“ Saber hacer del amor algo absoluto, delante de lo cual todo lo demás pierda su valor, es absolutamente necesario”

 Soren Kierkegaard

Muy de mañana, paseaba en solitario como de costumbre, adicto al pensamiento, a la reflexión espontánea; me preguntaba insistentemente que es lo que me encontraría, ya por la tarde, en el trabajo.

Con cual de las dos caras del mando de turno me las vería, si con la del Doctor Jekyll o con la de Mr. Hyde, si posiblemente me fuera a encontrar con el cariz comprensivo de la coordinadora de guardia, o si por el contrario, esgrimiría su rostro de kapo aporreador más propio o habitual en el sector. Que absurda es la vida cuando los hombres carecen de libertad, cuando no se les permite afirmarse en su humanidad, cuantos cuestionamientos acuden a mi, ¿ qué pretenderán obtener, adónde creerán que les puede conducir, a que ámbitos de oscura asfixia, tanta violencia?

Siempre que emprendo mis largos paseos, pienso que inequívocamente, tu caminas a mi lado, querido So­ren, que marcas tus pasos sobre los mios , que te coges de mi brazo y me susurras palabras de aliento, que no consientes que me pare, que encorve la espina dorsal y me eche a llorar.

Mi buen amigo Soren, tantas veces como acudes a mi memoria, de la misma manera y en consecuencia, recuerdo a Regine Olsen y lo mucho que la amabas, amar nos perfila, nos define, tiene el poder de incautarse de todo el mal que podamos cargar a nuestras espaldas.

Amabas a Regine, pero paradójicamente ella contenía un algo que no acababa de convencerte; hay tantas personas que al cruzarse en nuestra vida no llegan a plenificar nuestras aspiraciones, nuestras causas, nuestras ansias incontenibles de amar sin límites, tantas y tantas personas a las que creemos conocer pero que sin embargo, los hechos cotidianos parecen confirmarnos que en realidad suponen perfectas desconocidas para nosotros.

“Aunque estoy al otro extremo del mostrador, aún no me vio; en la pared de en frente cuelga un espejo.

¡Desgraciado espejo que puedes reflejar su imagen pero no a ella misma! Y ni siquiera puedes adueñarte de esa imagen, espejo desdichado y ocultarla al mundo, sino que la traicionas a todos, como a mí en este instante”

Diario de un seductor

Esta misma semana tuve un encuentro casual con la mujer de la que estoy, eso creo al menos, enamorado, ella no lo sabe pero a mi no me importa, amar desde una actitud silente me embarga de emoción. La ví acercarse muy pausadamente por mi izquierda, con sus gafas de sol y su carita de nobleza boyarda, y al llegar a mi altura me incorporé y rocé su mejilla con un beso de tan insoportable levedad, que a duras penas debió percibirlo.

Admirado Soren, ¿por qué amamos a seres incógnita?, ¿qué es aquello que nos lleva a sentir pasiones por las brumas, por rayos de luna, por figuras de sombra cuyo contenido no alcanzamos a resolver? Acaso el acto de amar fuera un estrellarse contra las insondables distancias del cosmos, todo misterio, todo inabarcable, metafísica imposible.

Buscado y siempre añorado Soren, me consta que en tu vida te asaltaban preocupaciones de muy diversa índole, como esa permanente tendencia del pueblo, de la sociedad, de esas masas informes que llamamos público, a la nivelación, a la que tu denominabas “ tranquilidad sepulcral” y que nacía de la sensación de “ser todos iguales”. Para ti, al igual que para mi, esa atonía vital te provocaba un extraño pavor, ya que en tu sentir más esencial albergabas la sagrada creencia de que todo individuo en un ser aparte, extraño a sí mismo y extraño a los demás, un individuo con el que el universo entero se arriesgó para hacerle asombrosamente único en su especie y en el trascurso de los eones, para toda la eternidad.

Es por esto, que al tomar conciencia de tal asombro, algunas personas nos sintamos como piezas desubicadas a punto de ser engullidas por una materia oscura más que amenazante.

Los hombres debemos refugiarnos en nuestra interioridad para evitar diluirnos en deseos volubles y en lo engañoso del mundo sensible, de aquello que somos capaces de captar con los sentidos, pero incapaces de asir con el espíritu.

“La interioridad es lo eterno, y el deseo es lo temporal, pero lo temporal no puede fundamentarse sin lo eterno. El deseo disminuye y por último desaparece, pero el tiempo de la eternidad nunca acaba. La interioridad y la eternidad nunca".

Para ti, los otros no eran más que diminutas alteridades a punto de fragmentarse en mil pedazos, así que dibujaste tu propio mundo, lo convertiste en un gran y cósmico oratorio,” ora pro nobis“, “ora pro nobis“, pronunciabas tu oración existencial hasta interiorizarla como una réplica perfecta de ti mismo, no encontrabas certezas, decías que no existía certidumbre alguna en esta vida, que la única posible certidumbre pasaba por tener en cuenta la hipótesis de Dios, y no cualquier Dios, ni el católico, ni el luterano, ya que te resultaba incomprensible la divina afición de conducirnos al sacrificio irracional y esa supuesta connivencia suya con el sufrimiento.

Seguimos caminando, y caminamos juntos, te agarras de mi brazo y me susurras palabras de aliento al oído; no te dejes abatir, no curves la cerviz, yérguete, levanta la cabeza, porque aquellos que intentan amedrentarte y torturarte no valen gran cosa, ni siquiera la muerte vale gran cosa. Tu interioridad es lo que vale, eso vale por todo lo demás, allí, tu talento, tu sensibilidad, tu dignidad, estarán a salvo.

Toda mi vida me sentí como un existencialista en permanente búsqueda de sí mismo, en cuantas ocasiones he contemplado a un ser humano inerte, sin vida, o cuantas veces me haya enterado de la muerte de alguna persona, han acudido hasta mi las mismas palabras, idénticas presencias, el ser, el ser, la existencia, la existencia, el ser, ¿ quién es el otro?, ¿ quién soy yo, de que está compuesta mi esencia, mi ser?

A todas las Regine Olsen del mundo

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