Lo que voy a relatar a continuación no es fruto de mi imaginación, ni de ninguna lectura que haya podido sorprenderme. La propia vida suele ser más rica en fenómenos, situaciones y matices que cualesquiera de los relatos que podamos leer. Éstos cumplen la función de abrir delante de nosotros un horizonte que debe hacernos pensar, que no es poco, pero ni son la realidad ni debemos confundirlos con ella. Conforme acumulamos años de vida y conforme el trabajo nos pone en relación a unos con otros y tenemos que asumir distintas responsabilidades, nos topamos con casos y situaciones que nos desvelan cómo es la realidad y, en el caso de la vida en familia, cómo discurre ésta, las dificultades que encontramos unos y otros en el devenir diario así como las consecuencias que éste tiene en la vida personal y familiar.

Una habitación propia:

No crean que voy a hablarles de Virginia Wolf y de la obra que lleva por título Habitación propia, ni de su feminismo. Tomen este título en otro sentido, como espero poder mostrar en el relato breve que viene a continuación.

No descubro nada nuevo a quienes son padres si les digo que ser padres es una tarea difícil, muy difícil; que no hay libros en los que, como quienes estudian matemáticas o física, encontremos las respuestas adecuadas, prescriptivas, a las cuestiones y dificultades que se plantean a los padres cada día; que la responsabilidad de ser padres se aprende con frecuencia cuando ya han pasado los acontecimientos o las situaciones a las que hemos tenido que enfrentarnos…, o quizá no se aprenden nunca.

Imagínense un despacho mínimo aunque luminoso: una mesa, unas sillas, un ordenador apagado, una estantería con libros y materiales didácticos diversos, una ventana generosa cubierta en parte por un estor de lamas verticales y una puerta cerrada. En el entorno existe un silencio relativo, porque el despacho está situado debajo de una clase, en la que se desarrolla la actividad normal de un día lectivo de un instituto de enseñanza secundaria. Es la hora de tutoría de padres y han venido los padres de un alumno de segundo curso de ESO, de quince años de edad. Nos saludamos amablemente y, una vez presentados, sentados y roto el hielo inicial, comienza una conversación que inician los padres enunciando las dificultades que tienen para convivir cada día con su hijo. No estudia o, más bien, hace como que estudia, se queja de los profesores y suspende no una ni dos asignaturas, casi todas. Sin embargo, cuentan cómo en la primaria, cuando era un niño, estudiaba, leía y obtenía unas calificaciones buenas, incluso altas. Desde hace tiempo, vuelve del instituto y, si se le pregunta acerca de cómo ha discurrido la jornada escolar, suele contestar con evasivas e incluso enfadándose y diciendo que eso pertenece a su privacidad, que no tiene por qué dar cuentas a nadie de lo que hace, que ya es lo suficientemente mayor para decidir lo que le conviene y quiere. El momento de la comida suele convertirse en un espacio de tensión, porque hay que encender la televisión y poner la cadena que quiere, normalmente teleseries de adolescentes o de música en la que emiten videoclips de grupos musicales juveniles. Casi nada le gusta: la carne, si no son hamburguesas, es un problema; el pescado porque tiene espinas; la verdura, porque no le apetece, y así sucesivamente. Se pasa el tiempo de la comida, y el resto del día, con el teléfono móvil en la mano tecleando en la pantalla. Acaba de comer y, sin compartir las tareas propias de la casa, se encierra en su habitación sin que nadie pueda molestarlo, bajo la excusa de que necesita descansar y estudiar, porque tiene muchos deberes que hacer. Sin embargo, a través del tutor les llega regularmente la notificación de que no realiza las tareas diarias. El resultado es muy negativo, porque va camino de repetir curso una vez más. Sin embargo, dicen los padres, esto le sucede no por falta de medios sino por causas que ellos no alcanzan a comprender.

