como hemos dicho, la filosofía se define como amor al saber, y al filósofo se lo reconoce por su actitud inquisitiva, es decir, por su disposición manifiesta hacia la indagación, el examen y la averiguación, por la búsqueda de la verdad más allá de las apariencias de las cosas, por la actitud de apartamiento de la subjetividad, es difícil entender que los “diseñadores de ética” o los “filósofos comerciales” tengan algo que ver con la filosofía. Sin entrar en grandes profundidades, si tomamos como referencia el Diccionario de la Lengua Española (D.L.E.), entenderemos diseño como el trazado, la delineación de un objeto, como el proyecto o el plan que lo configura, es decir, que le da forma; por lo que el diseño de algo se refiere no a su contenido o a sus elementos sustanciales sino a su apariencia, fachada o manifestación. Sin embargo la ética no tiene relación alguna con el diseño, ya la definamos como el estudio de las normas morales que rigen la conducta de las personas y de la sociedad, o como la “parte de la filosofía que trata del bien y del fundamento de sus valores” (D.L.E.). Ya sería grave que, como sucede con la determinación de los colores en la moda, hubiera quienes, ligados a los intereses empresariales, determinaran lo que es bueno, obligatorio o prescriptible, en definitiva, valioso desde la perspectiva moral.

En nuestra sociedad abundan quienes se dedican a vender productos, cualesquiera que sean, seguros, automóviles, libros o servicios de telefonía. A ese gremio de agentes comerciales pertenecen aquellos que se venden a sí mismos como propagandistas de proyectos o ideas, sean proyectos de obra pública o de métodos para triunfar sobre los demás. A estos últimos pertenece ese grupo que se autodenomina “filósofo comercial”, que no es sino, simple y llanamente, un agente comercial, alguien interesado en la venta de un producto, y en absoluto interesado por cuestión filosófica alguna y que está muy alejado de poseer una actitud de amor a la verdad.

Si la denominación de “filósofo comercial” no resiste un pase “filosófico” -ni gnoseológico, ni hermenéutico, ni epistemológico, ni lógico, ni… ético-, a la denominación de “diseñador de ética” le sucede lo mismo. A estos supuestos filósofos les sucede lo contrario a lo que dice Adela Cortina al comienzo de su ensayo titulado Para qué sirve realmente la ética, porque no creo que realmente pretendan contribuir a la mejora moral de la sociedad sino a que sus empresas mantengan su cuota de mercado y, por consiguiente, de poder y, si es posible, que la aumenten: no los contratarían si sus aportaciones no sirvieran para abaratar los costes, aumentar su cuota de mercado y superar a su competencia, pero no a través de la ética sino de un aprovechamiento al máximo posible de los márgenes que les permite actuar en el mercado, sea el financiero, el de las materias primas, en el político y en el laboral. O responden a esto o serán utilizados como floreros que adornen las empresas, útiles para servir de trampantojo de las verdaderas intenciones y objetivos de aquéllas. Las empresas tienen claro que los discursos que suenan a “discursos éticos” “venden” ante la opinión pública, discursos que vemos traducidos en llamamientos a una solidaridad aparente con el tercer mundo o con proyectos ecológicos o desinteresados, postizos o fingidos.

