Al impulso de arpón enherbolado.

¡ Contémplalos luchar!…¡ Vana esperanza!

Que ni el llanto de madres y de esposas

Las iras quebrará el océano,

Ni del hado la ley adamantina..

Más salvados serán, porque las nieblas del mundo material y las del alma

Sólo la tempestad rompe y ahuyenta.

 

Marcelino Menéndez y Pelayo

 

 

 

Cuantas e innumerables veces y de la mano de la abuela Piedad, llegué a cruzar aquel puente sobre la ria de Cubas, que en esos años me pareciera inmenso.

Cuantos veranos que en familia discurrían como estáticos en el tiempo, detenidos, como agujeros de gusano interestelares, no intervenidos, apenas controlados por las pautas del espacio y de la materia.

Igual de inmateriales me parecían las manos de la abuela, grandes y salvadoras, con poderes para la protección absoluta, aniquiladoras del misterio de la iniquidad, de este brutal y violento mundo en el que vivimos; agarrado de su mano nada malo podría ocurrirme, así me lo habían asegurado las anjanas que en ocasiones se me aparecían en las fuentes y manantiales de Cantabria,- y les aseguro que en aquellos años yo creía en las anjanas, mantenía aún ese toque de inocencia y ese agarre a la tierra , tan necesarios para creer en lo mágico-.

Las manos nudosas y de venas gruesas y amoratadas, contenían todavía una sangre fervorosa, continente del amor incondicional que ella me proporcionaba sin cansarse, apenas sin desmayo, y por este amor incondicional, no me separaba de ella, podría decirse que vivía bajo el amparo de sus faldas, encariñado, mimoso, inocente hasta de mi propia sombra. Caminaba junto a ella mientras me iba contando historias de antaño, historias que ella misma o algunos de sus ancestros, habían vivido en propia persona, historias tiernas algunas, otras sin embargo, tan terroríficas que posiblemente cayera desvelado más de una noche, intentando acurrucarme entre las sábanas o desentrañando en mi conciencia de niño lo que habría escuchado ese mismo día.

Normalmente, las narraciones comenzaban de esta forma que paso a relatar:

-Sabes una cosa niño, la buelita y el buelito me contaron una historia que ellos padecieron cuando aún eran infantes.......

Todo comenzó el día 20 de abril del año 1878, sábado de gloria, por aquel entonces, nuestra familia vivía en la casona de Agüero, suaves colinas, ondulaciones paleolíticas y prados de un verde contemplativo, rodeaban y acechaban la casona, se podría decir que el paisaje era una forma más de irrealidad, un rasgo mitológico añadido a todo el entorno extraño y neblinoso que rodeaba a la casa.

En la mar soplaba una ligera brisa del nordeste que duró hasta aproximadamente las diez de la mañana, en tierra el viento era del sur y en el horizonte unos oscuros nubarrones presagiaban tempestad. La mayor parte de esas embarcaciones se encontraban a unas cuatro leguas al oeste-noroeste de Cabo Mayor, cuando de súbito, comenzó a arreciar un viento fuerte y racheado, las aguas se arqueaban hasta alcanzar una altura descomunal barriendo las cubiertas de los barcos como si estas fueran diminutas maquetas, juguetes que vapuleados por las fuerzas de la naturaleza, los pescadores resolvieron buscar refugio en puerto o en las ensenadas más cercanas a su posición, más en concreto, en las ensenadas de la Virgen del mar y de San Pedro, aun así, en su mayor parte no consiguieron su objetivo, sucumbiendo a los embates de la mar.

Así lo describió José María de Pereda :

“ A Andrés le parecían siglos los minutos que llevaban corridos en aquel trance espantoso, tan nuevo para él; y comenzaba a aturdirse y a desorientarse ante el estruendo que le ensordecía; la blancura y movilidad de las aguas, que le deslumbraban; la furia del viento que azotaba su rostro con manojos de espesa lluvia; los saltos vertiginosos de la lancha, y la visión de su sepultura entre los pliegues de aquel abismo sin límites”

Sotileza 

La galerna se alargó tres cuartos de hora, cuarenta y cinco minutos de angustia y desesperación; el domingo de resurrección se pocedió al recuento de los muertos, habían perdido la vida más de trescientos pescadores entres vascos y cántabros, algunos de los cuerpos fueron engullidos para siempre, otros fueron devueltos por el efecto de las corrientes de unas aguas ya mansas.

Se cuenta que entre los marineros, en gran medida supersticiosos, se culpaba a los nuberus, personajes de la mitología de Cantabria, de haber ocasionado la galerna del sábado de gloria. Se creía igualmente que los armadores depositaban unas monedas a los pies del palo mayor de cada embarcación, para en el caso de naufragar, poder hacer el pago a Caronte.

Los buelitos nos contaban, que incluso desde la casona de Agüero, a unos cuantos kilómetros de la costa, se podían escuchar los silbidos de los vientos como si éstos fueran avanzadillas del fin del mundo, una apocalíptica advertencia de cual debería de ser nuestra mirada hacia los elementos y la mar, una mirada reverencial y de respeto ante tamaña fuerza capaz de extender un manto de muerte entre los hombres.

Y de esta manera moralizadora, concluyó la abuela su relato sobre la galerna del sábado de gloria.

Al parecer y según nos han contado, los océanos son el origen de toda la vida, todos los mitos sobre la creación del mundo apuntan en el mismo sentido, como por ejemplo, el Kalevala, la epopeya nacional finlandesa.

En ella Luonnotar, virgen e hija del aire, se lanzó al mar durante siete siglos nadando sin cesar, pasado un tiempo, un águila vino a posarse sobre sus piernas y en ellas puso su nido, seis huevos de oro y uno de hierro; Luonnotar se sumergió en el agua y éstos cayeron en ella, creando la Tierra y el Cielo.

Si me detengo a pensar, caigo en la cuenta de que la mar es fuente y creadora de vida, el origen de todo, la base primordial, pero en cambio también puede llegar a ser generadora y procuradora de muerte. Es curioso como el mar tiene, al igual que los hombres, un cariz dual, es como si Zaratustra se estuviera vengando a cada momento, a cada instante, de Nietzsche, y nos dijera a todos desde lo alto de su montaña:

- Lo veis, acaso no os dais cuenta de la dualidad del mundo, el bien y el mal, la vida y la muerte, la belleza y la fealdad, el origen y su ocaso en permanente dialéctica.

Al día siguiente, la abuela volvería a contarme otra más de sus historias, una gran historia de la Cantabria mágica, de las esperanzas y los sueños que a veces de desvanecen ante nuestros ojos y que nos impelen a construir nuevas ilusiones y renovadas ensoñaciones, la vida tiene que continuar, la fábula y la tragedia prosiguen de generación en generación.

Agosto de 2018, desde algún recóndito lugar de Cantabria.

A la abuela Piedad Cruz Teja, in memoriam….

 

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