El poseer no existe, existe solamente el ser: ese ser que aspira hasta el último aliento, hasta la asfixia.

Franz Kafka

Querida Natali: hace ya unos meses que entablamos nuestra amistad, en todo este tiempo nuestras vidas han sufrido bajo un viento racheado, a expensas del quehacer de un fatum en el que no deseo creer, que caprichoso o no, pareciera haber intervenido en el proceso vital de dos seres como nosotros, distintos, es cierto, pero atados a una extraña simbiosis entre ambos.

A estas alturas, tú ya debes saber que concepto tengo de la amistad, concibo esta como a una mirada que se bate en constantes ofensivas, que provoca la ira del horizonte, que no espera a que la providencia, el destino, o lo que sea, tengan la oportunidad de trabar las circunstancias a su capricho, la vida no puede ni debe convertirse en una tragedia griega.

Siempre, desde mi más tierna infancia, desde mi celda corporal, aunque con un lenguaje más sencillo, me he declarado en contra de cualquier determinismo que pueda hilvanar el destino de las vidas, nada está determinado, nada está escrito en ningún libro de ninguna eternidad.

Somos diferentes, lo sé, desde un inicio tomé conciencia de ello, desde un principio también, te prometí que no utilizaría palabras tan raras, que no rebuscaría en cualquiera de las escombreras de mi conciencia, el significado o las respuestas, si las hubiera, a nuestras diferencias, y así lo he procurado en cumplimiento de esa promesa.

Yo creo que los seres humanos no debemos tender a la baja, sino hacia lo alto, a lo más alto posible, no conformarnos con el confort que pueda suponer quedarse en la superficie, y buscar siempre y sin descanso la odisea, caminar por entre los dioses, jugar en el tablero de la eternidad a ser eternos, a convertirnos al fin, en energías que no se destruyan, en samuráis del amor.

Me cansan tanto el individualismo y el egotismo que me duele incluso el pensamiento, si alguna pérfida y estúpida sociedad nos quiere revertir en átomos solitarios, que no cuenten conmigo, me rebelaré contra las masas si fuera necesario, contra esas decenas o cientos de personas que me observan perplejos y sin pronunciar sentimiento o palabra alguna, cuando me leen. Creen apreciar que estoy loco cuando hablo del amor y de la amistad, que como un mitólogo les doy un sentido de arquetipo, de manera que estuviera inmerso en pleno diálogo platónico, en El Banquete, con Sócrates, Protágoras y compañía. Sabes una cosa, yo creo que ellos no se sentían eruditos, se concebían a sí mismos como plenamente humanos, como amantes imperfectos, pero rabiosos, de la vida.

Querida Natali: en esta fría tarde de diciembre, estoy triste, demasiado triste, pregunto e interrogo al viento por tu ausencia, por la ausencia de mamá, y me responde poseído por lo que fuera el espíritu de Exúpery, incitándome a recordar que lo esencial es invisible a los ojos, a mis ojos, a los ojos de cualquier viviente que por aquí se aproxime, exhortándome igualmente a dejar de lado la materialidad en un alarde de valor, ¿será verdad que los elefantes se ocultan bajo los sombreros, o que los niños cultiven huertos en otros planetas?. En cuantas tardes de invierno vierto mis lágrimas por vosotras, a través de las ventanas levanto la mirada al exterior y la vacuidad es casi absoluta.

No consigo desasirme de la nostalgia, pues mi cordón umbilical sigue aferrado a la trampa de la materia, a sus extremidades de tentáculo, y es que todos estamos sumergidos en la misma encerrona, sin poder salir a penas, y hacer un intento de fusión con lo etérico.

Apreciada Natali, quiero que me perdones por mi osado intento de cruzar las fronteras prohibidas, los muros de la superficialidad, las alambradas que ocultan nuestros miedos, esos con los que cargamos como cruces de acero.

No rastrees ninguna verdad en ese lugar en el que trabajo, allí no hay más que muertos, son como cadáveres insepultos, gente gris, cruel, inhumana, habitando la más absoluta de las absurdidades. Quiero que me disculpes por haber hecho el intento de alcanzar lo profundo, porque allí mismo reside mi verdad, ese lugar es el único donde poder alcanzar la salvación y comprender el misterio de la vida.

La amistad, el amor, la muerte, el dolor, las caricias, los abrazos, deben ser profundos y lacerantes para que todo recobre de nuevo su sentido.

Esta es una carta de amistad, una declaración de intenciones, un intento, tanto sólo un intento, de escapar de la superficialidad y alcanzar las profundidades. Esperaré pacientemente hasta que esta misiva llegue hasta ti.

Yo no soy un erudito, tampoco un intelectual, sólo soy una persona igual de asustada que todos los demás, y que necesita de tu amistad.

Con todo mi afecto, José Miguel

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