"Afuera, el mundo parecía frío, aun visto a través de los cristales de la ventana. En la calle, tenues torbellinos de viento agitaban en el aire nubéculas de polvo y trozos de papel formando espirales, y aunque brillaba el sol en todo su esplendor y azul estaba el cielo, no se advertía en el ambiente sensación alguna de colorido, como no fueran aquellos cartelones exhibidos con irritante profusión. Sobre la pared de la casa de enfrente asomaba el bigotudo rostro escudriñando con su mirada a los transeúntes. EL HERMANO GRANDE OS VIGILA advertía la inscripción, en tanto aquellos negros ojos se reflejaban profundos en los de Winston".

 1984       George Orwell

Estimado Carlos: he sentido la perentoria necesidad de responder a tu reciente artículo “Epílogo”, que todos deberían leer en últimocero.com.

Desde muy temprana edad tuve una recurrente fantasía, quería ser periodista, pero no un periodista cualquiera, no como ahora entenderían el hecho de ser periodista el común de los mortales, deseaba poder llegar a encontrar un compañero de armas como tú, con tu sensibilidad, con tu conocimiento de los anhelos políticos de los hombres, deseaba emular cual caballeros andantes a los más grandes, a aquellos icónicos fantasmas del pasado pero que bullen como artefactos gaseosos en nuestras mentes de utópicos desarmados, a Bob Woodward y Carl Bernstein, esos poetas del Washington Post que provistos de briosa armadura y de imperioso idealismo se jugaron la vida, indagaron y rebuscaron en las cloacas del estado una verdad, la única verdad posible, ya que yo siempre me he mantenido en el convencimiento de que la verdad es algo completamente inmutable, indeformable, una pétrea construcción de materia misteriosa, no yuxtapuesta, ni opinable, ni expuesta a ninguna teoría relativizadora.

La dictadura del relativismo a toda costa es lo que nos mantiene a los hombres inermes, suspendidos en un fluido sin apariencia ni densidad, perdidos en un océano de amargura existencial, de incomprensión absoluta del orgánico movimiento del universo que nos rodea, ¿no lo crees así?.

Estoy hastiado de que me impongan dictaduras relativistas de toda especie y pelaje, y que terminan convirtiéndose en una emboscada mortal para nuestra innata bondad, nuestro natural y desesperado anhelo de esa verdad nuclear, absoluta, discernidora del misterio de la existencia y a la que ninguna mentira, por muy hábilmente que este presentada, jamás podrá oponérsele.

Albert Camus nos asegura sobre la mentira que ninguna verdad puede aliarse con ella sin perecer, por el contrario, humildemente estimo que ninguna mentira puede acercarse a la verdad sin ser vapuleada hasta el extremo de su extinción.

Ante la referencia que hiciste sobre mi condición de poeta, los evangelios afirman que ningún hombre es profeta en su tierra, ni en su casa, ni entre los suyos, pues bien, yo estaría en condiciones de afirmar, que tampoco nadie es poeta en su tierra, ni en medio de su aldea gala, ni entre sus allegados y sus más íntimos. ¿Cómo te diría?, es como si te condenaran a un ostracismo deliberado, a una suerte, como pensaba Vicente Alexandre, de exilio interior, como si la gente sólo deseara que la poesía tratara de las vulgaridades cotidianas y banales de la vida y no se detuviera en el canto de las profundidades, no intentará analizar y señalar las abisales preocupaciones de los hombres, su perpetuo instinto de vida, su raza de amante incondicional, porque el poeta busca incesantemente la dignidad incondicional de todo hombre, no hay condición en este mundo, ni circunstancias, ni personas sean del tipo que sean, que puedan ser capaces de arrebatarnos nuestra inmensa e inconmensurable dignidad, por eso mismo creo yo que el fascismo nos odia tanto, porque representamos lo que ellos más detestan, el gusto por la cultura, la sensibilidad espontánea y magnificada, y sobre todo la capacidad de compasión.

España es un país que siempre ha matado a sus poetas, los ha enclaustrado en recintos académicos, en reservas indias, para que así no fueran molestos al poder de turno y al actual tufo de franquismo sociológico y no solo sociológico que rezuma por todas partes. Ese General de voz ridícula y gallinácea y toda su corte de tontos con cerebros comprimidos fueron grandes asesinos de poetas, su trabajo consistió en un borrado sistemático de todo lo bello, de cualquier indicio de belleza que pudiera dejar en evidencia a tan grandes ineptos y felones perdonavidas.

Volviendo a la poesía, es igualmente cierto que en las simas y cuevas de la Península Ibérica han habitado los primeros creadores, los primeros seres con auténtica vocación de poetas, esos homínidos que fueron capaces de hacer un esfuerzo de abstracción y decorar las paredes de Atamira con graciosas alegorías y rituales mágicos en movimiento, la Península es una tierra de creadores, de grandes y asombrosos prestidigitadores de la palabra, de la plástica y del pensamiento que fueron secularmente abducidos y apartados por instituciones políticas profundamente reaccionarias.

Querido Carlos, la poesía no es un entretenimiento, no es un juego, no es un ensimismamiento sin sentido, ni un espectáculo, la poesía es una voz laríngea, un edema gutural, una lucha dialéctica y a muerte, es pura dialéctica entre la existencia y la inexistencia, entre el amor y el pavor, es un germen transcutáneo y que explosiona en el centro mismo de cada pensamiento, de cada fuerza trasmisora de vida, es una pasión desmedida, una locura desenfrenada, oligofrenia de lo infinito, celebración sagrada, tártaros que se dan la mano con eslavos, cosacos que deponen las armas, descabalgan y lloran como niños…. es una pasión cósmica.

