Doblados como viejos mendigos bajo bolsas,

chocando las rodillas y tosiendo como viejas,

maldecimos a través del lodo.

Hasta darle la espalda a las condenadas bengalas y

empezar a arrastrarnos a un descanso remoto.

Los hombres marchaban dormidos.

Muchos ya sin botas cojeaban calzados de sangre.

Todos patéticos, ciegos todos, ebrios de cansancio,

sordos incluso a los silbidos de proyectiles decepcionados

que caían más atrás.

Wilfred Owen

Mientras doy vueltas al café, a ese eterno café que siempre me acompaña y a la luz de una pequeña lamparilla, desgastada en sueños y que pretende alumbrar más allá del alcance de mis ojos,-comienzo a escribir estas palabras-,de fondo suena la cuarta sinfonía de Brahms, mis parpados se cierran y contemplo con asombro una Europa rasgada en diagonal, una inmensa extensión de trincheras que desde El Canal de la Mancha hasta los Alpes cruzan el continente, separando a los mismos hombres, a iguales seres humanos, a las mismas entrañas, sentidos, emociones, ansias vitales y pasión por la vida.

Presiento entonces, como esos millones de seres encarcelados a uno y otro lado de esa gigantesca cicatriz de lodo dolorido, golpean mi pecho y me animan a escribir este humilde artículo en conmemoración de los 100 años del fin de La Primera Guerra Mundial.

He comenzado así, con la intención de devolverles a todos la vida, de regresarles al mundo de los sentidos, aunque tan sólo sea entre estas líneas, entre estos desordenados párrafos, que en está tarde del 8 de junio del año 2018 dan sus primeros pasos hacia mis desconocidos pero queridos lectores.

He elegido este tema, porque el próximo 11 de noviembre se cumplirá el centenario del final de la conflagración más alucinatoria, hipertrofiada y devastadora que La Humanidad hubiera conocido hasta ese momento y por supuesto también, porque este mismo conflicto marcó las conciencias y el carácter de millones de personas, alterando de manera fundamental todas las ramas del arte y del conocimiento humano, desde la química pasando por la literatura e incluso la filosofía, que dejando atrás sus viejas bases epistemológicas se sumerge y camina por las sendas de la fenomenología, es decir, el estudio y la profundización del "fenómeno","el hecho",la realidad que circunda y envuelve a todo ser humano, al universo entero y a sus respectivas órbitas de misterio y que la filosofía siempre pretendió esclarecer.

Imagen de una trinchera en la Primera Guerra Mundial.
Imagen de una trinchera en la Primera Guerra Mundial.

Grandes y señaladas mentes del momento se hicieron la misma pregunta,¿por qué?,¿cómo fue posible que la especie humana hubiera alcanzado tal grado de sofistificación y efectismo y que lo hubiera empleado al servicio de la muerte?.

Todo se inició con un magnicidio, pero unas décadas antes, ya venían fraguándose las condiciones sociales y económicas que luego desembocarían en La Gran Guerra.

A finales del siglo XIX, durante la llamada Segunda Revolución Industrial, el gran salto tecnológico y científico había procurado que las condiciones de vida mejoraran ostensiblemente,- lo que se dio en llamar fin de siècle y la belle époque-. Al menos en determinadas capas de la población, una nueva clase social haría su aparición en la Europa industrializada, la de "los rentistas",herederos de la antigua burguesía emergente tras la Primera Revolución Industrial y que no se veían obligados a realizar ningún tipo de trabajo para su supervivencia. Sin embargo y paralelamente a esto, las desigualdades sociales y el descontento iban en aumento, la redistribución de la riqueza generada y sus consecuentes bondades para la población dejaba mucho que desear, la Europa post-industrial era un auténtico avispero donde confluían unas desigualdades económicas crecientes conjuntamente con una exacerbación delirante de los nacionalismos de todo calado, por una parte el revanchismo francés, dolorido por la pérdida de las regiones de Alsacia y Lorena, por otro lado el paneslavismo ruso y el ultranacionalismo imperialista alemán que con la refulgente figura del Káiser Guillermo II, soñaba con la creación de esa Gran Alemania fundada sobre los valores militares prusianos, expansionista y con un abracadabrante sentido de la superioridad sobre el resto de los pueblos europeos. El Káiser, el más fiel representante de una autocracia militarista, poseía uno de los peores atributos que puede tener un dirigente, una inseguridad neurótica que no le permitía controlar sus impulsos o decisiones. Por otra parte, el parlamento alemán o Reischtach estaba controlado en su mayoría por la socialdemocracia, pero apenas tenía capacidad decisoria y el Káiser a través de su canciller Bismark imponía su política y el rumbo a seguir en cada momento.

