A mi amiga Inma, a la que se llevaron por delante los beneficios de las tabacaleras, beneficios manchados de sangre, de vidas truncadas, de ilusiones perdidas y de familias que quedaron huérfanas y absortas. Cuantas cosas nos causan una muerte lenta e invisible, el tabaquismo, el alcoholismo, las adicciones de todo tipo, la precariedad laboral, la falta de sentido...Que el más allá te sea leve querida amiga, nos veremos en los Campos Elíseos, donde la luz y la vida recobran su sentido.

Tras tocar música de Chopin, siento que lloro por pecados que nunca cometí y plaño tragedias que jamás me ocurrieron.

Oscar Wilde

 

En el exterior de mi casa la luz declina con una lentitud desconcertante, unas ramas desnudas se yerguen poderosas ante mis ojos, alfombras de resplandor amarillo y sendas solitarias, desoladoramente vacías, inquietantemente asoladas, desfilan bajo los pies de cualquier persona que ose acercarse hasta estos lugares que llaman La Parva de la ría, pero que yo he dado en llamar la guarida de la melancolía.

Recorro las calles donde abundan las entidades financieras, los supermercados, las colchonerías, las personas sin alma, sin sed de justicia, sino más bien justicieros de la impiedad.

Todo se basa y se justifica bajo el ritmo de la rentabilidad grisácea y miserable, la vulgaridad es venerada sin previa reflexión, la gente presume de ser ignorante, no son, no piensan, no creen, no aman, utilizan, monopolizan, decretan que el amor está pasado de moda e imponen su criterio bajo pena de exclusión y destierro, nihilizan todos los ámbitos hermosos de la vida.

La luz declina, sigue su curso declinatorio, se contrae como asustada ante el devenir de los hombres, supongo que al día siguiente volverá a expandirse siguiendo las consignas del eterno ciclo de luces y sombras. Escucho la música de Chopin, y me hago a la idea, de que al menos en parte, en una porción, en una diminuta astilla, he conseguido conservar internamente alguna de las cosas que yo considero bellas, salvables, unificadoras del universo, consoladoras, rescatadoras de la pérdida del jugo vital al que este mundo absurdo y violento, nos somete.

Una de ellas podría muy bien ser, la música de Frédéric Chopin.

Chopin, Photograph by Louis-Auguste Bisson, 1849
Chopin, Photograph by Louis-Auguste Bisson, 1849

Es considerado el primer y principal poeta del piano, tanto sus composiciones como sus posteriores interpretaciones, se podrían definir como lamentos suavemente deslizados por el teclado, filamentos y acordes de tristeza espasmódica y furia nacionalista, puesto que Chopin vivía cotidianamente en un exilio impuesto, miraba el mundo y su Polonia natal desde la lejanía, en lontananza, sintiéndose poseído por un sentimiento de exilio social y espiritual, avasallador.

Se mostraba perplejo desde las curvas y sinuosidades de su profundo psiquismo, con su música alimentaba una mística de la melancolía muy propia del Romanticismo, en todos los órdenes, a todos los niveles, se buscaba el sentido a través de la creación artística.

Franz Liszt le presentó a la escritora George Sand, conocida en París por haber escandalizado a propios y extraños, dada su costumbre de fumar puros en público y vestir pantalones. Ante Sand, cuyo verdadero nombre era Aurore Lucile Dupin, el músico tropezó con el enigma irresoluto de las mujeres, ese que siempre permanece oculto tras un velo y que no permite que mirada alguna penetre en su misterio. Junto a ella y en Valldemosa compuso la mayor parte de sus 24 Preludios, de una pureza y un lirismo inclasificables.

Cuando uno escucha “La Marcha Fúnebre”, se sumerge en un torbellino de desesperación, en un viaje conducente a los abismos no transitados por vida alguna. Un trío seguido de un scherzo, un enigmático cuarto movimiento, un constante fluir de inarmónicas notas que parecen estar en discordia con el mundo sensible, y que al escucharlas espeluznan a los sentidos, los extraen para siempre de su abortargamiento.

Asimismo, El Preludio número 1 en Do mayor. Se caracteriza por su naturaleza agitada, en apenas unos instantes, Chopin configura todo un mundo anímico, 34 compases en tiempo de 2/8 y encabezados por un “ Agitato”, que culmina sobre un pianísimo acorde arpegiado, establecido sobre la tónica en Do mayor.

Y por último, El Preludio número 2 en La menor, es sin embargo lento y contagiado de pesadumbre, de una potente solemnidad, casi lúgubre. El autor desarrolla una melodía que ha sido identificada como un canto ritual de bodas originario de Polonia.

Frédéric Chopin vestía chaleco y levita azules, su vida transcurría sumergida en un trágico oratorio con una lentitud de precisión, como la de una agonía cualquiera.

Aquellos que son críticos con el Romanticismo, que lo tachan de una suerte de egolatría, aquellos que atacan furibundos al amor romántico, que lo acusan de ser propagador de opresión, de nacionalismos insensatos o de guerras; no saben lo que es el Romanticismo, ni sus pretensiones, sus anhelos o su núcleo central, no han entablado nunca conocimiento con la pasión amorosa o con los sentidos exacerbados, y pertenecen a una filosofía que se caracteriza por su afán destructivo, fanáticamente destructivo.

Si el mundo es un caos informe, la música de Chopin es capaz de reordenarlo al compás de un asombroso lirismo, de su cadencia extraterrestre, de sus notas insomnes y de vida autártica.

-Frédéric Chopin, dime que serás capaz de absolver a los mediocres de este mundo, a los que no desean amar hasta las profundidades, ¡ absuelveles! Y cruza tu mirada con la suya, hazles ver el gran sentido del que la vida es poseedora absoluta.

Santificado seas, Frédéric Chopin.

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