Respetado Carlos, en tu artículo haces referencia también a tu desencanto con la izquierda, una decepción que hago mía y que comprendo muy bien, porque en el momento en que la izquierda renunció a la lucha de clases ergo a la transformación del mundo, en ese momento perdió su identidad, su profunda y muy necesaria razón de ser, traicionando a la clase trabajadora y siendo mera gestora de la miseria y la explotación que otros se encargan de generar.

Yo no comprendo que las organizaciones sindicales y políticas de izquierdas se hayan convertido en maquinarias burocráticas zombies, muy al contrario, creo que deberían ser generadoras de una hegemonía cultural al uso de lo que propugnaba Antonio Gramsci, creadoras, impulsoras de esperanza, capaces de trocar al hombre Frankenstein en un nuevo ser,- que cuando el monstruo divisara a la niña en la ribera de aquel riachuelo, su impulso no fuera asesinarla, sino acogerla paternal y silenciosamente y entre sus brazos-, capaces de convertirlo en un nuevo ser, renovado, ético, sólido en sus actos y con recursos suficientes para tomar conciencia de clase y salir de la pecera de matrix en la que le mantienen recluido.

En algunas ocasiones recuerdo cosas y sonrío interiormente, recuerdo como una muy querida abuela me decía: “niño, la gente de derechas es lo peor de este mundo, son malos por natura, crueles, endemoniadamente crueles”. Aunque en aquellos momentos no alcanzase a entender del todo bien sus palabras, posteriormente y en el curso de la vida, la experiencia solo hizo que afirmarme en esa creencia.

Es muy cierto que la izquierda actual es decepcionante, por cobarde y por estar penetrada, al menos en mi opinión, de personas que en un tiempo fueron de clase media-alta y que al quedar por diversas causas desclasadas, se arrimaron a la izquierda social y política, al 15 M, y a las facciones más progresistas de la sociedad, desnaturalizándola y corrompiéndola intestinamente.

Sin embargo, y a pesar de todos los pesares, yo si que creo que entre la izquierda y la derecha hay algo más que una simple distancia espacial o metafórica, existe una diferencia fundamental, ontológica si lo prefieres, y tiene mucho que ver con el comentario en el que me refería a la “capacidad de compasión” que podemos llegar a sentir con respecto a otros hombres, tengo muy claro que en nombre de la izquierda se han perpetrado algunas crueldades de difícil explicación y por parte de personas muy concretas,- pero ese es otro tema a tratar en otro momento-, la “capacidad de compasión” es infinitamente mayor entre los socialistas, comunistas, anarquistas y movimiento obrero en general, que entre los llamados derechistas, capitalistas o neoliberales, y dime una cosa Carlos por favor, que nos identifica a los seres humanos más genuinamente que la capacidad de compasión que podemos llegar a alcanzar.

Otra de las diferencias que yo destacaría es el concepto y la manera de entender la liberad, y llegados hasta aquí me gustaría transcribir tal cual las palabras que un día no muy lejano esgrimió Piotr Kropotkin en su “Catecismo revolucionario”: No es en absoluto verdadero que la libertad de un hombre esté limitada por la de los otros. El hombre no es realmente libre más que cuando su libertad, libremente reconocida y representada como en un espejo por la conciencia libre de todos los demás, encuentra la confirmación de su extensión infinita en su libertad. El hombre no es verdaderamente libre más que entre otros hombres igualmente libres; y como sólo es libre en tanto que hombre, la esclavitud de un solo hombre sobre la tierra, siendo una ofensa contra el principio mismo de la humanidad, es una negación de la libertad de todos. 

Qué quiero decir con esto te preguntarás, lo que pretendo decir es que esta gente no cree para nada en la libertad que tanto cacarean,- me refiero por supuesto a los capitalistas y los neoliberales de centro y de derecha-, sus principios y alegatos son completamente falsarios, su concepción y su postura ante la libertad es la de los grilletes.

Entrañable Carlos, cuantas veces hemos hablado, conversado y discurseado sobre esa amiga mía que tanta perplejidad me causó y que aún hoy en día, cuando la recuerdo, me sigue provocando el mismo asombro y la misma extrañeza que me provocara en su momento. Sabes que es lo más gracioso de todo, o lo más terrible si se mira desde otra perspectiva, lo más gracioso es que supe la verdad desde el principio, que tuve conocimiento de su profundo malestar y de su atormentado desequilibrio, desde un inicio presentí que algo muy grave la acechaba, tal vez desde niña, y sin embargo no hice nada, no lo afronté, no tuve el arrojo de enfrentarlo, de decirla que lo sabía por miedo a perderla para siempre, la amaba desde el silencio y desde el atroz conocimiento de la verdad, la amaba desde la más absoluta cobardía. Te cuento esto porque creo que tu y yo deberíamos de aspirar y dejar atrás, muy atrás, ese papel de víctimas propicias que casi siempre nos envolvió en su mortaja, que deberíamos aprender a soportar las oscuridades de este mundo de otra manera, desde otro punto de vista, desde alguna atalaya que no nos provoque tanto dolor, que tendríamos que aprender a digerir el encuentro con el sufrimiento y la sombra de otras personas, de tal manera que no llegue a hundirnos, ni a proferir lamentos inservibles, ni a socavar nuestra autoestima.

Quiero terminar haciendo una breve alusión a mi admirado Viktor Frankl, que en una de sus muchas reflexiones declararía: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino.”

Esta es una carta, pero también es una exhortación, una exhortación a que sigas creyendo, que a pesar de encontrarnos con personas oscuras en nuestro camino, sigas creyendo en lo bello y lo maravilloso que hay en el ser humano.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios