España cuenta con una forma de gobierno parlamentaria. Quiere esto decir que los ciudadanos no votan directamente al Presidente del Gobierno, sino que a éste lo eligen los diputados que previamente han sido designados en las elecciones generales. Es decir, el Presidente del Gobierno guarda una relación de confianza con el Parlamento –en este caso, con el Congreso de los Diputados, el Senado no juega ningún papel en la investidura-. Por ese motivo debe ir periódicamente a sede parlamentaria a rendir cuentas sobre su actividad en las sesiones de control al Gobierno.

La Constitución española reconoce varios instrumentos de control ordinario al Gobierno, entre los que se encuentran las preguntas en sede parlamentaria –por ejemplo, los famosos cara a cara entre los líderes de la oposición y el Presidente-, las proposiciones no de ley, las interpelaciones, etcétera. Y también reconoce dos instrumentos de control extraordinario: la cuestión de confianza y la moción de censura.

Tan inusuales son los dos instrumentos a los que acabo de aludir que, hasta la presente legislatura, tan solo habían tenido lugar dos cuestiones de confianza y dos mociones de censura. Se da la circunstancia de que, en dos años, nuestro país va a vivir tantas mociones de censura como había vivido en toda la historia de la Constitución de 1978.

En estos días en los que el PSOE ha registrado la segunda moción de censura en lo que va de legislatura y la cuarta en la historia de nuestra democracia, se ha tenido la ocasión de escuchar opiniones que defienden que se está haciendo un uso irresponsable de este instrumento que, junto con la cuestión de confianza (que solo puede presentar el propio Presidente del Gobierno), es el único capaz de remover al líder del Ejecutivo.

Nuestra Constitución apostó por una moción de confianza constructiva. Quiere decir esto que, a la vez que se presenta la moción con el fin de destituir al Presidente, se ha de proponer a un candidato alternativo. Para que salga adelante, se precisa de la mayoría absoluta de los miembros de la Cámara. Es este un elemento típico del denominado parlamentarismo racionalizado, con el fin de garantizar una mayor estabilidad gubernamental en detrimento de otorgar más poder al Parlamento.

El problema es que en nuestro país, hasta el momento, a pesar de que vivimos en un régimen parlamentario, estábamos poco acostumbrados al parlamentarismo. Nos acercábamos más a una especie de “parlamentarismo presidencialista”, donde el Presidente contaba con unos poderes propios de un Presidente de una República presidencialista, sin los debidos contrapoderes del Parlamento. Los Presidentes se acostumbraron a gobernar en España en situaciones de mayoría absoluta o cuasiabsoluta, sin que tuvieran que contar con el apoyo de otros partidos nacionales, sino que siempre negociaron con los partidos nacionalistas, tan denostados ahora.

El problema de nuestra moción de censura es que puede suceder que exista una gran mayoría en el Parlamento partidaria de rehusar el mandato del Presidente, pero que esa misma mayoría no esté de acuerdo en elegir al candidato que se propone en el mismo texto de la moción. Es lo que ocurrió en la moción de censura presentada por Unidos Podemos. Además, se da mucha más importancia a la parte constructiva que a la, podríamos decir, destructiva. Es decir, el foco se pone en el candidato a la Presidencia del Gobierno más que en los motivos por los cuales se ha llegado a presentar la moción de censura, en el control al actual Gobierno. El debate es entre el candidato y el resto de Grupos Parlamentarios, no entre el Presidente al que se pretende apartar y el resto de diputados.

Si tenemos en cuenta lo anterior, no estaría mal revisar su regulación. Quizás sería interesante dividir en dos el debate y la votación de la moción: primero, un debate que finalice con el voto a favor o en contra de declinar el apoyo parlamentario al actual Presidente. Una vez se haya votado, iniciar otro debate que concluya con el voto afirmativo o negativo al candidato propuesto en la moción. De esta forma se distinguiría mucho mejor las dos partes de la moción de censura y, además, se pondría el foco en los motivos por los cuales se ha decidido presentar este instrumento parlamentario. También hay que destacar que es mucho más complicado conseguir los apoyos para ser Presidente en una moción de censura que en una investidura: para la primera se necesita mayoría absoluta mientras que, en la segunda, basta con mayoría simple de votos en una segunda votación, de no haber alcanzado la mayoría absoluta en la primera.

Voy a ser incluso más radical: ¿y qué tal si para estos casos de corrupción la propia ciudadanía pudiera votar si quiere que el Presidente se quede o revocar su mandato? Los referendos revocatorios son instrumentos que existen en países como Estados Unidos. Quizás no estaría mal estudiar su incorporación a nuestro país.

Es hora de que en España nos vayamos acostumbrando, principalmente los partidos políticos, a que el Parlamento ha recobrado el protagonismo que merece. Y que, por eso, para gobernar hay que mirar a los demás Grupos Parlamentarios. Los tiempos de las mayorías absolutas han pasado y el diálogo se hace más importante que nunca. Para situaciones excepcionales, como es la actual, instrumentos excepcionales como la moción de censura son los únicos que pueden devolver a la normalidad a nuestras instituciones.

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