He aquí uno de sus discursos en el que auna los más exacerbados sentimientos nacionalistas y patrióticos:

*Discurso del Káiser Guillermo II en el 25 aniversario del Imperio:

"El Imperio alemán se ha convertido en un Imperio mundial. Por todas partes, en las regiones más remotas del globo, viven millones de compatriotas nuestros. Los productos alemanes, la ciencia alemana, el espíritu de empresa alemán atraviesan los océanos. Las riquezas que Alemania transporta a través de los mares se cifran en miles de millones. A vosotros os incumbe, señores, el deber de ayudarme a sujetar sólidamente esta gran Alemania a nuestra patria". En medio de este caldo de cultivo, de esta sopa primordial, es donde se fueron mimetizando las mentes de los europeos, globalizando sus aspiraciones nacionalistas, aumentando la apatía y tediosa vida de las burguesías, y el resto lo hicieron un sistema educativo homogeneizadora, del orgullo nacional y una fuerte propaganda pre-bélica por parte de los diferentes estados.

A pesar de ello, existió una activa oposición al conflicto, sobre todo por parte de La Internacional Socialista contraria a la participación de los trabajadores en la contienda,¿qué trabajadores podían ser aquellos que luchaban entre sí por los intereses de una clase social antagónica a la suya?.A modo de ejemplo, estas son las declaraciones de Leon Jouhaux, anarcosindicalista de la CGT francesa, que el día 4 de agosto de 1914,una vez iniciada ya la guerra, dijo lo siguiente:

"Nosotros no hemos querido esta guerra. Los que la han desencadenado, déspotas con propósitos sanguinarios, con sueños de hegemonía universal, recibirán su castigo. No sólo el estertor de los moribundos, los clamores de los sufrimientos de los heridos subirán hasta ellos como reprobación universal, sino el relámpago de odio que se encenderá en las miradas de las madres, de los huérfanos y de las viudas".

No obstante y por encima de las proclamas antibelicistas que sin descanso lanzaban La Internacional Socialista y otras organizaciones de la izquierda,-décadas de los ya mencionados programas educativos que fortalecían el sentimiento de vínculo nacional por encima de cualquier otro valor y la fuerte propaganda del aparato belicista mundial,-provocaban el mismo día en que se declaraba el estallido de la guerra, un 28 de julio de 1914-, un gran entusiasmo colectivo.

El alborozo y la alegría con que se recibió el inicio de la guerra fue mayoritario en las diferentes ciudades europeas, por todas partes, allá donde uno mirara, cantidades de personas vitoreaban el paso de los soldados, guirnaldas de flores eran lanzadas por masas enfebrecidas, cientos de miles de hombres se alistaron voluntarios ese mismo día, el fervor nacionalista se inflamó hasta límites desconocidos en la historia.

Pero todos habrán sido víctimas, víctimas propicias e inermes de una primera e ilusoria fascinación, del poder fascinatorio del blandir de las espadas, del arranque en lance viril que toda guerra suscita en el inconsciente social.

