El 18 de octubre pasado nos hemos desayunado con la noticia de que la Comisión de Educación del Congreso de Diputados ha votado por unanimidad que la Ética y la Historia de la Filosofía vuelvan a ser asignaturas obligatorias en cuarto de ESO y en segundo de Bachillerato respectivamente. Puesto que ha votado a favor, parece que el PP rectifica y vuelve adonde siempre debió estar la reflexión sobre el ser humano en su forma más crítica y profunda. Después de la LOGSE, que relegó la Historia de la Filosofía a la situación de asignatura optativa y de haber vuelto a ser obligatoria con la LOCE y la LOE, el señor Wert, y el PP con él, acabó con la Ética de cuarto de ESO, convirtiéndola en alternativa a la Religión, y relegó de nuevo la Historia de la Filosofía de segundo de bachillerato a ser una asignatura optativa. Ahora el parlamento parece que quiere enmendar su propio yerro. Me pregunto: ¿cuántas vida tiene un gato? y, en su caso, ¿cuántas veces se desentierra a un sepultado y cuánto tardarán en devolverlo a la tumba? Se podrá despreciar la Historia de la Filosofía y la Ética como asignaturas y hasta mofarse de ellas, como he conocido a tantos intelectuales falsos que se reían de lo que su ignorancia denominaba despectivamente “filosofías”, pero nadie podrá detener la existencia del pensamiento y, con él, la de la Filosofía. A quienes no lo tengan claro: el desarrollo de la ciencia históricamente ha caminado de la mano del desarrollo del pensamiento filosófico. Si levantaran la cabeza Platón, Galileo, Descartes, Newton, Leibniz, Bertrand Russell o Albert Einstein…, cómo subrayarían aquello de ¡qué atrevida es la ignorancia! Me dirán que no hay mal que por bien no venga y que, además, nunca es tarde si la dicha es buena, y es verdad: es una noticia buena que la Ética vuelva a ser obligatoria y no sea alternativa a la Religión, una materia que nunca debió ser considerada evaluable, y que la Historia de la Filosofía regrese al estatus de asignatura obligatoria que nunca debió perder.

Confieso que escuché la noticia de madrugada, mientras desayunaba, y que casi se me atraganta la tostada. Miré el calendario en el móvil, para asegurarme de que no había despertado de un sueño, como le sucedió a Immanuel Kant con la lectura de David Hume, y de que no era el 28 de diciembre. Comprobé sorprendido que estábamos a 18 de octubre y que no había razón para que en la radio nos gastaran a los españoles una inocentada. ¡Será verdad! Pensé y comprobé la noticia a través de internet, donde aparecía repetida en todas partes.

El señor Wert, que antes de ser ministro parecía una persona razonable en las tertulias radiofónicas, temía que la Ética adentrara a los alumnos en la reflexión sobre los derechos humanos y los colocara ante las contradicciones de la sociedad en su conjunto y ante las de las de los ciudadanos en particular, y a la Historia de la Filosofía como “[…] una de las herramientas más poderosas de persuasión con que contamos los filósofos”, dando por bueno el discurso que Richard Rorty pronunció en 1997 en un congreso celebrado en Varsovia ante Jürgen Habermas y Ernest Gellner.

Seguramente Wert y el PP temían la potencia de la idea de Jürgen Habermas, que concibe la democracia como un espacio de participación política, cuyo elemento fundamental debe ser el diálogo y la búsqueda de acuerdos, algo que se compadece mal con las mayorías absolutas y, en concreto, con la mayoría súper absoluta de que el PP gozaba en diciembre de 2013, fecha de aprobación de la LOMCE. ¿Será que han rectificado porque han reconocido su error? ¿Que se han percatado de que el instrumento democrático por excelencia es el diálogo? Lo dudo. No hay más que leer los periódicos y las plataformas digitales cada día. En todo caso, la noticia parece un milagro, y ni la política ni la sociedad civil se construyen con milagros.

Me gustaría pensar que, tras la sepultura que para la filosofía ha supuesto la LOMCE, aquélla regresa a la vida, para que las invocaciones, es decir, la petición de ayuda a los dioses, no vengan como “líquenes inevitables” (Antonio Gamoneda), porque nos hemos convencido de que, más que recurrir a la verdad, que nadie posee, hay que caminar en su búsqueda; que vale más el diálogo que el discurso; que son más importantes los puentes que el mantenimiento de las orillas como flancos en posesión e inexpugnables; que en el proceso de reflexión siempre hay luz; que los prejuicios y los mitos inmovilizan el paisaje, desorientan a las personas y lo cubren todo de fantasmas amenazantes; que no hay que vivir amordazados y engañados y, a pesar de ello, contentos.

Me gustaría pensar -¡cuánta hermosura encierra la ilusión!- que los ciudadanos nos hemos convencido de que el poder tiende a acallar el malestar de las preguntas y a amordazar a los ciudadanos con las consecuencias que aquél prevé para lo que él mismo llama traición, y que un país, nuestra sociedad, con la ciudadanía amordazada es un país que sólo sobrevive mientras se encubre la verdad, y nos hemos rebelado contra todo esto.

Perdonen que insista: me gustaría que fuera cierto que estamos convencidos de defender una formación humanística sólida, la libertad de pensamiento y la búsqueda de la verdad, y que tenemos claro que el magma más profundo de la filosofía responde al verso de Antonio Gamoneda (Descripción de la mentira) que dice: “[…] yo no soy vuestro maestro pero sí vuestra profundidad a la que quizá no llegaréis”.

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