El 27 de agosto pasado ha terminado el viaje a Irlanda del papa Francisco. Ha sido un viaje realizado en medio de la polémica que ha suscitado la publicación, en Estados Unidos, Chile y Australia, de informes que detallan décadas de encubrimientos de abusos sexuales realizados y denunciados en el seno de la iglesia católica. El viaje a Irlanda ha coincidido, asimismo, con las tensiones que esas mismas denuncias han producido en Irlanda, conocidas hace ya tiempo por la jerarquía católica, que no han supuesto ningún movimiento significativo por parte de dicha jerarquía. Visto así, este viaje ha significado un gesto de valentía por parte del papa, porque ha viajado a una comunidad extraordinariamente sensibilizada con el problema de los delitos sexuales cometidos por clérigos y religiosos católicos en la tradicionalmente católica Irlanda. Sin embargo, lejos de ser un viaje que haya servido para restaurar la confianza de los católicos irlandeses -y del resto del mundo- en la iglesia católica, ha puesto de manifiesto las carencias y contradicciones de una institución religiosa, como el Vaticano, tan inmovilista en la acción como dada a señalar sendas morales a los ciudadanos e incluso imponerlas, como ha sucedido a lo largo de la historia.

 

A cinco kilómetros de donde Francisco I celebraba la misa se manifestaban miles de personas, críticas con la actitud del papa, a quien han acusado de no actuar y de quedarse en meros discursos. En esta manifestación, una persona que llevaba un cartel que decía “Apologies are not enough” -“las disculpas no son suficientes”-, declaraba a una periodista “estoy segura de que el papa fue sincero en sus disculpas, pero debe haber acción”. Casi cuatro décadas después del viaje que Juan Pablo II realizó a Irlanda, donde entonces fue recibido multitudinariamente como una estrella de rock, este país ha cambiado notablemente: se ha alejado de la doctrina católica oficial y ha aprobado, por ejemplo, el divorcio, el aborto, la anticoncepción y el matrimonio entre personas del mismo sexo. El papa Francisco, de cuya honestidad no hay motivos para dudar, es la máxima autoridad de la iglesia católica y es a él a quien compete no sólo pedir perdón por los delitos cometidos por los sacerdotes y religiosos católicos sino prometer acción y tomar decisiones frente a la pederastia y los abusos sexuales denunciados y cometidos en el seno de su organización. Las víctimas y la sociedad en su conjunto esperan acciones concretas que supongan la reposición de la justicia en el seno de la iglesia y que lleven a los denunciados ante la justicia, porque los abusos sexuales y la pederastia son, además de pecados, delitos que exigen la actuación de los tribunales de justicia. Dentro de la iglesia, el pecado se limpia mediante el arrepentimiento pronunciado en un confesionario, siempre y cuando éste conlleve un cambio de actitud y la reparación del bien violentado, pero los delitos requieren algo más que el perdón de los pecados, exigen la reparación civil sentenciada por los tribunales de justicia.

Es difícil leer pancartas como las que se han leídos estos días en Irlanda que dicen, por ejemplo, “The pope protecting paedophiles” -“el papa protege a los pedófilos”- o “Your church raped and sold our children” -“su iglesia violó y vendió a nuestros niños”- y permanecer indiferentes. Mientras el papa no tome decisiones y actúe contra los religiosos abusadores sexuales y pederastas, se tomarán como ciertas frases como la pronunciada hace unos días por Miguel Ángel Hurtado, psiquiatra de profesión y víctima española de abusos sexuales cometidos por un religioso cuando tenía dieciséis años, que dijo que “el papa está en una campaña de marketing”.

¿Cuántas veces ha pedido perdón el Vaticano desde que Juan Pablo II lo hiciera por la condena de Galileo? Juan Pablo II lo hizo decenas de veces, lo hizo varias veces su sucesor, Benedicto XVI y ha vuelto a hacerlo unas cuentas veces Francisco I, entre otras cosas, por los abusos sexuales llevados a cabo por eclesiásticos y religiosos. Las palabras están muy bien, son necesarias y, en algún momento, hasta consuelan, pero, si el arrepentimiento es sincero, deben hacerse visibles y traducirse en decisiones dirigidas a superar tanto las causas como las consecuencias de esos delitos, y a día de hoy el arrepentimiento de la jerarquía eclesiástica se ha quedado en palabras. Pero las palabras se las lleva el viento: verba volant, scripta manent, decía el senador romano Cayo Tito (s. I). Francisco I acaba de pedir perdón por la falta de medidas del Vaticano contra los abusos sexuales cometidos dentro de la iglesia católica. El futuro dirá dónde queda el valor de su palabra y la credibilidad de la iglesia católica: si su discurso forma parte, una vez más, del cinismo con el que se ha comportado Roma o si ha sido capaz de superarlo.

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