Les pido que describan la habitación de su hijo y todo aquello que contiene. No me sorprende lo que me dicen, porque es una respuesta habitual de los padres: además de la cama y de un armario, tiene una estantería con libros de lectura y de consulta, una mesa con su flexo, un ordenador, una minicadena de música y una televisión pequeña. Les pregunto si tiene conexión a Internet y si tienen control sobre sus contenidos. Se sorprenden por la pregunta: obviamente tiene conexión a Internet y ni siquiera saben cómo se puede establecer algún tipo de control sobre los horarios en los que puede utilizar la Red y sobre los contenidos que consulta o se descarga. Añado, como hipótesis, que me imagino que ellos se habrán privado en más de una ocasión de cosas incluso necesarias para ellos o para la casa con el fin de que el hijo no careciera de nada. Confirman este extremo, que ambos trabajan, que sus ingresos no son precisamente holgados, pero que desde siempre han entendido que el hijo no debía pasar las estrecheces que sufrieron ellos.

Mi respuesta es aparentemente sencilla: de cuanto tiene en la habitación le sobra casi todo: el ordenador, que preferentemente ha de estar en un lugar común y cuyo uso y contenidos deben ser controlados, la cadena de música y la televisión, puesto que son elementos que no hacen sino distraer su atención y ocuparle el tiempo de estudio, y debería poder controlar el uso del teléfono móvil. Los padres deben saber, además, cuándo está estudiando, cuándo dedica el tiempo a otra cosa, y a qué cosa; deben recordarle sus obligaciones y hablar mucho, tender puentes con el fin de conseguir restablecer la confianza mutua. La respuesta de los padres fue que no podían con él, que les resultaba imposible no sólo pactar con él normas sino incluso hablar de ello, y casi de cualquier cosa. Cuando se ha planteado esta cuestión, su respuesta ha consistido en levantarse y marcharse de malos modos. Su habitación es su espacio de privacidad, su habitación propia, cuya entrada está vedada a todo el mundo, y a la que sólo se puede acceder pidiendo permiso.

He recordado este hecho y otros similares cuando he leído un resumen del estudio que ha realizado la doctora Leonor Liquete, titulado El adolescente tirano.

En su día pensé que, huyendo del autoritarismo del pasado, los padres actuales nos habíamos pasado al extremo opuesto y habíamos caído en el error de creer que se educa mejor sin que el hijos -y los educandos, en la escuela- se esfuercen y, por supuesto, sin que sufran, ni sufran ninguna frustración. Craso error, porque a vivir se aprende viviendo, y, por desgracia, vivir conlleva esfuerzo, renuncias y, con frecuencia, cierto sufrimiento y más de una frustración, que hay que aprender a superar. Nadie despierta como una persona formada, madura y equilibrada de la noche a la mañana.

Esta experiencia y otras muchas similares que he conocido me han llevado a elaborar un decálogo de consejos para quienes quieran tener hijos tiranos. Son los siguientes:

  1. Dé prioridad a la vida laboral sobre la vida familiar.
  2. Procure convivir poco con sus hijos y con la familia en general: dedíqueles poco tiempo.
  3. No dé importancia a las discrepancias que surjan entre usted y su esposa o marido respecto de la educación de sus hijos.
  4. Ría las gracias de sus hijos: ríase cuando éstos den una bofetada o una patada a sus abuelos, y nunca lo reprima.
  5. Compénselos con caprichos.
  6. Concédales cuanto pidan.
  7. Adelántese a sus necesidades, ruegos o peticiones.
  8. Frente al esfuerzo, incúlqueles la idea de disfrutar, porque “la vida” ya los pondrá en su sitio.
  9. Frente a las frustraciones -por ejemplo, frente al fracaso escolar- subraye que ellos tienen siempre la razón y discuta las calificaciones, medidas y consejos que procedan del centro de enseñanza.
  10. No ponga normas o límites a los deseos y a las acciones de sus hijos.

No se preocupe, no tardará en notar -y sufrir- las consecuencias del cumplimiento de estos consejos. Para entonces, estoy seguro de que pedirá socorro en el centro educativo, aunque a esas alturas bien poco se podrá hacer. A esta altura de la película llega tarde la recomendación de leer Edipo rey de Sófocles.

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