Se nos dice por doquier que hay que leer la prensa todos los días, una y otra, de aquí y de allí, y escuchar la radio, y ver la televisión -¿o mirar, como dicen los ingleses?-, y estar al tanto en cada momento de cuanto sucede; por ejemplo, si ha aparecido un grupo musical nuevo, han renovado un electrodoméstico o un modelo de automóvil. Echo cuentas y necesito días para calcular el tiempo que necesito para estar informado: necesito siete vidas -o quizá más-, como los gatos, para estar al día. Oigo por doquier que hemos “avanzado”, que vivimos en una “sociedad avanzada” y a estas alturas no sé hacia dónde “avanzamos”, es decir, si existe una estación término, ni siquiera un horizonte que veamos con claridad que nos espera y, sobre todo, que nos atraiga.

Ni siquiera sé si hay que esperar que alguna diosa, como dice Parménides, o que algún carro alado o de fuego, como cuentan del profeta Elías, nos arrebate de este mundo y nos comunique la verdad bien redonda o nos conduzca al cielo y a la gloria. Tampoco tengo claro que la concordia proceda de la discordia, como defendieron Heráclito o Rudolf Hospinian, o si el diálogo se hará algún día un hueco en este mundo -y en esta España- en disputa y discordia permanente. Ni siquiera aventuro si llegará el día en el que los deseos de vivir se vean impulsados por la necesidad y los deseos de hacerlo en paz. Dudo mucho de que esto sea posible mientras nos comportemos como simples mamíferos, que, además de marcar el territorio hasta con la violencia, pretendamos por todos los medios adueñarnos del propio y del ajeno. Me temo que será imposible mientras tomemos como propiedad cuanto está a nuestro alcance, como algo-sólo-para-mí; mientras tomemos la banalidad como lo esencial, la imagen como la identidad, el ruido como música, la opinión como la verdad, la moda como avance, los prejuicios como fundamentos sólidos de algo, sea la cultura, la política, la ética o la estética, y un largo etcétera.

A estas alturas es fácil sentirse dolorido por tanta mediocridad como la que nos rodea y a la que seguramente contribuyo yo mismo, y hasta por el ruido mediático, por la facilidad con la que se abre paso la mendacidad y la propia mentira, por la manipulación ubicua, por el riesgo de vivir emparedado entre tanto poderoso que toma a los ciudadanos como su bocadillo, por el simulacro al que estamos condenados.

Al final, como al principio, confieso que nado entre sombras, y que con ello expreso el deseo de sobrevivir a tanta oscuridad, a la dificultad que tenemos para orientarnos y, antes de hacerlo, saber si es posible. Y entonces, ¿qué nos queda? ¿Crecer sobre el escepticismo o tratar de evitarlo? La oscuridad intelectual produce ceguera, que es lo que el déspota desea para sus súbditos. Y, ¿cómo salir de ella? Para salir de la caverna necesitamos un pedagogo -decía Platón- que nos ayude. Siempre ha habido personas lúcidas, pensadores, luminarias. Finalizada la Feria del Libro, es tiempo de pensar en la importancia y el sentido que tiene la lectura y, por consiguiente, el libro. Es tiempo de decir que sólo ahí encontramos lucidez. Pero no en cualquier libro, sino en aquéllos que abren fronteras, que son incómodos para el poder, que rompen prejuicios y tabúes, que vuelan sobre la realidad cotidiana y cercana para iluminarla, que hacen pensar, que inquietan y conmueven, que no nos dan la razón sino que nos obligan a pensarla y repensarla, a detenernos y pensar antes de hablar y de andar, que no entretienen sino que nos colocan ante el espejo, que provocan la reflexión y el diálogo.

¿Dónde está ese libro? No lo sé: no existe sólo uno. Todo esto se construye entre muchos y por nadie en concreto. No hay una biblia que lo contenga todo y cuyo contenido sea inmutable y, por tanto, eterno. El recurso para contribuir a construirlo está en la lectura. Leer desde la pluralidad: a Hume y a Tomás Moro, a Todorov y a Žižek, a Bakunin y a Tostói, a Cervantes y a Leibniz, a Marx y a Juan Ramón Jiménez, a Platón y a Molière, a Shakespeare y a Goethe, a Juan de la Cruz y a Bergson, a Whitman y a Nietzsche, y a tantas y tantas luminarias que han poblado y pueblan el pasado y el presente. Leer reflexivamente, sin reloj a mano, ni radio, ni televisión, ni redes sociales. Leer junto a una libreta y una pluma. Leer para no quedarnos en el contenido de la lectura, por complejo que sea, sino para trascenderlo. Leer viviendo y para vivir, es el sendero que ayuda a salir de las sombras, que nos ayuda a crecer como personas, como ciudadanos y, por tanto, como seres libres. Y, aunque esta pueda parecer la vida de un anacoreta, la del lector es una vida civilizada, porque es una vida que engendra vida y porque lo hace mediante el diálogo. La más civilizada.

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