En la configuración de la filosofía político-moral de Marx influyeron poderosamente dos factores: la insurrección de los tejedores de Silesia y el trato con los primeros núcleos de obreros organizados en París. En las reuniones de éstos supo ver Marx la transcendental importancia de la compañía, de la ayuda mutua, de la asociación entre iguales, hasta el punto de subrayar la aparición de una nueva necesidad: la necesidad de comunidad. Las reuniones de los obreros comunistas de París parecen haber confirmado a Marx en su optimismo histórico. A propósito de ellos escribió: “/Aquí/ la fraternidad de los hombres no es palabrería, sino verdad, y desde estas figuras endurecidas por el trabajo nos ilumina la nobleza de la humanidad”.

Fue precisamente la prolongación, y, tal vez, también la generalización idealizada de aquella virtud de la fraternidad obrera en comunidad (¿pero quién no se enamora de la virtud vivida en otros?) lo que llevó a Marx a postular el comunismo no precisamente como un nuevo modo de producción sino como una nueva cultura, como un nuevo modo de vivir, como una nueva red de relaciones sociales, como una sociedad alternativa, de personas, y de personas iguales: una sociedad por hacer en la que los sujetos volverían a tener entidad propia, dejarían de estar alienados, desnaturalizados, para establecer de verdad relaciones entre humanos enteros, no entre seres demediados, mitad persona/mitad mercancía.

 

(Paco Fernández Buey, 1994)

 

A LOS TRABAJADORES DE VESTAS,

EN SU LUCHA CONTRA LA DESLOCALIZACIÓN DE SU PLANTA

El anuncio de cierre de la planta de Vestas en León ha sobrecogido a la sociedad de Castilla y León, incluso en este verano tan agitado por la Operación Enredadera. El cierre de Vestas, empresa con más de 500 trabajadores en plantilla y hasta 2.000 si se cuentan los empleos indirectos y diferidos, sería un duro golpe si se produjera en Cataluña, Madrid o cualquier otra región con cierto nivel de industrialización. Pero en Castilla y León, y más aún en León, es más que un golpe: es una catástrofe.

El cierre de Vestas supone una patada en la boca a una región, la leonesa, que por cien años fue obligada a vivir de la minería del carbón, y que ha sufrido un dramático aumento del paro como consecuencia del hundimiento de dicha minería (hundimiento propiciado y dirigido por las grandes empresas multinacionales -incluida la privatizada por Felipe González ENDESA- quienes decidieron matar de hambre a las comarcas mineras a la vez que continúan quemando toneladas de carbón en la cara de los mineros en paro, carbón manchado de sangre importado del otro lado del mundo que contamina lo mismo pero sale más barato. Y ahora esa región, hundida por el fin de su minería, y a quien se ha prometido decenas de veces una reconversión industrial, observa cómo una planta puntera en producción de molinos para energía eólica echa el cierre por una decisión injustificada de la multinacional.

Lo grave, sin embargo, no es sólo que haya 2.000 familias que se van al paro. Es también la lección de humillación y silencio que pretenden imponernos.

Vivimos en un mundo diseñado para humillar y aplastar al trabajador. La plantilla de Vestas, perfectamente capacitada para su trabajo, protagonistas de una planta con beneficios de más de un 46% el año pasado, personas tan cualificadas que han sido enviadas en diversas ocasiones por su propia empresa para ayudar a otras plantas a optimizar su producción decenas de veces, a Argentina, a China, a Brasil, a Rusia, ahora van a ver cómo su fábrica cierra y se deslocaliza a los mismos países donde hace poco eran enviados como asesores para enseñar cómo sacar su producción adelante. Son las y los mejores en su oficio, y ahora esperan su muerte laboral, que en la España del siglo XXI quiere decir la muerte de su economía familiar y también del futuro de su provincia.

Muchos miserables hablarán estos días sobre la libertad de empresa, la innovación, la presión fiscal que obliga a las empresas a escapar, que hay que atraer capital con oferta competitiva, etc. No les escuchen. O mejor: escúchenles en serio para darse cuenta de su superficialidad e ignorancia. Ni ellos mismos saben de qué están hablando. Aunque sean Masters en Gestión Empresarial por la Universidad Juan Carlos I. Estamos gobernados por auténticos incompetentes y dirigidos económicamente por verdaderas ratas empresariales que matarían a su vecino por unos billetes, algo que efectivamente hacen a escala macroeconómica.

Mientras nuestros políticos engordaban sus bolsillos entre Enredaderas, Gurtels, EREs y Cursos de Formación, aprobaron una reforma laboral que terminaba con el permiso preceptivo que hasta ahora las administraciones tenían que conceder a cualquier ERE, algo que de no haberse aprobado permitiría paralizar el cierre de Vestas apretando un botón. Mientras se lucraban con tramas y tramas de corrupción, construyeron una Unión Europea que no duda en intervenir nuestras Constituciones y Gobiernos para imponer su criterio de control de déficit, su límite de deuda y su Regla de Gasto, aun a costa de nuestras escuelas y hospitales, pero que es incapaz de poner un arancel en las fronteras para proteger a nuestros pueblos de las deslocalizaciones y el capital extranjero, esas mismas fronteras que militarizan y arman hasta los dientes cuando se trata de evitar que entren a nuestras sociedades corruptas unos miserables muertos de hambre, que huyen de la guerra y de la destrucción que provocan los gobiernos de Occidente en sus países.

