La vida tuya y la de tus hijos, en sus manos de gremlins.

Hay que temerles, Juana. Porque los leguleyos están hechos de una pasta especial, son unos grandísimos entusiastas. Y esa clase de entusiasmo, aunque ellos no lo sepan, es contagioso, está hecho con la misma pasta del furor que sentían las sibilas cuando daban sus oráculos.

Que la inspiración divina de los profetas.

Que la exaltación y fogosidad que produce en el ánimo la admiración que esos pobres machos sienten por ellos mismos cuando, curiosamente, a lo único que han aspirado siempre es a mimetizarse con la institución que les acoge.

Los leguleyos, Juana, son de esa clase de gente que deja su inteligencia guardada en el cajón de la mesita de noche y después, tira la llave. Ahora bien, nunca sabremos si fue que en algún momento de sus vidas anteriores tomaron la decisión de convertirse en esa cosa robótica que son hoy o si ya metidos en harina, los engranajes de la institución los embistió empujándoles a la vergonzosa indecencia en la que se ha convertido su vida actual.

Los leguleyos, Juana, son capaces de justificar cualquiera cosa. De justificar sus sentencias de acuerdo con lo que ellos dicen que es la ley. Son capaces de invitar a los otros poderes a una ronda con tal de sacar adelante sus insidias, de responder a las preguntas, de publicar artículos en revistas especializadas aclarando doctamente sus criterios (cualquiera que estos sean), de agradar a tirios y a troyanos (que no a tirias ni a troyanas), de infectar con el pus de sus corrompidas neuronas todo el tejido social, de correr como el aire por todos los pasillos, de aumentar su productividad y decir estupideces más deprisa que nadie, de lograr abrir todos los telediarios, de comprar a buen precio todos los prejuicios del mercado, de conocer la fórmula exacta para redactar las sentencias más excrementicias.

Los leguleyos, Juana, tienen varias copias de sí mismos bien colocadas en el mercado. Nunca se cansan de agitar las puñetas (de las mangas). Cada mañana, les vemos en los juzgados – encima o debajo de la tarima – con sus ropas impecables y su aspecto bien cuidado, sonriendo entre dientes y dándoselas de imparcial con la misma habilidad que las lagartijas, esos animales tan escurridizos.

Los leguleyos, Juana, los mismos que han dictado tu sentencia, son de los que en algún momento abandonaron la Ética y los Principios por una toga que les hace parecer lo que todos esperan de los jueces. Imparciales. ¡Anda que no tiene gracia! Pero lo cierto es que, con ellos, la imparcialidad ni está ni se les espera. Con esta gente al timón no hay esperanza.

Pero no te preocupes, Juana, esto no ha hecho más que empezar.

Como una cadena de irracionalidad desbocada solo entendible como rito religioso, como performance que quisiera aniquilar simbólicamente los derechos de las mujeres o como la inercia desbocada del sistema ellos han vuelto, una vez más, a meter la pata. Eso sí, ahora, mal que les pese nosotras por fin somos muchas y tú y nosotras, todas juntas estamos preparadas para quitarnos de encima a esos residuos. Tú lo sabes: somos el futuro.

 

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

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