Centenares de palestinos son sometidos todos los años al régimen de “detención administrativa” por el régimen sionista: una detención indefinida, sin cargos ni juicio, cuya aplicación rutinaria vulnera los derechos humanos.

El problema es que estamos creando un profesional del periodismo que ya no sabe incorporar principios y valores éticos y culturales a su trabajo. Incluso su vocabulario se limita a la exposición de los hechos y no incluye la elaboración de reflexiones complejas o análisis de cuestiones éticas. Como escribió Walter Lippman en su libro La opinión publica, el periodismo no nos señala la verdad porque siempre hay una brecha descomunal entre la verdad y la información. Las cuestiones éticas enfrentan al periodismo al nebuloso mundo de la interpretación y la filosofía y por eso los periodistas – y no digo todos sino tan solo una inmensa mayoría – huyen de la indagación ética como un rebaño de corderos atemorizados.

Visto el empleo que dan a conceptos como neutralidad, objetividad y equidistancia se diría que estos son, apenas, argumentos empresariales con los que ganarse la credibilidad de los ciudadanos y la complacencia de los grupos de poder, anunciantes y publicistas que en lo que menos están pensando es en abrir un verdadero debate sobre el mundo que vivimos.

Encontramos en los medios y en toda clase de empresas culturales un panorama que alardea de neutralidad periodística mientras tiene a periodistas empotrados en los bancos, el ejército, las grandes corporaciones y otros centros de poder.

Que alardea de imparcialidad mientras siguen estigmatizando en sus informaciones a los países y gobiernos que cometen el delito de intentar recuperar sus recursos naturales de las manos de las multinacionales (¿damos una lista?).

Que se pavonean de su “objetividad” pero reservan sus páginas y espacios informativos al oropel y el lujo de famosos y grandes fortunas a los que de esta forma identifican como modelos a admirar.

Que presentan como analistas independientes a representantes y asalariados de lobbies empresariales que cobran por defender los intereses financieros y políticos de sus empleadores.

Que acusan – siempre en pro de la neutralidad – a los movimientos de liberación que se enfrentan a regímenes dictatoriales o racistas (como en el caso de Palestina) mientras ocultan ese mismo terrorismo cuando los responsables (como Israel) son de su cuerda.

Que llamaban dictadores a los presidentes de Tunez y de Egipto - cuando las revueltas- y al mismo tiempo seguían tratando a cuerpo de rey y nunca mejor dicho, a víboras como el rey de Arabia Saudí y muchas otras tanto en Oriente como en Occidente.

Que se callaron, se callaron, se callaron mientras sufríamos un golpe de Estado empresarial (¿Verdad Rato, verdad Banco de España?) y no nos alertaron.

Y que, sin embargo, no espabilan. Ni la diestra, ni la siniestra. Yo les oigo hablar todas las mañanas, leo todo lo que hay que leer y veo que ambas manos por igual se aferran a esa hueca moral de lo que llaman “objetividad” con una fiereza cómica.

Por eso pienso que tenemos un problema. Y bien grande.

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