Todos los días nos ofrecen oportunidades para desear bajarnos de ese tren. No lo hacemos porque amamos la vida, que, en definitiva, es lo único que tenemos, y porque pensamos, aunque desconfiamos de ello, que se puede cambiar la deriva de los tiempos. La desconfianza en la posibilidad de conseguirlo es un signo de realismo; la insistencia en trabajar para contribuir a cambiar esa deriva de los tiempos es una exigencia de la propia vida, que tiende a permanecer y mejorarse a sí misma, de la conciencia ciudadana y, en último extremo, de la conciencia moral, por extraño que parezca a algunos.

Durante mi niñez, en un viaje de fin de curso, los profesores nos llevaron a visitar el castillo de Javier, en Navarra. Eran tiempos del nacionalcatolicismo y antes de su visita estuvimos en Sangüesa, donde asistimos a misa y nos hablaron de san Francisco Javier, cofundador de la Compañía de Jesús y de su actividad como misionero en África y sobre todo en Asia, donde murió, cuando se dirigía a evangelizar China. De ese castillo recuerdo algunas cosas, como por ejemplo su majestuosidad. Pero el recuerdo más vívido que tengo de él corresponde a la sala de tortura, donde en un lateral de la misma se inmovilizaba a los torturados para que durante días, o más bien semanas, les cayera agua sobre el mismo punto del cráneo, administrada gota a gota, hasta que la fuerza de este impacto aparentemente leve trepanara su cráneo y muriera de una muerte horrible. Recuerdo el silencio que se hizo entre nosotros cuando el guía nos lo explicó. El silencio fue lo suficientemente explícito de lo que sentimos y pensamos en ese momento. Era un ejemplo vivo de la capacidad que tiene el ser humano para la violencia. Entre nosotros, niños todavía en la España en blanco y negro de comienzos de los años cincuenta del siglo XX, corrió el pensamiento de que aquello era una barbaridad. Ciertamente lo era y, sin embargo, aquel sistema de tortura y la tortura en general estaba institucionalizada. En nuestra ingenuidad, no se nos ocurrió pensar la contradicción que suponía la existencia de la tortura en la casa de unos padres cristianos, como la de Francisco Javier, cuya religión predica el evangelio del amor y el perdón. Aquella experiencia me ha acompañado durante toda la vida. No recuerdo con concreción el mobiliario, ni lo que había en la sala de armas, ni tantos detalles constructivos o decorativos de un castillo muy bien conservado, pero recuerdo con toda viveza el rincón donde se inmovilizaba y torturaba, y el canalillo por el que caía, gota a gota, el agua que trepanaba el cráneo y conducía a la muerte a los penados.

Arabia Saudí ha estado presente en nuestra vida, con noticias trágicas, desde hace un tiempo. Era conocida su aversión a la democracia, el machismo de su régimen y de su sociedad, la falta de contemplaciones con la que se trata a la oposición política, su intervención en la guerra de Yemen y las barbaridades que han sucedido en ella. Sin embargo, era impensable que sucediera lo ocurrido en el consulado de Arabia Saudí en Estambul; en caso contrario, el periodista y disidente político saudí Jamal Khashoggi nunca habría entrado en él.

Por lo que ha trascendido, la muerte en medio de la tortura del periodista Jamal Khashoggi parece sacada de una película de terror y, sin embargo, ha sucedido el 2 de octubre pasado. Recuerda a lo que imaginé y sentí de niño en el castillo de Javier. Hablamos de la Edad Media y, en general, del pasado como si nuestro presente hubiera superado los prejuicios y los usos y costumbres vigentes entonces y, sin embargo, el presente nos devuelve aquella realidad, en su versión más cruel, como parte de nuestra vida. Los delitos de Jamal Khashoggi han consistido en su disidencia política respecto del régimen de Riad, su huida de Arabia Saudí por motivos políticos en septiembre de 2017, su refugio en Estados Unidos, y su pluma: haber sido redactor del periódico saudí Al Watan, que contribuyó a convertirlo en plataforma de pensamiento en Arabia Saudí, haber sido columnistas de The Washington Post o la creación de un canal de noticias libre como Al-Arab News Channel. Estas iniciativas, ligadas a la libertad de prensa y de expresión e imprescindibles en una democracia, son delitos gravísimos en cualquier dictadura, que llegan a pagarse con la muerte.

Acabamos de saber que su muerte fue premeditada porque estuvo perfectamente planificada. Esta muerte no ha sido, como se ha dicho, un “error enorme”, ocurrida en el consulado saudí de Estambul en el transcurso de una “acalorada pelea”, sino un asesinato, como prueban las grabaciones que se han hecho públicas, llevado a cabo por los servicios de inteligencia saudíes. El asesinato de Jamal Khashoggi no ha sido un caso aislado. “La persecución a figuras de la oposición que viven fuera [de Arabia Saudí] ha aumentado”, ha asegurado a la BBC el príncipe saudí Khaled bin Farhan, exiliado en Alemania. La propia BBC reveló el año pasado la desaparición sin dejar rastro alguno de tres príncipes saudíes, secuestrados en Europa, donde vivían, y obligados a retornar a Arabia Saudí, de los que se ha perdido la pista. Si a todo esto añadimos el control político que ejerce el régimen sobre la vida social, cultural, económica y religiosa o la discriminación de la mujer, las preguntas que podemos hacernos se disparan: ¿cómo podemos justificar las buenas relaciones que los países democráticos tienen no sólo con Arabia Saudí sino con los gobiernos no democráticos que pueblan el mundo? ¿Cómo se puede justificar la venta de armas a estos países, que sirven para someter a los ciudadanos e incluso para matar a inocentes, como sucede, por ejemplo, en Yemen? Además del gobierno y de los partidos políticos españoles, ¿cómo pueden explicar los sindicatos españoles su posicionamiento a favor de la venta armas a Arabia Saudí ignorando el comportamiento que tiene el poder en este país? ¿Cómo es posible que se defiendan los puestos de puestos de trabajo e inversiones de empresas frente al y por encima del incumplimiento de los derechos humanos? ¿Es que no existen otras alternativas que no sea la de dedicar los astilleros españoles a la construcción de armas que se venden a regímenes antidemocráticos? ¿Nos plegaríamos a sus intereses si el país de que habláramos fuera un país pobre?

Con frecuencia, la escritura no nos sirve más que para aliviar nuestra tristeza, porque difícilmente la pluma es capaz de horadar el muro granítico del juego cruzado de intereses, inseguridad, prejuicios y miedos. Pero algo tiene la pluma cuando se la teme tanto, y es que es capaz de sembrar y, con la siembra, abrir la tierra, aunque “amanecemos piedras” (Octavio Paz). Los filósofos, los intelectuales, los humanistas tuvieron siempre claro que “si se calla el cantor, muere de espanto / la esperanza, la luz y la alegría. // […] Si se calla el cantor… Calla la vida” (Violeta Parra). Asesinaron a Jamal Khasoghi, pero por algún sitio tiene que fructificar su sementera.

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