El fin de semana pasado -los días 14, 15 y 16 de diciembre- hemos podido disfrutar en el Teatro Calderón de Valladolid de la representación de la versión que Paco Bezerra ha hecho del mito de Fedra (Lolita Flores), un relato inspirado en la primera versión que Eurípides (s. V a.n.e.) hizo del mito de Fedra: una mujer fuerte, ardiente, libre que se enamora de su hijastro y cuyo final es trágico. Pero, más allá del relato, en esta versión y en tantas como se conocen, lo interesante, lo fundamental de la obra radica en la personalidad de Fedra; un personaje construido y puesto en escena por Eurípides en una sociedad en la que la mujer debía caracterizarse por el buen sentido, la moderación y la decencia (σωφροσύνη -sofrosine-, que Rodríguez Adrados traduce como castidad). En la obra encontramos dos tensiones, distintas aunque complementarias: el conflicto personal entre una Fedra enamorada y un Hipólito (Críspulo Cabezas) que solamente quiere cuidarla en ausencia de su padre, y el conflicto que vive desatado en el interior de la propia Fedra, en el que luchan el sentimiento amoroso y la fuerza de la razón, y en el que el poder de las emociones sobrepasa al de la racionalidad, encarnada en la obra en la criada Enone (Tina Sáinz) y de alguna manera por Acamante (Eneko Sagardoy), el hijo de Fedra y Teseo (Juan Fernández).

No imaginaba Teseo a lo que se enfrentaba cuando, tras abandonar a Ariadna, con quien se había casado, y secuestrar a Antíope, aquella amazona con la que tuvo un hijo, Hipótilo, se casó con Fedra, la hermana de Ariadna. Teseo, acostumbrado a ordenar y mandar, a elegir y secuestrar, a tomar para sí a cuantas mujeres quiso, a tomarlas como un objeto, una cosa, un ser a su servicio, como rey y como hombre, no imaginaba que Fedra no era como ninguna otra mujer que hubiera conocido: que la hermana de Ariadna era como una roca, un ser humano de cuerpo entero, libre, sin tapujos, decidida; que iba a hacerle frente, que ni temía al poder, al rey y al rey-hombre-Teseo, ni siquiera a la muerte, porque su dignidad como persona estaba por encima de cualquier miedo y de cualquier imposición.

La boda de Teseo con Fedra había sido decidida por su hermano Deucalión, rey de Creta, porque Teseo era rey de Atenas. Su matrimonio fue, por tanto, un matrimonio acordado, de conveniencia, no provocado por el amor sino por la conveniencia política.

Es fácil pensar que el amor nace con la cercanía y el roce, pero aquél no llega por caminos previstos ni esperados. El amor no llega cuando uno quiere sino, como dice el mito griego, cuando Afrodita, la diosa de la belleza, la lujuria, la atracción física, el sexo y el amor, quiere. Ni siquiera se dirige hacia quien uno quiere -en el caso de Fedra, debería haber sido Teseo, el hombre que la poseía, pero que ni la cuidaba ni la respetaba- sino que vuela en una dirección desconocida; con frecuencia, en una dirección inimaginable. ¿Cómo prever que la madrastra se va a enamorar del hijastro? ¿Cómo imaginar, además, que ese amor madure y florezca y se mantenga incluso ante la amenaza de la muerte? La imagen de Fedra que nos transmite Eurípides, de una persona enamorada, cuyo amor sincero embarga todo su ser y sobrepasa la fuerza de la razón, es la imagen de un ser que parece dominado por dos fuerzas -o valores- tan distintos como semejantes, según cómo se las mire: el amor y la libertad. El amor no se elige, antes bien nos elige, pero se ama como se vive, con la fuerza que da la libertad, porque es uno mismo, cada ser humano, el que decide manifestarlo, hacerlo patente, comunicarlo y publicarlo. El amor, que corroe las entrañas y no puede ser apaciguado y, menos aún, olvidado, acompaña y persigue al enamorado, quiera o no quiera; pero la persona enamorada, Fedra, es libre de querer vivirlo o de frenarlo y mantenerlo en silencio, a la espera de que el paso del tiempo lo disuelva, convirtiéndolo en parte de un pasado inútil. En Fedra, su pasión se parece a una partida de damas o de ajedrez, en la que cada pieza que juega, y el propio jugador, amenazan al contrario al mismo tiempo que ellos mismos están amenazados. Es un juego a vida o muerte, vivido en el límite de la propia vida, que, si fracasa, conduce a la frustración e incluso a la muerte.

El amor de Fedra es el peor de los amores, porque no es correspondido: Hipótilo, el hijo Teseo y Antíope, la rechaza en el momento decisivo; no la corresponde, aunque en el fondo es posible que estuviera tan enamorado como la propia Fedra. No quería ser acusado de incesto, ni perder el poder. Cuando los amores no tienen un final feliz, el final se presenta tumultuoso: Fedra se suicida e Hipólito muere camino del destierro, fulminado por el rechazo de su padre, Teseo, que pide a Poseidón, el dios del mar, su padre, que lo mate. No importan ahora, respecto de la versión de Paco Bezerra, las distintas versiones que existen del mito, ni su dependencia respecto de éstas; lo importante se desarrolla con brillantez, se siente intensamente en el escenario: la fuerza del amor y la fuerza de la mujer enamorada, que, precisamente por la fortaleza, la energía y la potencia de la servidumbre del amor, emerge como persona en una sociedad que rechazaba la igualdad de la mujer frente al hombre, que la mujer sea libre para decidir por sí misma qué quiere ser ella misma. Podemos especular si Fedra, la Fedra de las dos versiones que Eurípides hizo del mito, se arrepiente y se siente culpable o no lo hace, pero no podemos dudar de su libertad ni de que la fortaleza de su personalidad la convierte en una muralla frente al dominio del hombre y al peso fatídico de las costumbres y de la tradición cultural. La Fedra que dibuja Eurípides en sus dos versiones (Hipólito Velado e Hipólito Coronado), ni la de Séneca, Racine, Unamuno o Salvador Espriú, ni la de la versión de Paco Becerra es capaz del olvido -¡cómo olvidar un sentimiento, si éste traspasa y sobrepasa la razón!-; para ella, “[…] el amor fue sólo un colchón de alfileres […]” (Ch. Beaudelaire), que la condujo a la muerte.

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