Ayer desperté confuso y triste. Hay días que se clavan en el espíritu como latidos imposibles de silenciar. Son esos días cargados de tal pesadumbre que rayan la amargura. Son esos días proclives a la melancolía, de una tristeza profunda y permanente que quiebra la paz, y condenan a sobrellevar sus horas con el quebranto producido por la desdicha. Ayer desperté con el recuerdo del fallecimiento de mi padre, un suceso ocurrido hace ya veintiún años; un sentimiento, el del dolor de su pérdida, que se reduplicó con la noticia de la muerte repentina de una persona amiga, José Manuel de la Huerga. Una persona admirada por el vuelo de su pluma, y más querida, si cabe, por su cercanía, sencillez, generosidad, cordialidad y compromiso con la vida. ¡Cómo olvidar un día tan cargado de desdichas…!

“Al acercarse la hora, una nube se oscurece. / Y un temor a no sé qué me asalta, sombrío. / Seguiré adelante. / […] ¡Oh libros! ¡Oh cantos! ¿Todo ello se reducirá a esto? / ¿Apenas podemos llegar a este comienzo nuestro? Sin embargo, ya está bien así, oh, alma mía. / En realidad hemos aparecido, alma mía. Y ya es bastante” (W. Whitman).

Esos días en los que la vida obliga a hablar en tiempo pretérito, porque lo que era valioso se congeló en el pasado, son días en los que desearíamos que el viaje fuera siempre a “una ciudad mejor”; a pesar de que sabemos que nuestro intento “está condenado al error” (Cavafis),y es que, como hojas de hierba, el viaje, el presente y el que nos condena a la memoria, no suele discurrir por los senderos deseados ni nos conduce a la Ítaca soñada. Como José Manuel, ¡siempre tenemos camino por recorrer: vida por completar: esposa con quien compartir nuestros días, hijos en situación de ser acompañados y apoyados, amigos con los que disfrutar…! ¡Nunca es pronto para viajar definitivamente a la memoria!

“Morir es doblar la curva / Del camino, y no ser visto. / Oigo, si escucho, a tu paso / existir como yo existo. // La tierra está hecha de cielo. / La mentira está sin nido. / Nunca se ha perdido nadie. / Todo es verdad y camino” (F. Pessoa)

Ayer fue un día que me costó vivir. De pronto, una vez más y a pesar de que la lectura de Marco Aurelio me invitaba a no despreciar la muerte sino a aceptarla de buen grado porque forma parte de la propia vida, el sentimiento grave, oneroso, que produce la muerte, me devolvió a la vida y a reconciliarme con ella. El mundo -y la vida- no es lo que acontece fuera de nosotros, cuanto nos alcanza y podemos llegar a sentir como una carga tan inevitable como indeseable. “Ah, el mundo es lo que a él traemos” (F. Pessoa) y somos lo que dejamos. José Manuel -como mi padre- ha construido su vida con lo mejor de sí, y lo ha entregado sin miedo y sin contención, con la esperanza de contribuir a mejorar la vida de su familia, de sus alumnos, de sus amigos y de sus lectores, entre quienes me encuentro, y hemos sido muchos.

Pero mi día discurrió confuso, entre la calma con la que comienza el andante con moto del Trío op. 100 de Schubert, a la que me inducía Marco Aurelio, y su desarrollo central, complejo y enérgico, de rechazo de la fecha y de los sentimientos que la llenaron. Fue la música, la gran música de Gustav Mahler, W.A. Mozart y Erik Satie la que me calmó y equilibró mi espíritu. El pasaje melódico, reflexivo, calmo, que inunda el adagietto de la 5ª sinfonía de Mahler, el 2º movimiento del concierto nº 23 para piano y orquesta de W.A. Mozart y la primera Gymnopédie de Erik Satie me pusieron en el camino. No es la muerte el final de la vida -se percibe en el Requiem de Gabriel Fauré-, pues somos lo que hacemos y dejamos. Esas notas largas, prolongadas, como la playa infinita de la memoria, como el mar de sentimientos que produce el recuerdo de cuanto nos dejan las personas queridas y cuantas han contribuido a mejorar la vida; esas notas largas, moduladas, que penetran hasta el infinito del espíritu, reproducen lo mejor de la memoria, la mano de quienes han regalado luz a manos llenas, producen tal serenidad y equilibrio, que no es posible dejarse abatir por la melancolía.

Sé que los sentimientos caminan con frecuencia por lugares indeseados y que es imposible sujetarlos con la mente; que la frialdad del cálculo y la racionalidad quieren ser un contrapeso que los supere, a pesar de que aquéllos se imponen una y otra vez. Ante la tristeza y el abatimiento sólo encuentro consuelo en el convencimiento de que, como decía José Hierro, “mi reino vivirá mientras / estén verdes mis deseos”, y jamás se olvida a los amigos, a las personas queridas, ni a los creadores que han entregado su vida a mejorar el mundo.

“Veo en ti el estuario que se amplía y extiende majestuosamente para verterse en el gran mar” (W. Whitman), por donde amanece y donde se reflejan las estrellas.

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