Lo grave, lo miserable, lo duro de tragar en nuestras ya angostas gargantas es que nuestros gobernantes sabían que esto podía ocurrir. No pueden hacer nada y lo saben. Porque han diseñado una Europa fortaleza para los pobres pero puente de plata para las riquezas. Como sugerentemente dice F. Lordon en La Chapuza, han practicado un contractualismo al revés: si Hobbes, Locke y Rousseau se preocupaban en explicar cómo se construía un Estado y una soberanía, nuestros dirigentes europeos (y nuestros representantes españoles en la UE) se han preocupado en hacer lo contrario: desmontar los Estados-Nación en lo económico y social (que no en lo militar y policial) y desprotegerlos frente a cualquier agresión del capital extranjero.

Por eso los miserables dueños de Vestas pueden anunciar el cierre de su planta en Villadangos del Páramo (León) sin antelación alguna, tras embolsarse 17 millones de euros en ayudas públicas, al día siguiente de que cumpliera su compromiso de permanencia. Por eso incumplen la directiva de información y participación de los trabajadores como les apetece, directiva que quedará preciosa en los despachos de la UE en Bruselas, pero que no ha aplicado nadie, ante la desidia de nuestros Comisarios, Presidentes, Diputados y Senadores, salvo honrosas excepciones. Por eso cierran una planta de producción de aerogeneradores mientras siguen gestionando otras plantas en vez de encontrarse un boicot radical, que es lo que debería promover un Gobierno socialista si fuera digno de llamarse de tal nombre. Por eso cierran una fábrica con I+D financiado con nuestro dinero público, con una plantilla que eran los que mandaban a mejorar otras plantas del mundo, en un sector como el de la energía eólica que es creciente (que nadie olvide que España necesita llegar del 16% al 32% de energía renovable en 2031). Por eso cada mes hay una deslocalización en nuestra tierra. Por eso mañana volverá a pasar. Por eso se ríen de nosotros, nos mean en la cara, nos miran con risa y desprecio mientras dedicamos nuestro tiempo a quejarnos porque un inmigrante -expulsado de su tierra por la misma Globalización capitalista que ahora nos quita 2.000 empleos en León- nos quita supuestamente el trabajo que no tenemos, o nos pegamos entre nosotros poniendo y quitando lacitos amarillos peleándonos por ese constructo absurdo que un día alguien dio en llamar Patria.

Sólo hay una esperanza en nuestro mundo. La rebelión de la plantilla de Vestas, en huelga indefinida desde julio, planta cara y defiende no sólo sus puestos de trabajo individuales sino su tierra y su gente. Como pensaba Gramsci, el buen movimiento obrero es el que deja de ser clase corporativa para ser clase universal: es decir, es el que deja de pensar sólo en sus necesidades como miembros de una empresa y lucha por las necesidades de toda su sociedad. Eso es lo que hace la plantilla de Vestas, que hasta ahora no ha luchado por prejubilaciones ni por indemnizaciones, sino por la continuidad de la producción en su comarca. No piensan sólo en ellos y en ellas mismas, piensan también en sus 34 empresas auxiliares, en sus tenderos y cocineros, en sus vecinos, en sus hijos y nietos y en los hijos y los nietos de sus vecinos. Frente a esta posición, ver a las patronales castellana y leonesa defender el derecho a la “libertad de empresa” de Vestas es ofensivo para la inteligencia.

La esperanza de nuestro mundo son los trabajadores como los de Vestas. Humildes, sencillos, trabajadores. Ni héroes griegos ni morlocks de Wells. Personas que cometieron el pecado de querer vivir de su trabajo en un mundo donde las decisiones financieras pesan más que la razón de la mayoría.

Si mañana se arrugan, si deciden tirar la toalla y pactar prejubilaciones, nadie podremos criticarlos. Demasiado han aguantado en este mundo que nos enseña a agachar la mirada y besar la mano del señor. Todo esfuerzo habrá sido poco, pero jamás en vano.

Pero mientras aguanten, la obligación moral de toda mujer y hombre con conciencia es defender Vestas con pasión. Apoyarles con respeto, sin mitificaciones ni superiodad moral. Desde el misterio que hizo que Marx se enamorara de la clase obrera, según Paco Fernández Buey: la admiración por el espíritu de fraternidad que surge cuando ésta se pone en lucha. Los trabajadores no son seres angelicales ni perfectos, pero son indudablemente mejores que la basura miserable que envía al paro a 2.000 familias desde un despacho podrido en Dinamarca. Desde un despacho donde, junto a sus planes de cierre, diseñan un mundo dirigido a humillar y someter a nuestro pueblo.

*Este texto es la versión íntegra de una columna que, por razones de espacio, fue publicada en una versión reducida en diversos periódicos de Castilla y León, entre ellos El Día de Valladolid, El Día de Segovia, El Día de Soria, Diario Palentino y Diario de Ávila, el fin de semana del 28 al 30 de septiembre.

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