Cuando éramos pequeñas los cumpleaños se celebraban en el salón de casa aderezados con “sangüis” de jamón de York y Fanta de naranja. Recuerdo que la madre de Laura Martín era muy moderna y también nos ponía películas de Rocío Dúrcal…¡En VHS!!! Esto, que ahora suena un poco Cuéntame era “lo más” en esa época. Nos quedábamos embobadas visualizando los gorgoritos de la prodigiosa virgen franquista.      

Ya saben que la providencia es mi gran aliada y me regala frases que luego yo metamorfoseo en artículos de opinión con los que me quedo la mar de a gusto y así, entre todos, hacemos un poco de catarsis.

“Ayer me enfadé con mi cari. Tardó 10 segundos en dar a Me gusta en la foto que subí esquiando y ha puesto 27 Me gusta al petardo de su compi de máster en el álbum de body pump. Por si fuera poco, hace siglos que no me envía el emoji de corazón con ojito guiñado, ese que antes mandaba cada doscomacuatrohoras y ….”.

Toda esta jerga, que quizá parezca una exageración –¡he hiperbolizado un pelín… lo reconozco!- bien pudiera formar parte de la charleta entre dos jóvenes en la actualidad. Probablemente algún lector esté pensando que nos hemos vuelto medio lerdos y lleva razón.

Cuando yo era adolescente si te gustaba alguien, o bien te arrimabas en la disco mientras sonaba “With or without you” de U2, o dejabas una notaza entre las hojas de su carpeta clasificadora -una de esas que hiperdecorábamos a modo de santuario de la pubertad- y cualquiera de las dos opciones, culminaba en filetako sin par en el pasillo del insti.

Me estoy empezando a sentir como una dinosauria, pero… ¡¿Qué quieren que les diga?! Mi generación vivía en un pleistoceno informático muy auténtico. De tú a tú. Y en la actualidad nos encanta cubrir las relaciones con preservativos virtuales. Puritita y yerma profilaxis 3.0. A causa de ello, nos estamos convirtiendo en unos cobardes descafeinados.

Hace un par de días, una amiga cumplió añetes, ni rastro de los sangüis ni de la Dúrcal… ¡Qué lástima!. La festejada -en medio de un fragor de gin-tonics y nuncamásjóvenesqueahora- encontró a un chico que con el que mantiene un tonteo mutuo y ni la saludó. Eso sí, cuando llegó a casa, advirtió que le había escrito la correspondiente felicitación por Facebook.

La decepción indignada de mi comadre espetó vía chat: “El próximo año prefiero que lo hagas en persona y, a ser posible, acompañes tus buenos deseos con un larguísimo beso con lengua. Así, a las bravas, en vez de obsequiarme con el soso muñecote de la lengüecita fuera y el ojo a la virulé”.

¡Pobrecito! Simplemente es un vallisoletano -como buen pucelano saluda según tenga el día- al que el Sr. Cara-libro recordó un cumple al conectarse. Y esa es otra, ya nadie “archiva” ninguna fecha de cumpleaños, ¿Para qué… si nos la chivan?.

¡Menudo mareo! La avalancha de notificaciones es tal que -como la coja a una un poco blanda- boicotea disfrutar de los ojos de ese amigo real y majete a nuestro lado, por estar con el dedito nervioso dando las gracias al resto de la humanidad ¡Qué cansado es todo ahora, caramba!.

Aunque bien pensado, mi coleguita es una pavisosa… debería haberse acercado al mozo y entonar -emulando a la Dúrcal- aquello de “Me gustas muchoooo, me gustas muchooo tuuuú”, ser valiente en vivo y en directo, como lo era en BUP -con dos calimotxos de más en el cuerpo y su flequillo en punta- que ese rol de princesita esperando al ínclito caballero, no le va nada.  

Si es que comemos tanta pantallita que luego nos amilanamos a la mínima… ¡Señor, señor!!!.

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