Ha sido una de las noticias relevantes de esta semana, la muerte de Stan Lee, creador de los superhéroes de la Marvel, el guionista en los inicios de la aparición allá por los 60 de toda una pléyade personajes, que conformaron un universo propio de ficción.

Algunos han hablado de “fin de una era” al conocer de su muerte. Porque ya no queda nadie vivo de aquella época relacionada con aquel momento del cómic. En realidad, hace tiempo que terminó aquella “era”, casi al mismo tiempo que el rock y el pop de corte Beatle. Aunque en el mundo de la ‘cultura popular’ no se tira nada, se copia recopia actualiza (oh) vintageiza camperiza retroiza vuelve vuelve nunca se fue: ¡no hay cambios!.

El trasvase de superhéroes al cine y su éxito mantienen la ilusión de su actua oh lidad (veo ayer ‘Deadpool’ en la tele dónde si no, al menos tenía algo más de ‘gracia’ que los comics, pero en estos el personaje era tratado con un cierto temor -que en la peli no lo es tanto, nada- sobre lo de tomarse la justicia por propia mano; y es que en los cómics mainstream hay gente que se toma las cuestiones de propagar la moral imperante con prudencia -cierta rebeldía, cierto sabotaje-, cosa que en el cine, americano sobre todo, es menos corriente; pero dejemos esto: os quería hablar de mi relación advenimiento a la “era” de Stan Lee, apodado ‘The Man’).

Fue siendo yo un niño que me advirtieron que no entrara en una habitación de casa de mi abuela, porque era de mi tío y no le gustaba que na-die anduviera en sus cosas. La habitación no tenía puerta, sino una cortina. La descorrí y entré. Había una maleta en el suelo, que abrí con cierto miedo a ser descubierto y lo que había dentro de ella eran tebeos. Mi tío Clemente se dedicaba a su compra venta cambio los domingos en Cantarranas, para sacarse un dinerillo extra para sus gastos, el del curro para casa.

Allí había tebeos de su era: el TBO, Pulgarcitos y otros productos de Bruguera, Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz y otros cómics similares. No me descubrieron, pero al poco entré de aprendiz en el negocio, je, de mi tío. Los tebeos de su era me los leí todos, pero no me ‘sonaban’ bien del todo; los del Capitán Trueno, Jabato me ‘sonaban’ algo mejor.

Hasta que apareció Spiderman y vi noté que aquel era mi sonido. Esto equivale a lo de que cada generación necesita sus propios referentes, como se suele decir.

La maravilla que supuso ver el contenido de aquella maleta volvía a repetirse con los dibujos de Spiderman y después con los del resto de superhéroes, y muy especialmente con los dibujos de Jack Kirby, que fueron como aquella puerta, cortina, maleta abierta a la maravilla. Lo maravilloso ha marcado mi relación-reacción con el cómic, el deslumbrar de la imaginación, que persigo como un yonky en pos del flash primigenio (extensible al cine, libros, pintura…). Y siguen apareciendo, sucediendo.

Vendrían a continuación los comix alternativos underground: otra maravilla; luego los franceses con su Metal Hurlant (Moebius, Druillet, Jodorowski…), después el increíble manga –otra generación, otra era a quien los superhéroes no le ‘sonaban’ a suyo, propio, de ellos/as-, y aún siguen viniendo otros… aunque ya no sé si hay eras, de tan respetable que se ha hecho el cómic, pero maravillas sigue habiendo. Pues ese es el territorio principal del cómic.

El cine americano ha encontrado en los superhéroes un buen negocio y una muestra más de su falta de ideas. Puede dar la impresión de que ahí pervive el universo creado por Lee y los dibujantes que plasmaron sus guiones. Yo sólo veo videojuegos en pantalla de cine o tv y creo que los videojuegos ya tienen su propio formato y generaciones, mucho mejores o apropiados. Es un universo sin maravilla, el del cine de superhéroes.

Alejandro Jodorowski llamó a Stan Lee, “el Shakespeare de los cómics”. Piensa lo que quieras. Ojo de Oro no se equivoca.

 

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