“No hay historia muda, por mucho que la quemen, por mucho que la rompan, por mucho que la mientan, la historia humana se niega a callarse la boca”.

Así inicia la liturgia.

Acudo a la representación de El pan y la Sal en El Lliure de Barcelona, texto teatral de Raúl Quirós que se documenta en el llamado “Juicio a la memoria histórica”. Un elenco con actores de los de verdad.

Sorprende la veracidad que destila María Galiana. Es increíble cómo se desvanece la imagen que tenemos de ella cuando empieza a dar voz a María Martín, una mujer a la que le arrebataron a su madre apenas había cumplido los 6 años de edad.

Es una obviedad hablar del prodigio de la voz de José Sacristán, pero no por ello menos cierto. Van desfilando:

Un intenso y lúcido Mario Gas en la piel de Baltasar Garzón defendido con soltura por el personaje de Ginés García Millán. La acusación particular más rancia de la mano de Alberto San Juan, que encarna con solvencia una total y engominada falta de empatía hacia las víctimas. Un historiador que destila oficio en la piel de Emilio Gutiérrez Cava. Confundo a Francesc Orella con un testigo real revelando que “Las víctimas de este país nunca han tenido conciencia ni consciencia de ser víctimas”. Sí, lo confieso, no conocía a este gran intérprete y, aunque a estas alturas ya pueda declararme Merliniana,  entonces… no. Y me pareció un señor contando su vida, así… ¡A veces soy muy Bambi!.

Natalia Muñoz relata con mucho temple la encrucijada del padre de Josefina Usulén: este hombre descubrió con 33 años que tenía una hermana en algún lugar del mundo que desconocía, sí, sí, uno de esos bebés robados al “estilo argentina”.

“Se llevaron el pan y la sal de nuestras casas” dibuja Gloria Muñoz dando luz a Pino Sosa, cuya madre nunca dejó de buscar a su marido “Se lo llevaron vivo y vivo lo reclamaba”.

De amigos de lo ajeno y enemigos de la libertad ajena va la cosa.

Hay frases de la obra que remueven lo más esencial de la dignidad humana. Fausto Canales, el personaje que encarna Sacristán –un miembro de la Asociación por la recuperación de la memoria histórica de Valladolid- al ser interrogado por la acusación sobre si puede considerarse secuestro la desaparición de su progenitor espeta: “Yo sólo sé que no he visto a mi padre desde que tenía 2 años”.

O el súper dato –ofrecido en el epílogo- de que España es el segundo país del mundo después de Camboya en número de desaparecidos. ¡Encabezamos este macabro ranking y nos quedamos tan anchos, como la flamenca del whatsApp!

¡¿Cómo es posible?! No es una cuestión ideológica, es que clama al cielo que se cree una ley que ampara el derecho de los afectados a enterrar con dignidad a sus familiares pero no la provea de fondos, lo que en la práctica es lo mismo que derogarla.

Un país que permite que la biografía de todos estos ciudadanos permanezca cubierta de tierra, se está construyendo sobre fango resbaladizo.

Pienso ahora en España, esta España mía, esta España nuestra, como en dos placas tectónicas que aún deben repararse.

Justicia y reparación reza la consigna.

Y yo no puedo evitar elucubrar qué hubiese sido de este país si otro gallo nos hubiese cantado.

Lo que expone esta dramaturgia no es ideología. Es sentido común, ya digo. Un texto necesario. Debe decirse. Emociona al público y escuece en otro término. Nadie dijo que fuera fácil.

Esto último que yo les lanzo: el imaginar otro cielo para esta nación, sí es ideología. Mi ideología. ¡Ojalá la flor del progreso que crecía exultante no hubiese sido arrancada! Un sistema educativo de calidad inspirado en el ideal de la solidaridad humana, la institución del sufragio femenino, puntos suspensivos… busquen en las hemerotecas. ¡Hagan MEMORIA! España fue abanderada de progresismo.

Pero me estoy yendo a otro terral y lo que hay que teclear a los cuatro vientos es otra cosa. ¡Ojalá que la luz siempre prevalezca!.

¿Saben qué? Como público, necesito escuchar verdad.

Gracias a este equipo maravilloso por entregarse a un trabajo tan comprometido, veraz y genuino.

Gracias Sr. Lima por capitanearlos. Gracias.

Pd. Leo que “El silencio de los otros”, un documental sobre los desaparecidos durante la dictadura franquista fue doblemente premiado en la pasada Berlinale. Y nosotros seguimos aquí, con la casa sin barrer. ¡Qué país!

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