A pesar de mi edad provecta y de haber procurado vivir con los ojos abiertos, el jueves pasado, el 31 de mayo asistí, como supongo que le sucedió a la inmensa mayoría de los españoles, a una escena insólita, difícil de entender y, menos aún, de comprender: se debatía una moción de censura contra don Mariano Rajoy, en su calidad de presidente del gobierno, y éste estaba ausente del hemiciclo, mientras su escaño lo ocupaba el bolso de la señora Sáez de Santamaría. Había debatido por la mañana con don Pedro Sánchez, el candidato del PSOE, pero lo que los demás grupos parlamentarios de la oposición dijeran por la tarde parecía importarle poco -¿o quizá no estaba presente precisamente porque le importaba mucho? Difícilmente sabremos lo que pensaba el señor Rajoy, proclive a juegos de palabras incomprensibles y a acompañar su inacción con el silencio mantenido. Seguramente, sabedor o temeroso de lo que había decidido en PNV, no quería escuchar cómo, me imagino que según él, la democracia degeneraba en lo que Polibio llamó una oclocracia, o sea, en el gobierno de la muchedumbre; porque, para que triunfara la moción de censura, era preciso que se confabulara una muchedumbre de grupos políticos, populistas y nacionalistas, junto a un PSOE desnaturalizado; una conjunción viciada, confusa e irracional; el peor sueño posible. Don Mariano y el Partido Popular no se habían percatado de que la primera sentencia del caso Gürtel era un mazazo para el PP y su gobierno. Ellos creían que la voluntad general -¿qué diría Rousseau?- y hasta la propia España se identificaban con ellos mismos, sin querer entender ni reconocer que la corrupción es una bomba de destrucción masiva contra la democracia y sin percatarse de que así lo percibimos los españoles. En el restaurante en el que comió el señor Rajoy junto a un grupo reducido de los suyos, se dolían ellos de que el populacho corrompido fuera a asaltar la Moncloa de manera inevitable, sin haber entonado el mea culpa por la corrupción que había permanecido infiltrada en el PP.

El señor Rajoy estuvo el jueves y el viernes hasta la hora de la votación en el no-lugar, y comprendimos su no-lugar político como el propio de quien es ubicuo, es decir, de quien, al margen de la física cuántica y de los experimentos y demostraciones de Schrödinger, está al mismo tiempo en el restaurante y en su escaño: allí tejiendo su futuro personal, el de su gobierno y el de los españoles o cualquiera sabe qué; en el escaño, convertido en holograma de cuero negro, disfrazado de bolso de mano. Se temía don Mariano lo peor, que lo posible se hiciera composible, que se confabulara lo más negro de la España nacionalista en torno al superviviente señor Sánchez. Don Mariano prefirió verse en negro, de ahí su disfraz holográmico, y preferió no sufrir in vivo, dejar que todos pensaran en él, dijeran lo que dijeran, pero que pensaran en él. Daba lo mismo que se preocuparan por su salud -política, claro está-, si le había dado un síncope político, se había extraviado en el tráfico de Madrid, se había llevado la grúa su coche oficial, no había encontrado un taxi libre para llevarlo a la Carrera de San Jerónimo, estaba entretenido leyendo el Marca, sorprendido por la noticia de la dimisión de Zinedine Zidane, o si corrían ríos de tinta en España y allende nuestra fronteras interpretando su escaño vacío como un desprecio a la democracia. Se hablaba de él y de su gobierno en el Congreso de Diputados y se debatía sobre el presente y el futuro de España, pero el presidente sólo estaba presente en el hemiciclo como bolso de mano y porque estaba en el pensamiento de todos. No cabe duda de que se comportó como un mago: fue capaz de estar presente en el hemiciclo precisamente por estar en la mente de todos, pero haciendo caso omiso al in sepulto de su gobierno que se fraguaba en la institución que representa la soberanía nacional. Y esta vez se trataba de una moción de censura contra él, no de una simulación de despido en diferido, ni de buscar un trabajo fin de máster, ni de cortesía parlamentaria, ni de simple estética sino de ética política, en la que, además de lo que es, cuenta y mucho lo que parece.

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