Ayer mi adorable sobrina Lucía me envío el siguiente whatsapp: “mmbnn!!!”

No, no se trata de que hable valyrio ni de que esté aprendiendo ruso.

Era su manera de responder a mi “¿Qué tal estás cariño?” con un “¡Muy bien tía!”.

Como escritora, confiero una importancia suma a todo lo que escribimos. Además, opino que reconocemos la relevancia de las cosas al dejarlas escritas.

En este mundo, digerimos un hartazgo de imágenes y mensajes en tiempo real, pero casi hemos olvidado practicar ese sagrado momento en el que –como diría el gran Umbral- permitimos que el torrente del lenguaje pase a través de nosotros.

Ocurre que la herramienta es muy importante y con una tablet o nuestro díscolo dedito achuchando el celular no esperemos emular a Góngora… así no.

Pienso ahora en los pequeños Cervantes que pueblan nuestros colegios y vivencian el proceso de Escritura como lo que verdaderamente es: una auténtica REVELACIÓN.

Sería estupendo que los maestros les acompañasen en su aprendizaje haciendo un recorrido vivencial por la Historia de la Escritura, y así pudiesen descubrir la ideografía de Mesopotamia, desentrañar los jeroglíficos egipcios, probar el trazo cuneiforme de los sumerios, admirar la complejidad de la tinta china, conquistar el alfabeto con la llegada de los griegos…

Recorrer, en definitiva, la evolución de la expresión escrita hasta que llegase ese día en que los Reyes Magos de Oriente les regalasen una estilográfica y entonces sí, se iniciasen en el arte de traducir mediante signos gráficos lo que acontece dentro de sus corazones y cabecitas pensadoras. ¿Maravilloso, no? ¡Ojalá sea así para mi autor novel favorito!

Viene a la memoria mi admirado tío-poeta Ángel Hidalgo, que escribía sus poesías con una caligrafía que ya quisieran los de Cuadernos Rubio.

También el metódico abuelo Severiano que legó ese tesorazo, la libreta en la que apuntaba -con prodigiosa maestría- la fecha y detalles del nacimiento de cada vástago. ¡Lo hizo hasta 13 veces! Eran otros tiempos…

Y aún recuerdo con emoción “Aprendo a redactar”, herramienta pedagógica que en mi colegio -un centro de barrio, público, no laico aún, pero sí gratuito, donde sabían bien lo que hacían- utilizábamos para ejercitarnos en la composición de textos.

También las numerosas cartas que en plena adolescencia intercambiábamos entre mi hermana, residente en Londres, y servidora, en el campamento base pucelano.

Todos estos pasajes me asisten ahora, como personalísimos ejemplos del valor de cada letra impresa en el papel.

¡Cuán hermosa y fascinante me parece la caligrafía! Los egipcios con sus grafitis de alta calidad, los singulares trazos hebreos, el estilazo del árabe, lo encriptado del ruso, la complicación al cubo del japonés…

¿No creen que la expresión escrita es una conquista demasiado crucial como para reducirla, privándola de su esplendor en pos de la prisa y la comodidad?

A fuerza de economía, emoticonos y apócopes la estamos desnudando, maltratando y destruyendo su perfume de Señora elegante, distinguida y compleja.

Entonces, cuidémosla y devolvámosle su primigenia relevancia. Eduquemos a los niños en el dorado brillo de lo escrito.

La Escritura es una aliada perfecta para dar voz a lo que el verbo no alcanza. Los silencios del alma encuentran en su práctica una fabulosa voz dormida. Los oídos de un amigo pueden cansarse, el papel es incombustible, discreto y sanador, el colega perfecto para acompañar a nuestros mochuelos.

No podría finalizar sin pedir disculpas a mi sobri, por ser una tía tan chapada a la antigua, y de paso escribirle: “Cariño, TE QUIERO CON TODAS LAS LETRAS”.

Pd. Y te voy a regalar un diario, en mi cruzada personal porque esos deditos inquietos y adolescentes encuentren calma jugando a escribir a lo Anaïs Nin.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

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