En pleno siglo XXI vemos con perplejidad al Gobierno de Rajoy cantando a pleno pulmón Soy el novio de la muerte, al paso del Cristo resucitado de Málaga, culminando la escena con un ¡Arriba España!. Asistimos también   perplejos a un manoseo y manipulación indecente de las palabras, de las ideas, de los valores, de las ideologías. No sé por qué ahora se llama posverdad a lo que siempre ha sido la manipulación y la mentira. Vivimos un esperpéntico conflicto de identidades, himnos, banderas y discursos surrealistas que amenazan con amargarnos la existencia por mucho tiempo, sin resolver los problemas. Constitucionalistas que lo son sólo a ratos, republicanos que no tienen ni idea de lo que significa República pero enarbolan emocionados su bandera, nacionalistas de izquierdas, o esa casta extraña que, como decía El Roto, apoya las emociones colectivas a la vez que las fortunas privadas.

Pensábamos que en estos últimos 40 años habíamos conseguido mucho, pero parece que lo conseguido ha resultado ser una sátira de nuestros sueños. El caso es que las cosas, si bien estamos lejos de la dictadura franquista, siguen viniendo mal dadas, y lo que nos queda. Mediocridad y delirio. La raíz del mal está en la ignorancia. Y la calidad de nuestra ignorancia está fuera de dudas. El ser humano es lo que la educación hace de él (Kant).Esto de “No haga usted un pueblo sabio” viene de lejos, de la tradición del despotismo. Como dice Emilio Lledó, si te introducen grumos pringosos en la cabeza ya no vas a poder pensar, ya no vas a poder ser libre, ni tener un espíritu creativo y racional. Hemos renunciado a la independencia mental para adoptar un lenguaje de grupo que ni siquiera comprendemos. Y ¡ojo! porque hoy a la mínima te conviertes por arte de birlíbirloque en un fascista o un traidor. Discernir no está de moda.

Se violentan palabras como la de libertad. No son pocos los que hoy secundan con entusiasmo la idea de que la libertad política es hacer dinero. La libertad es la libertad, pero si conduce a la desigualdad, la pobreza y el cinismo deberíamos decirlo con claridad, en vez de ocultarlo bajo la alfombra en nombre del triunfo de la libertad sobre la opresión. La libertad de expresión se machaca con leyes indecentes como la “ley mordaza” pero la libertad de expresión también se degrada si solo sirve para decir tonterías y falsedades, con el ánimo de maquillar la realidad

En boca de cada vez más políticos la palabra democracia resulta vomitiva, es una violación del cerebro, es maltrato a la inteligencia, agresión pura y dura. Y lo singular de todo esto es que los falsarios están en todos los bandos sin excepción. El énfasis en la democracia debería ser en buena medida superfluo. Hoy teóricamente todos somos demócratas. Pero, si todos somos demócratas ¿qué nos distingue ahora? ¿qué es lo que defendemos? ¿sabemos qué es una democracia? Este país lo mal gobierna una banda organizada para delinquir, el PP, pero con el consentimiento de todo el arco parlamentario, que además de mayoritario nunca había sido tan presuntamente plural y alternativo. Y ahí estamos, huérfanos, entre la mediocridad, el delirio y la corrupción institucional, soportando un incremento escandaloso de la desigualdad, con ricos cada vez más ricos y la pobreza instalada para quedarse.

Hubo una vez en que la clave de la izquierda era el pensamiento crítico y la creatividad, incluso la capacidad de resolver problemas complejos, pero en el fondo lo que hemos podido comprobar es que en este esquema con pretensiones de innovador lo que sea un problema, y por extensión aquello a lo que se aplica la crítica, lo decide el que manda. Que decide también, no solo lo que debemos ignorar, sino también lo que ni siquiera resulta merecedor de nuestra curiosidad. De asaltar el cielo a pisar las brasas del infierno, de tomar la palabra a según y cómo, de Estado aconfesional a banderitas a media asta por la muerte de Cristo, pero no por la muerte de miles de sirios. Mediocridad, delirio, corrupción institucional, gasto militar y banderitas por doquier.

Nos estamos convirtiendo en un país cada vez más reaccionario, “caminando hacia el futuro reculando” como decía Celso Emilio Ferreiro. Nuestros lamentables, mediocres y delirantes políticos se pierden con nocturnidad y alevosía en debates estériles como por ejemplo – por no hablar del cansino asunto catalán- sobre la corrupción o la evasión fiscal, asumiendo unos que se trata de un problema de moralidad individual, y asumiendo otros que lo que falla es el sistema capitalista o la globalización en su conjunto. La sed de sangre de unos y otros es saciada: sabemos que hay individuos (y partidos políticos) pérfidos y un sistema global perverso. Pero ni de una visión ni de la otra salen prescripciones útiles.

La buena política pasa por la asunción de fondo de que el problema no es individual ni sistemático, sino institucional ¿qué normas de actuación de las instituciones públicas, pero también de las privadas como los bancos, han propiciado la evasión de impuestos? Y en consecuencia ¿qué cambios normativos habría que introducir para revertir esta situación? En otros países europeos la discusión transcurre más en el ámbito propio de la actuación política, sin caer en los casos individuales y, a la vez, sin elevarse a las nubes abstractas del sistema, poniendo el foco sobre las reglas que permiten la fuga de capitales a paraísos fiscales. En estos países se habla más de las instituciones que han fomentado el pecado que de los pecadores. Ocurre lo mismo con la lucha contra la corrupción, nos quedamos en los casos particulares de personas o partidos o nos dejamos arrastrar por meditaciones vagas sobre el sistema, olvidando que la política es la gestión de las reglas comunes y no de los nombres propios. Parece que en este país no nos ponemos de acuerdo sobre qué es la política. Y si no sabemos qué es, no podemos mejorarla. ¿Pudimos?

 

¡FELICIDADES VALLADOLID! ¡ÚLTIMOCERO RESISTE Y NOSOTROS CON EL! ¡IMPRESCINDIBLE!

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