Después de unos meses de iniciada la conflagración, los hombres languidecían entre oceánicos restos de lodo y sangre, sin apenas avances, ni territoriales ni estratégicos, nada de aquello era como les habían contado, el halo romántico de la guerra se convirtió en una espantosa mueca, las iniciales fiebres nacionalistas se diluían fatídicamente. Yo no pretendo relatar lo que a partir de aquí transcurrió, ni siquiera las estrategias y las diferentes batallas que se sucedieron a cuál más cruel y mortífera que la anterior, tampoco deseo aburrirles explicándoles en detalle el Plan Schlieffen, las batallas de Ypres, del Somme, las diferentes majaderías del Mariscal Joseph Joffre y de Paul Von Hindenburg o el desconcierto de pudor y muerte que significó Verdún.

A finales de 1915 los ejércitos alemanes habían resultado vencedores en todos los frentes, pero sin embargo sus victorias no presagiaban un próximo fin de las hostilidades. La paciencia de la población civil, que en un inicio había respaldado al ejército, comenzaba a flaquear, y es entonces cuando en el seno interno del propio ejército se produce una revuelta, capitaneada por Hindenburg y Ludendorff y apoyada también por el canciller Hollweg, que exigía la inmediata destitución del jefe del Estado Mayor Falkenhayn. Para reafirmarse en su posición, el general Falkenhayn propuso al Káiser la misma estrategia que se había venido manteniendo en el frente oriental, la del desgaste progresivo del enemigo. Se obligaría a los franceses a emprender una ofensiva para recuperar un territorio que en realidad no tenia ningún valor estratégico sino simplemente de honor patriótico, ese territorio estaba encarnado por la fortaleza de Verdún, una población al noreste de Francia muy cercana a la frontera con Alemania, allí se enfrentarían el segundo ejército francés bajo el mando del general Henri Pétain posteriormente reemplazado por el general Robert Nivelle, frente al quinto ejército alemán bajo el mando del príncipe Guillermo, con el general Erich von Falkenhayn como jefe del estado mayor, el resultado fue una de las batallas más terribles de la historia moderna, 168.308 bajas entre los francéses y unas 100.000 entre los alemanes.

“Cuando se procedió a despejar la trinchera, ocho de nuestros centinelas fueron encontrados con la parte posterior del cráneo machacada. Unas cincuenta camillas, en las que, vendados con vendas empapadas en sangre, yacían hombres que gemían, estaban colocadas delante de unos refugios de chapa ondulada; entre ellos cumplía con su misión el médico que iba arremangado.

Un muchacho joven, en cuya cara blanca como la nieve brillaban cual presagio funesto unos labios azules, balbuceaba:

- Estoy demasiado grave…no volveré a…voy-a-morir.

Un gordo suboficial médico lo miró compasivo y murmuró varias veces estas palabras de consuelo:

-¡Vamos, vamos, camarada!.

Este testimonio sobre lo angustioso de aquellos momentos, sería plasmado por Ernst Jünger en sus diarios “Tempestades de acero”.

Lo que sí desearía, es hacer una breve reflexión sobre lo que significó esta guerra, una humilde indagación filosófica al respecto, si es que esto fuera posible.

Voltaire decía que todos los animales están perpetuamente en guerra. Unas especies han nacido para devorar a otras. El aire, la tierra y el agua son campos de destrucción, sin embargo, le parecía que habiendo Dios dotado de razón a los hombres, debería esta inducirle a no envilecerse imitando a los animales.

Por lo tanto, yo descartaría las tesis animalistas que tienden a igualar los comportamientos de hombres y animales, como si los primeros estuvieran desprovistos del más mínimo raciocinio, decididamente me convierto a gran parte del pensamiento volteriano a la hora de transitar por estos terrenos.

Hobbes se preguntaba si era la guerra el estado natural de los hombres y en su conocida obra "Leviatán" exponía lo siguiente:"Así hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria".Al contrario que Hobbes, nunca he creído ni creeré que estas causas sean consustanciales o naturales a los hombres, sino que a través de algún artificio o maniobra han sido siempre, desde la antigüedad más remota, inoculados en los hombres desde otras instancias superiores, llámense déspotas, reyes, virreyes, señores feudales o gobiernos siempre fielmente representantes de los intereses de una complaciente burguesía.

