Confieso que echo de menos la Sala de Exposiciones de San Benito, con una programación realmente espectacular. Valladolid salía en la portada de las revistas de arte, la muestra que acababas de ver era reseñada por los informativos nacionales y nos permitía asistir a inauguraciones de autores que por primera vez exhibían su obra en España. El traslado de exposiciones municipales al Museo Patio Herreriano, con la intención de vestir a un santo totalmente desnudo, da la imagen de que Valladolid se ha empobrecido y ha generado una víctima: la fotografía. Pues poseer una sala específica dedicada a la fotografía daba prestigio tanto al arte fotográfico como a la propia ciudad del Pisuerga que la albergaba.

Respecto al Museo Patio Herreriano, fue un proyecto anodino desde su bautizo, porque en el siglo XXI llamar “museo” a un espacio expositivo que pretende ser un centro de arte contemporáneo es un anacronismo. La idea decimonónica de museo se parece más a una caja infantil de tesoros que a las necesidades culturales, expositivas y didácticas de una sociedad posmoderna. Mantener el nombre de “Patio Herreriano” me parece todavía más aberrante, pues cualquier aficionado al arte sabe que no es un patio sino un claustro procesional. Respecto al adjetivo, de herreriano no tiene nada, pues Pedro Mazuecos (igual que otros arquitectos del primer barroco español como Juan de Nates o Diego de Praves) no se inspiró en el estilo escurialense, sino en los tratados de Palladio. Para mayor desprecio hacia el espacio histórico-artístico se colocaron unos gigantescos reyes sedentes firmados por Antonio López (que ni siquiera tuvo el gusto de que fueran vestidos a la moda del antiguo Egipto), no importándome tanto que Valladolid alcanzase las cotas más elevadas de peloteo a la corona, sino que su instalación haya fastidiado la contemplación del maravilloso claustro y la apreciación de sus armónicas proporciones. En cuanto al contenido, hablando en general y sin meterme a diseccionar ni a sus tres directoras ni la situación actual, ha habido buenas exposiciones, pero en mi opinión a la colección permanente no se le ha sacado todo el partido que merece; asimismo, su conexión con artistas contemporáneos me ha parecido falta de criterios objetivos.

Pues bien, el pasado día 2 se inauguró la exposición de Saul Leiter, que posee el mismo título “In search of beauty” (Buscando la belleza), que la que pudimos ver en la Sala San Benito en 2012 -un año antes de la muerte del fotógrafo-, con la diferencia de que aquella fue la primera exposición de Leiter en España, mientras que la actual retrospectiva viene enlatada por la Fundación Sabadell y ha recorrido otros lugares de España. Su comisario Roger Szmulewicz da palos de ciego en el catálogo, sin entender para nada la obra de Leiter y su trascendencia. Afirma que en sus fotos de los años 50 fue el primero en utilizar el color, cuando Kodak comercializaba película negativa en color desde 1942 (diapositivas se vendían desde la década anterior). Incluso había métodos de color desde principios del siglo XX, como uno aditivo inventado por el nobel español Santiago Ramón y Cajal u otro similar -con mayor éxito comercial- de los Hermanos Lumiére. Szmulewicz, parece luego rectificarse a sí mismo, para referir que fue el primero en utilizarlo artísticamente, lo que tampoco es cierto, Ansel Adams lo hizo con gran acierto con anterioridad.

La exposición gira -según su comisario- en torno a la búsqueda de la belleza, pero es incapaz de entender qué es lo bello para la vanguardia artística de los años 50: El arte en estado puro separándolo del motivo, el signo como síntesis, la belleza como concepto que está por encima de la forma, el color en estado puro,… Esa es la belleza para Leiter. Conectando con los grandes pintores expresionistas abstractos de su tiempo (Pollock, Rothko, Wols,…) buscando plasmar el ideal de “lo sublime” -como haría Rothko-, esa es la intención de Saul Leiter. En el uso del color hay obras que nos recordarán también a Piet Mondrian, a base de cuadros de colores vivos separados por líneas negras. Es tan poderosa su militancia abstracta y su carácter de visionario, que incluso algunas de sus obras parecen preludiar el informalismo que vendrá después (reconociéndose, por ejemplo, una obra que parece adelantarse a Tapies con paredes rugosas llenas de signos, incluso atravesada por una escalera). Esa es la gran aportación de Leiter que el comisario es incapaz de ver, por eso fue el primer fotógrafo que expuso en el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York), pero en su país siguen si entender su obra y lo más importante que INVENTÓ LA FOTOGRAFÍA ABSTRACTA, llegando mucho más lejos de lo que los pictorialistas o las vanguardias se atrevieron. Utilizando -como muchos pintores figurativos actuales- la nieve, el humo, el vaho o el reflejo para hacer abstracción. Aún así recomiendo ver la exposición por su valor intrínseco y su aportación al arte abstracto, pero ruego que nadie lea el catálogo ni haga caso al discurso expositivo.

En las antípodas está una exposición que ha sido todo un fenómeno social, me refiero a la exposición en el Palacio de Villena “La invención del cuerpo. Desnudos, anatomía, pasiones”, una magnífica iniciativa del propio Museo Nacional de Escultura, una institución que en la última década se ha puesto a la cabeza de la programación cultural española. La muestra a la que me refiero, comisariada por la propia directora María Bolaños, hace un recorrido magnífico del renacimiento a la ilustración, épocas durante la que se fue formulando el cuerpo humano como motivo del arte; atendiendo a los ideales estéticos, las actitudes y los conocimientos científicos que lo permitieron.

Finalizada recientemente, el pasado 4 de noviembre, todas las personas amantes del arte se han acercado -al menos una vez- a verla. Aparte de utilizar los fondos del Museo Nacional de Escultura para sacarlos de sus salas y ser parte de un discurso intelectual diferente que hace reflexionar en una determinada dirección, se han traído fondos procedentes de otros museos españoles y extranjeros. Confesaré que hay dos piezas que me han llamado poderosamente la atención. La primera, el maniquí articulado realizado por Alberto Durero en boj en torno a 1525 con el fin de servir como modelo al pintor, pertenece a los fondos del Museo del Prado y posee numerosas articulaciones unidas por hilos, pudiendo mover hasta la mandíbula. La otra obra es un cuadro del silo XVII atribuido en 1988 a Artemisa Gentileschi procedente del Museo Tessé de Le Mans: “Alegoría de la pintura”. En el cuadro me parece reconocer el cabello y el rostro de la propia autora que se ha quedado dormida trabajando en su taller, escena que me parece especialmente deliciosa conociendo la atormentada vida de Artemisa, quebrada desde su adolescencia por la sociedad patriarcal. Sólo por contemplar estas dos obras mereció la pena ver la exposición varias veces, pero es que además el discurso expositivo es una propuesta intelectual de primer orden que trata de ofrecer novedad al público habitual del museo, al tiempo que estimula el debate intelectual.

Esa es la gran diferencia entre ambas exposiciones, una respeta a un público al que considera informado e inteligente, mientras la otra –que no queda claro si es la misma vista en San Benito hace seis años- parece pensar que a la hora de programar exposiciones todo vale.

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