Vivimos en una sociedad en la que tiene más importancia la forma, entendida como configuración externa de algo, modo o manera en que se hace algo o de estar organizado algo (D.L.E.), que el contenido y el fondo, es decir, la parte esencial o principal de algo (D.L.E.). El mercado se mueve más por la apariencia, la forma de los artículos, que por sus características; así pues, para vender, es más útil el envoltorio que el propio objeto; en él, es más relevante la publicidad -que no es otra cosa que el envoltorio o la forma de presentación- que el propio objeto, y en ella es más importante el modelo de sociedad que defiende e impone que el propio artículo publicitado. Está por ver la producción filosófica de estos “diseñadores de ética” y de estos “filósofos comerciales”, y sobre todo está por ver la capacidad de enfrentamiento crítico que tienen con quienes les pagan, con quienes han comprado sus servicios y, con ello, su producción intelectual. Difícilmente tendrán y mantendrán la independencia necesaria para poder pensar y hablar con libertad, con la libertad necesaria con la que debe hacerlo el intelectual y el filósofo. La presencia en la sociedad de estos nuevos sofistas plantea muchos interrogantes, como por ejemplo: ¿Cuál es su ámbito de acción? ¿Cuáles son sus obligaciones y compromisos con sus empresas? ¿Tienen libertad de pensamiento y de expresión? ¿Cuánto durarán en las empresas si son críticos con lo que hacen sus empresas y con los planes empresariales de sus compañías? ¿Qué permanencia tendrán en su trabajo si, como exige la actitud filosófica, profundizan en el análisis del sistema que representan las empresas a las que sirven, en el modelo de persona y sociedad que representan aquéllas, y si descubren y argumentan su inviabilidad ética? ¿Qué consecuencias tendrá para estos “diseñadores éticos”, para estos nuevos sofistas, el ejercicio de la libertad de pensamiento y de expresión?

El pensamiento libre y creativo ha crecido en un marco de libertad, de no dependencia; no hay más que repasar la historia de la Filosofía para percatarse de ello. La dependencia laboral, sometida a la inseguridad que significa un contrato de trabajo, la financiación de proyectos o la subvención y la dependencia en cuanto a la acción derivada de la propia dependencia laboral, en el mejor de los casos, reduce la libertad de pensamiento y expresión y recorta e incluso anula el vuelo de las ideas; en el peor de los casos, constriñe la libertad de pensamiento y expresión hasta convertir a estos intelectuales en unos sofistas de nuevo cuño al servicio del poder económico, en vendedores de aromas envenenados, buenos para sus patronos y nocivos para las personas y la sociedad. Si vale como ejemplo sintomático, ahí están como espejo en el que mirarse los gabinetes de prensa de los partidos políticos y de las empresas, que no trabajan para dar a conocer lo que sucede en su seno, digamos la verdad, sino lo que interesa a las empresas que les pagan, para publicitar una realidad desfigurada, para silenciar cuanto no les interesa o para imponer una visión de la realidad y un discurso, para determinar la agenda de los ciudadanos.

El pensamiento, las ideas, proporcionan poder. Aquel que determina el lenguaje es el que tiene el poder. ¡Qué bien traducido aparece esto en el mito de la creación (Génesis, 2, 19-20)! ¡Qué bien lo plantea Lewis Carroll en Alicia a través del espejo! “Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty […]- quiere decir lo que yo quiero que diga..., ni más ni menos. […] La cuestión […] es saber quién es el que manda..., eso es todo. […]”. Y no hay que olvidar que quien tiene poder decide el marco de convivencia, la “verdad oficial”, lo que debe ser aceptado, rechazado o criticado. El poder se impone a través de lo que oculta o silencia, de lo que excluye, de lo que decide que debemos ignorar y de lo que merece o no merece nuestra curiosidad (Juan Cruz, en El País (04/02/2018). Suplemento “Ideas”, p. 6)

La filosofía, como la vida -la noche, decía José Ángel Valente- tiene sombras, incluso rostros infranqueables y hasta dioses macilentos, como el lenguaje y la actitud inquisitiva propia de la filosofía, dioses imaginarios “abatidos, / a medio devorar por un can macilento, / y sus despojos y el humo en las ruinas. // Tiene la noche ríos, / avenidas que arrastran / una espesa materia / dolorosa y ardiente. / Y la memoria, / irreparable, hunde su raíz en lo amargo”. Son tiempos tan malos para la lírica como para la filosofía. Ojalá suceda, como prevé José Ángel Valente, que las palabras que fueron enterradas a veces vuelven, cuando su sentido ya no se reconoce. Pero nunca regresarán por sí mismas, enterradas por el poder, marginadas en el sistema educativo e ignoradas y despreciadas por la sociedad.

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