Durante La Primera Guerra Mundial, 20 millones de personas fueron icineradas y sacrificadas en el altar del Dios expansionismo, del Dios de un incipiente capitalismo, del Dios de la ambición desmedida, en el altar de unos dirigentes neuróticos, obtusos y sin sentido de la realidad.

Mientras apuro los últimos sorbos de mi fiel café, me pregunto hasta cuando los seres humanos permaneceremos en este estado de postración sonámbula, de alienación teledirigida, hasta cuando en manos de prestidigitadores, de rancios ilusionistas y rentistas sin escrúpulos.

Pero volvamos, aunque sea por unos momentos, a una de las cuestiones que a mi personalmente más me han preocupado, en términos generales, de la historia de los hombres. En la modernidad, se han suscitado diversas teorías sobre el origen de la violencia, sobre el hecho causante de la violencia entre seres humanos; entre estas teorizaciones, advirtiendo de antemano que todas ellas son teorías innatistas, destacaría las siguientes:

En primer lugar, la teoría etológica. Surge del intento de extrapolar las causas del comportamiento animal a la conducta humana, considera que la violencia es una reacción innata que se basa en impulsos inconscientes biológicamente adaptados y que se han ido desarrollando con la evolución de la especie.

En segundo lugar, la teoría psicoanalítica que sostiene que la agresividad es un componente instintivo básico y que surge como reacción ante el bloqueo de la libido, en consecuencia, ante el bloqueo de la consecución de todo lo que pueda provocar placer.

Y finalmente, y es de la que más cerca me siento, una teoría que cabría englobar no dentro del innatismo sino en el mismo conjunto de las teorías reactivas o ambientales, y es la teoría del aprendizaje social; esta teoría es esgrimida por Albert Bandura y considera que el comportamiento agresivo es el resultado de un aprendizaje por observación e imitación, por tanto, la imitación de la conducta agresiva dependerá de si el modelo observado obtiene o no recompensas positivas.

Bajo mi punto de vista y desde mi experiencia, esta última es la explicación más plausible y la verdadera causa de la violencia física, psicológica, estructural, sistémica, que todos, y a lo largo de nuestras vidas padecemos perplejos y sufrientes.

Me pregunto y me exhorto a mi mismo que si en verdad somos el pueblo, algún día no muy lejano habremos de despertar, habremos de tomar conciencia que el determinismo que se propone dominar en todo el campo ideológico, es un absurdo, un cuento de Sísifo fácilmente desmontable, que algún día no muy lejano, habremos de desembarazarnos de ese biologismo tiránico y que tanta esperanza nos hace perder. Para que nuestra supervivencia como especie se convierta de facto en algo más que una vaga esperanza, deberemos deconstruir ese determinismo al que antes hacía referencia, totalizador y destructor de la conciencia de los hombres, una conciencia que siempre se extiende más allá que sus propias manos, más allá incluso de sus deseos y aspiraciones más inconfesables.

Para terminar, cabe hacerse la misma pregunta que Oswald Spengler formulara en “La decadencia de occidente”. ¿Hay una lógica de la historia? ¿Hay más allá de los hechos singulares, que son contingentes e imprevisibles, una estructura de la humanidad histórica, por decirlo así, metafísica, que sea en lo esencial independiente de las manifestaciones político espirituales tan patentes y de todos conocidas?

Esta es la gran pregunta para la que, a pesar de toda nuestra tecnología, seguimos sin respuestas.

 

Dedicado a todos los que sucumbieron en una guerra que no era la suya.

A Pilar Carretero y Gerardo Luis Martín, una madre mitad carne, mitad Isis, y un monje trapense, ellos son las personas más extraordinarias que he conocido, ellos me mostraron el carácter sagrado de todo hombre.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

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