“El hombre es aquello que tiene todavía mucho ante sí.
En su trabajo, y por él, el hombre es constantemente
transformado. se halla siempre adelante ante límites
que no lo son porque los percibe, los traspone. Lo
verdaderamente propio no se ha realizado aún ni en el
hombre ni en el mundo, se halla en espera, en el temor
a perderse, en la esperanza de lograrse. Porque lo que
es posible puede igualmente convertirse en la nada
que en el ser, lo posible es, como lo no completamente
condicionado, lo no cierto. [...] la valentía en este sentido
es la acción adversa contra la posibilidad negativa
del despeñarse en la nada. [...] sólo esta praxis
puede hacer pasar de la posibilidad real a la realidad el punto
pendiente en el proceso histórico: la naturalización del
hombre, la humanización de la naturaleza.”

Ernst Bloch

Para mi amiga Natalia R, su hija Ángela, y su mamá Cristina V

Que nuestra amistad no se apague nunca, que a través del principio esperanza sea catapultada hacia un futuro inesperado.

 

Anoche tuve un sueño, y en ese sueño se me presentaba un amigo mío, un novelista y poeta francés con gran fama de provocador, díscolo, agitador de conciencias, y un aura de malditismo baudelariano difícilmente contenible. En el sueño, me encontraba junto con él en una habitación en semipenumbra, los dos observábamos a una persona tendida sobre la cama, enroscada sobre su propio cuerpo, sin apenas emitir ningún sonido reconocible, parecía estar en pleno proceso de agonía. Los dos nos miramos como preguntándonos si aquella persona no sería el reflejo que nuestras propias sombras estarían emitiendo en aquellos precisos instantes.

Al cabo de un tiempo, no podría precisar cuanto, mi amigo se dirigió a mí, y con un extraño rictus en la cara me dijo:

-Querido José Miguel, tanto en tu país como en el mío, los viejos van a sentarse en un banco del parque más cercano y debajo de un árbol centenario, se limitan a esperar la muerte.

Yo le contesté añadiendo mi creencia en que no sólo los más viejos practicaban tal actitud ante la existencia, sino que también era considerada por personas de toda condición y edad.

Y es que el hombre contemporáneo es un ser desesperado, en nombre de la razón y el beneficio, le han arrebatado sus raíces, sus más acendradas creencias, aquellas que habrían heredado de sus ancestros desde cientos de miles de años atrás.

El hombre actual es un nazareno flagelado y humillado en medio de un atrezzo de mentira, le han sustraído su fe en el más acá,- no aspirando ya a ser un Tomás Moro, sino un mequetrefe ramplón y superficial,- pero también se le ha negado el más allá, convirtiéndole en un maniático materialista.

Ante este panorama antropológico, Ernst Bloch nos recuerda que la materia es la madre de todas las cosas, aunque su concepto de materia no era el mismo al que estamos habituados. La materia entendida no sólo como masa, sino también como el espíritu, la voluntad y el amor humanos, fundamentos y potencias creadoras de todo lo existente, una materia, el “Hyle” griego, constructora de futuribles.

Así mismo, Bloch expone como la base de su filosofía, la tesis marxista de que el hombre se encuentra en un “estado de alienación”, de enajenación y postración. Pero, a diferencia del planteamiento puramente marxista, Bloch entiende que la alienación se produce por causas meramente ontológicas, al igual que el cosmos del que forma parte, el hombre es un ser esencialmente incompleto y en constante y sistemática tensión hacia su plenitud.

Las personas vivimos en un permanente estado de carencia, y por eso Bloch nunca se cansó de afirmar que la utopía es una función esencial en el ser humano. Sin utopía, estamos muertos.

El principio esperanza de Bloch consiste en ese tótem cosmológico que nos empujaría hacia una realidad que todavía no es, una fuerza incontenible que partiría del “todavía no-ser", una conciencia anticipatoria de un más allá que nos es demasiado desconocido, pero que está al alcance de nuestras manos.

De pronto, desperté de mi sueño, ya no estaban allí ni mi amigo el poeta francés, ni sus arrebatos místicos, ni sus provocaciones de taberna filosófica. Esa misma mañana, acudí a un tanatorio para acompañar a una amiga muy querida, el trance por el que debía pasar junto con ella, provocaría en mí las más variadas reflexiones.

Con demasiada frecuencia, vivimos y morimos inmersos en la más absoluta de las soledades; cuando estamos vivos, somos despreciados debido a nuestra clase social, a nuestras más profundas creencias, o incluso, porque simplemente no guste nuestra cara o los zapatos que calzamos, son tantas las fórmulas de la exclusión que ya perdí la cuenta. Por contra, cuando estamos muertos, nadie se nos quiere acercar por miedo a mancharse o a quedar impuros.

Sí, allí me encontré con mi amiga, en la antesala de ese cubículo mortuorio al que nadie desea asomarse para no encontrarse consigo mismo. Allí permanecimos, yo, Natalia, y su hija, el poeta, la camarera y la joven estudiante, una trinidad proletaria e insignificante para todas las personas que por allí procesionaron, y que parecían ocupar otro plano de la realidad. Apenas se dirigieron a nosotros, salvo para balbucear algún lamento sin consistencia.

Continué sentado en un sillón de cuero, conversando sin término con mi amiga y con su hija sobre la trascendencia, la amistad, el miedo, el dolor, y recordé nuevamente aquello que un día declarara Ernst Bloch, si el hombre no es capaz de entender el universo, es porque le obstaculiza la finitud misma de su existencia.

Recuerdo también, haberlas amado, las amé mudamente, sin que se dieran cuenta, sin que apenas lo percibieran, con ese sigilo tan propio de mí, las amé tanto, las amé desde esa dimensión oculta, desde ese “homo absconditus” del que nos hablaba Bloch, ese algo misterioso que nos impulsa y nos mantiene en la esperanza a pesar de la soledad vivida. Una conciencia excedente, el principio esperanza.

Si los hombres no son capaces de entenderse a sí mismos, si no son capaces de entender el amor, es porque les obstaculiza la finitud misma de su existencia, pero el principio esperanza que aquí se postula, es capaz de saltar por encima de cualquier finitud, por encima de cualquier opresión a la que estemos sometidos, e impulsarnos hacia el infinito.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

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