Henrik Ibsen se preguntaba en su obra Casa de muñecas (1879) si la mujer es un objeto a merced de la voluntad o de los caprichos de un hombre. Aunque Ibsen se planteaba este problema en el ámbito matrimonial, la cuestión tiene plena actualidad más allá del contexto familiar, en el ámbito social. Los abusos sexuales -según la sentencia provisional- que los cinco jóvenes de “La Manada” perpetraron contra una joven en Pamplona el 7 de julio de 2016 y la sentencia hecha pública el 26 de abril, junto a las protestas surgidas contra dicha sentencia suponen una línea divisoria, un antes y un después en la conciencia ciudadana -y debiera serlo también en el ámbito legislativo y en el judicial- sobre las agresiones sexuales sufridas por las mujeres. El propio Ibsen escribía en 1878, poco antes de terminar la redacción de Casa de muñecas: "Existen dos códigos de moral, dos conciencias diferentes, una del hombre y otra de la mujer. Y a la mujer se la juzga según el código de los hombres. [...] Una mujer no puede ser auténticamente ella en la sociedad actual, una sociedad exclusivamente masculina, con leyes exclusivamente masculinas, con jueces y fiscales que la juzgan desde el punto de vista masculino".

Ha llamado la atención a gran parte de españoles un fallo judicial en el que las agresiones de los de “La Manada” a dos miembros del tribunal les ha parecido abuso sexual y a un tercero ni siquiera le han parecido delito por lo que pide la absolución y la excarcelación de los acusados. Sin embargo, este fallo judicial ha provocado la salida a la calle de miles de ciudadanos en muchas ciudades españolas para protestar contra dicha sentencia, expresar su perplejidad, manifestarse contra ella y solidarizarse con la joven agredida. Muchos periodistas y escritores han cogido la pluma para reflexionar sobre los hechos, manifestar su perplejidad y ponerse del lado de la víctima. En estas manifestaciones se han coreado lemas como, por ejemplo, “no, es no” o “sólo un sí es un sí”, que al margen de que no necesitan explicación, porque son de simple sentido común, responden a aquel corolario de John Stuart Mill que dice: “sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano” (Sobre la libertad. Introducción). Está claro que, en este caso, existe una distancia abismal entre la sensibilidad de la ciudadanía en general y los razonamientos jurídicos de los jueces que han redactado y firmado esta sentencia.

Muchos tribunales de justicia están adornados e incluso presididos por la imagen de la Iustitia romana, es decir, por la de una mujer que sostiene una balanza con su mano derecha, sujeta una espada con la izquierda y tiene los ojos vendados; como si en la administración de justicia debieran combinarse la ecuanimidad y la suerte (la balanza), el cumplimiento de la pena y la venganza (la espada) y la objetividad, la imparcialidad y el destino (los ojos vendados). A esta imagen le falta un elemento fundamental, que debe acompañar a quien juzga, la empatía y la sensibilidad. Una justicia se vuelve ciega cuando aplica la ley como quien realiza un cálculo lógico-matemático, aplica un algoritmo o cumple con un protocolo sin más. Es lo que algunos dicen que debe hacerse cuando sostienen que los jueces deben ser “juristas puros”, mientras olvidan que el ejercicio de la justicia es inseparable respecto de la sensibilidad social en una sociedad democrática. La sentencia sobre “La Manada” ha sido interpretada por la ciudadanía como la consecuencia de una justicia ciega y ha salido a la calle para manifestar su oposición a ella.

Esta sentencia ha sido interpretada como fruto de una “justicia patriarcal”, es decir, machista, y como una sentencia que protege más a los agresores-hombres que a la víctima-mujer. Para que hubiera intimidación, ¿habría sido necesario que, además de que la víctima fuera agredida, incluso violada, tratara de huir, gritara y se defendiera de cinco jóvenes, que la superaban con creces en peso y fuerza, poniendo en riesgo evidente su propia vida? Si esto es así, falla el código penal y fallan los jueces, a los que les ha faltado la empatía y la sensibilidad suficientes para entender los hechos. Si las víctimas hubiéramos sido nosotros -mujeres, claro está-, ¿qué habríamos hecho, encerrados en el rincón oscuro y sin escapatoria de un portal? La sensibilidad exige empatía, capacidad para ponerse en el lugar del otro, de la víctima en este caso, algo que la ciudadanía ha echado en falta en esta sentencia.

Si vale confesarse, ante estos hechos y ante esta sentencia me siento hombre- varón, más que persona, y siento vergüenza. Mi sensibilidad, como la de tantos y tantos miles de personas, se conmueve, y me siento responsable, sin serlo, y no me extraño de que, mientras paseo a primera hora de la mañana, cuando me cruzo con una persona-mujer, ésta me mire con recelo y hasta se cruce de acera. Estos hechos colocan a todas personas-varones en el punto de mira de la sospecha.

No hay que ser una persona ultrasensible para ponerse en el lugar de la joven vejada y agredida y creerla. Simplemente se precisa un poco de empatía y, por qué no, de sentido común, o sea, de inteligencia, algo de lo que parece que carece la mujer de la balanza, la espada y los ojos vendados. A la joven agredida no le quedó otro remedio que someterse y, pasado el trago, denunciar los hechos con la esperanza de que esa mujer ciega que preside los palacios de justicia tuviese oídos para oír los quejidos y el llanto, sensibilidad para sentir el dolor y ecuanimidad para no dejarse llevar por sus propios prejuicios o por corrientes culturales contaminadas por el machismo, y espada, valor para sentenciar con justicia. ¿Qué otra cosa podría haber hecho la víctima? Y es que, si todavía tuvo fuerzas para denunciar, en ese momento, además de confiar en la justicia -una institución en la que seguramente ahora confiará poco o nada- con ello manifestaba su oposición, su rechazo radical a los hechos denunciados, a la agresión múltiple que sufrió. Era el recurso que le quedaba para hacer valer el principio que dice “no, es no”. Si hubiera gritado o hubiera intentado huir, posiblemente habría salido de aquel portal malherida y en ambulancia o en un ataúd camino del cementerio.

Las personas-mujeres y los ciudadanos en general hemos abierto una puerta que llevaba cerrada milenios. Una vez abierta, no es posible cerrarla porque significa, para las personas-mujeres y para todos en general, la salida de nuestra minoría de edad, del sojuzgamiento del machismo que sufrimos al menos desde el Neolítico. Cuando alguien despierta, ya no retrocede el día. Descubierta la luz, es decir, la dignidad humana de todos, la identidad y la igualdad de derechos de todas las personas, es imposible hacer regresar y que pervivan la oscuridad y el sometimiento, y menos aún imponerlos. En las manifestaciones habidas a lo largo de estos días en las calles españolas ha muerto, al menos para la ciudadanía, la justicia patriarcal, enterrada por la dignidad humana. Es preciso que ahora lo haga en el seno de las familias y en el trabajo, en la calle y en los medios de información y comunicación, en las religiones, en la cultura en general, en las instituciones y en los juzgados. Una tarea titánica cuyo fruto no veré y que exige el paso y el esfuerzo de muchas generaciones. Todo esto es fruto, al menos, del 8 de marzo pasado, no tiene vuelta atrás y marca un antes y un después al menos en la vida social española. Si es así, no es poco, porque al menos cabe la esperanza.

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