Nos llevábamos bien Naji y yo. Naji Salim Husain al-Ali nacido en 1937 en una aldea a medio camino entre Nazaret y el Mar de Galilea en una familia de pastores que muy pronto – exactamente igual que la mayoría de palestinos de la época – se verían obligados a abandonar sus tierras antes, mucho antes, de venirse a vivir aquí, a Londres.

Pero un día, era ya el 22 de Julio de 1987, desapareció sin despedirse. Yo le esperé horas y horas sentado en una mesa pues él me había pedido, como hacia siempre, que hiciera el favor de no dar guerra y me estuviese quieto hasta que él volviese. Pero nunca volvió. Y cuando llegó la noche y vi que no daba señales de vida, encendí la tele para entretenerme un poco y fue cuando en las news vi su foto y me enteré de que le habían matado de un tiro en la nuca a la puerta de al-Qabas, el periódico kuwaití para el que trabajaba. Murió a los cinco días.

Desde entonces acá se han sobrepasado todos los límites y por lo que a mí respecta me he dado cuenta que un verdadero amigo, un amigo como él, es del todo insustituible, capaz si se empeña de distorsionar la realidad que uno tiene delante de las narices, de tapar el horizonte por completo. Es decir, exactamente lo que hizo él conmigo. Tapó todo mi horizonte y yo solo fui capaz de medir su importancia cuando desapareció, en retrospectiva. Imagina una brizna de hierba del tamaño de una palmera, un pez del tamaño de una ballena, la cabeza de un hombre del tamaño del globo terráqueo. No, no es que Naji fuera mejor que nadie ni que su corazón partido sangrara por las injusticias más que el de otros muchos. Es solo que un día, cansado de hacer las mismas cosas una y otra vez esperando resultados diferentes, empezó a comprender la mecánica de causa y efecto. En ese mismo instante se dio cuenta del potencial agitador de la labor del dibujante y empezó a tratar sistemáticamente temas políticos como la cuestión palestina, el petróleo, su uso ilegítimo, la unidad árabe o la situación política general del mundo árabe …todo un desafío.

Fue por entonces cuando se le ocurrió parirme.

Y nací yo, en 1969 con 10 años, los mismos que él tenía cuando emprendió el camino del exilio. Me llamó Handala, una hierba de lo más amarga y con unas raíces tan profundas que por más que tiren de ella vuelve a crecer como si nada y que tiene un fruto tan amargo que ni siquiera los hambrientos animales que pueblan las orillas del desierto, pueden alimentarse con ellos. Después, para colmo, me colocó de espaldas a ti, lector, y justo en el centro del punto de fuga, feo, pelón y sin zapatos y con las manos cruzadas a la espalda en señal de rechazo. Su intención fue siempre que me pasara la vida observando sin hacer otra cosa que ser, ser siempre con 10 años, viendo lo que había que ver para poder contarlo.

Naji querido que “dibujaba con huesos humanos” y cuya muerte a día de hoy sigue sin esclarecerse, me convirtió en un icono y exportó mi imagen a todo el mundo árabe. Ahora, aunque él no, yo estoy en todas partes: desde el muro de hormigón que bordea la cicatriz palestina, al cuello de los jóvenes revolucionarios de Tunez y Egipto; desde las tiendas de souvenirs de Jerusalen y Ramallah a las pancartas de los manifestantes en Cánada o Escocia. Y sin embargo…

Estoy aprendiendo a vivir sin deseo. Y esto me lleva, me temo, al umbral de un espacio ignoto. Dicen que la única zona de la Tierra que queda sin explorar son los 362 millones de kilómetros cuadrados del fondo oceánico. A mí, si bien se mira, me gustaría a veces estar allí. Para no ver el panorama.

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