Hace ya muchos años que mis amigos, profesores de universidad, se quejaban de que los alumnos que llegaban a sus aulas y que incluso acababan sus carreras, tenían problemas serios con la ortografía y la redacción. Hablo de profesores de las carreras de Humanidades y de Derecho. Algunos me confesaban que sentían tal impotencia ante esta situación que se habían dado por vencidos. Al fin y al cabo, decían algunos “analfaortógrafos” con la intención de excusarse, lo que importa es que se entienda lo que se quiere decir. Y no les faltaba la razón, porque el lenguaje es el vehículo que tenemos para expresarnos, comunicarnos y, por ende, entendernos, pero también es cierto que la ortografía marca de hecho las diferencias entre los objetos y las ideas. Por poner un ejemplo: nadie se come una “baca” ni carga las maletas en una “vaca”; la diferencia semántica está en la “v” y en la “b”. Y, a poco que rastreemos la historia de nuestras palabras, nos damos cuenta de que la ortografía cuenta, y mucho. Por seguir con algunos ejemplos, “venir” no se escribe con “v”, ni “beber” con “b”, porque se les haya antojado a los profesores de lengua o a los escritores. Son palabras que proceden de los términos latinos “uenire” -así, con “u”, porque nuestra “v” procede de la “u” latina”- y bibere”, respectivamente. La lectura de Carl Vossen (Madre latín y sus hijas. Las lenguas de Europa y su origen, KRK, Oviedo, 2013) abre un horizonte al conocimiento de la lengua que sorprende.

Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura (1982) pontificaba, en la apertura del Primer Congreso Internacional de la Lengua Española (Zacatecas, 8 de abril de 1997), diciendo: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna […]”. Pero él mismo comenzaba su discurso recordando que los mayas conocían el poder de las palabras “[…] con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras”, un dios que -replico humildemente- será igualmente maltratado, si las palabras son maltratadas en tantos ámbitos como el mismo Gabo denunciaba. El grito con el que García Márquez casi concluye su discurso -y al que se sumaba el inefable Camilo J. Cela-, que decía que “[…] nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa”, rompe la unidad de la lengua española. La “b” de “burro” y la “v” de “vaca” no nos la trajeron nuestros abuelos españoles “como si fueran dos y siempre sobre una” -decía Gabo-, sino que contienen en sí mismas la propia historia de la lengua, presente en la etimología: “burro” viene de “borrico” que, a su vez, procede del latín “burricus”, que significa “caballo pequeño”, y “vaca” tiene menos intermediarios, porque procede directamente del término latino “vacca”. El Premio Nobel, un mago del lenguaje, me sorprendió en su día con estas tesis y estimuló mi posicionamiento en su contra en este caso. No sé si era consciente de la contradicción en que incurría cuando defendía el adelgazamiento anárquico de la lengua y defendía al mismo tiempo su unidad, preconizaba el enterramiento de “las haches rupestres”, afirmaba “firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota” o “hagamos desaparecer los acentos escritos” al mismo tiempo que publicaba su discurso en un castellano perfecto, pulcro, hermoso, y nos hablaba de “venturo”, un cultismo, una palabra tan poco usual como bella, que procede de “venturum”, el supino del verbo latino “uenio”, que significa “que ha de venir”, es decir, el “futuro”, al mismo tiempo que proponía simplificar la lengua. Si se rompe la unidad de la lengua y se degrada su riqueza, ¿dónde reposará el fuste que nos permita entendernos, y expresarnos con orden, claridad y precisión? Cuando se trabaja con herramientas simples e imprecisas, la obra resultante será vulgar, a la par que simple e imprecisa, porque, ya lo decía el sabio Aristóteles, no puede haber más perfección en el efecto que en la causa.

A quienes defienden tesis semejantes a las de García Márquez se les olvida que la lengua tiene ADN: además de las necesidades humanas y del uso y sus consecuencias para ella, su propia historia: un pasado de usos, significados y etimológico en el que descansa la significatividad de la lengua en el presente y que permite conocerla y utilizarla. La R.A.E. ha admitido en su seno desde hace un tiempo a académicos proclives a las tesis de Gabo. Por poner un ejemplo, el 17 de noviembre de 2010, unos días antes de su ingreso en la R.A.E., Soledad Puértolas declaraba que “estaría dispuesta a meditar la supresión de la hache. No creo -decía- que tengamos que preservar el lenguaje tal cual lo hemos recibido”.

Escribir incorrectamente no es, como sostienen algunos, un acto de rebeldía o de insumisión ante quienes conciben el lenguaje como instrumento de diferenciación y elitista. Hablar y escribir bien, con corrección, no es de derechas y hacerlo como a cada uno le dé la gana no es de izquierdas ni progresista; con esto solamente se encubre nuestra propia incuria, además de nuestra inmadurez cultural, si no nuestra propia incultura. A quienes propugnan estas tesis se me ocurre preguntarles si admitirían que se redactara de cualquier manera un contrato de trabajo o de seguro, una escritura notarial o una sentencia judicial. Me pregunto, por ejemplo, si les daría lo mismo que su pareja, tras un fin de semana desaparecida, al llegar a casa les dijera: “he estado ‘solo’ unos días en París” o “he estado ‘sólo’ unos días en París”. A nadie debería resultar indiferente que en su contrato de trabajo se dijera “debe ‘de’ estar a x hora en la oficina” o “debe estar a x hora en la oficina”: el resultado podría ser el despido del trabajador por impuntualidad o que obligaran al empresario a su readmisión por haberlo despedido de forma improcedente.

Un profesor no es bueno por no exigir lo suficiente y necesario, ni por transigir. La preocupación por el uso de la lengua ha llegado hace ya años a los tribunales de oposiciones, en las que se revisa la ortografía y la redacción de los textos escritos por los opositores. En las oposiciones del verano pasado han quedado muchas plazas vacantes precisamente a causa del uso incorrecto del lenguaje por parte de muchos opositores. Si los profesores tienen su responsabilidad, no es menor la de los medios de comunicación, los políticos, los escritores. “Tampoco la Real Academia Española, todo hay que decirlo, es ajena a los daños causados y por causar. En vez de afirmar públicamente su magisterio, explicando con detalle el porqué de la norma y su necesidad, exponiendo cómo se hacen los diccionarios, las gramáticas y las ortografías, dando referencias útiles y denunciando los malos usos como hace la Academia Francesa, en los últimos tiempos la Española vacila, duda y a menudo se contradice a sí misma, desdiciéndose según los titulares de prensa y las coacciones de la opinión pública y las redes sociales, intentando congraciarse y no meterse en problemas. Esa pusilanimidad académica que algunos miembros de la institución llevamos denunciando casi una década ante la timorata pasividad de otros compañeros, ese abandono de responsabilidades y competencias, esa renuncia a defender el uso correcto -y a veces hasta el simple uso a secas- de la lengua española, ese no atreverse a ejercer la autoridad indiscutible que la Academia posee, envalentonan a los aventureros de la lengua” (Arturo Pérez-Reverte, XL Semanal, 24 de junio de 2018).

La lengua española es un patrimonio de importancia excepcional, que, según calculaba el Instituto Cervantes en 2015, hablamos 559 millones de personas en el mundo, y que se convierte en la patria común de todos los hispanohablantes. Una lengua viva a la que entre unos y otros estamos dándole “matarile”.

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