El 20 de enero pasado falleció Lolo Rico, una escritora que trabajó en Radio Televisión Española y que, en las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, transformó los programas infantiles, elevándolos prácticamente a la categoría de arte. Nos ha legado una historia de ochenta y tres años de creatividad y honestidad; algo que tanto se echa en falta ahora mismo. El pasado 13 de enero, Julen, un niño de dos años, se cayó en un pozo de más de cien metros de profundidad. Lo encontraron muerto el día 26 de enero, tras unas labores de rescate arduas y complejas, en las que participaron varios cientos de personas, entre profesionales y voluntarios.

Si hiciéramos una encuesta sobre estos dos hechos y tuviéramos que recordar algo de la vida de Lolo Rico y de lo sucedido en el pozo de Totalán, seguramente y en el mejor de los casos nuestra memoria no llegaría mucho más allá del recuerdo de La bola de cristal, como programa televisivo dirigido por Lolo Rico y, sin embargo, podríamos narrar detalles nimios del accidente y consecuente tragedia sucedidos en Totalán. Qué pocos recordarán a Lolo Rico como escritora tanto de relatos infantiles como de ensayos sobre los medios de comunicación y, sin embargo, qué recomendable es la lectura de sus ensayos: Castillos de arena: ensayo sobre literatura infantil (1986), TV, fábrica de mentiras: la manipulación de nuestros hijos (1994) o El buen telespectador cómo ver y enseñar a ver televisión (1994).

Los medios de comunicación han utilizado la tragedia de Julen y de su familia como instrumento monopolizador de los espacios de radio y sobre todo de televisión y nos han dibujado una sociedad maravillosa, compuesta por ciudadanos buenos, dispuestos a sacrificarse hasta la extenuación por causas nobles; solidarios, generosos, fraternos y empáticos. Nos han hecho olvidar otras tragedias diarias como las de la guerra de Siria, el problema palestino o el del Sáhara, los migrantes del Mediterráneo, los que llaman a las puertas de la libertad y el bienestar y quieren entrar en Occidente, dígase en Europa o en Estados Unidos, por ejemplo. Nos consideran menores de edad y seguramente nos han convertido en menores de edad.

Aunque cueste creérselo, los programas de televisión -y los medios de comunicación en general-, además de imponernos una visión de la realidad y, por consiguiente, una concepción ideológica, junto a sus contenidos nos venden publicidad, que es la que financia los programas, sean concursos, reportajes, divertimentos o telediarios. El monopolio de Totalán en los medios les ha servido para afianzar e incluso ampliar la audiencia y, por tanto, para vender más publicidad, es decir, para ampliar y rentabilizar más el negocio. Ninguna cadena de televisión actúa de manera generosa y altruista, movida por sentimientos generosos o de solidaridad, o por la emotividad que, sin embargo, promueven entre sus televidentes para tenerlos enganchados a la pantalla; la televisión, y los medios de comunicación se mueven por intereses económicos e ideológicos. Desde hace muchas décadas existe abundante literatura que demuestra lo que digo.

Permítanme dos citas, una de Lolo Rico y otra de Noam Chomsky, que hacen pensar:

  • "Todo está bien, usted no piense ni se preocupe, ya lo haremos nosotros por usted, limítese a callar -también puede hablar aunque no vamos a hacerle ningún caso- y compre, compre, compre. Y vote, vote, vote. Es lo único que nos interesa de usted porque hace tiempo que, para nosotros, usted dejó de ser persona para pasar a ser un objeto de consumo que cumple nuestros fines económicos y un instrumento pasivo de reproducción de nuestro poder político y, por supuesto, para conseguir de usted lo que pretendemos no nos queda más remedio que manipularle" (Lolo Rico, TV fábrica de mentiras).
  • El mundo que reflejan los medios de comunicación responde a los intereses y a la ideología de sus dueños. En ellos, los periodistas se adaptan a tales presiones ideológicas que interiorizan su sistema de valores o, en caso contrario, son eliminados (N. Chomsky, “Ilusiones necesarias”, en: revista Archipiélago, nº 9 (1992), p. 21)

En 2011, Noam Chomsky publicaba en la revista Archipiélago (nº 73, p. 7-8): “Diez estrategias de manipulación mediática”; un decálogo incompleto, pero inquietante y que hace pensar. Son las siguientes:

1) La estrategia de la distracción: desviar la atención del público de los problemas importantes mediante la inundación de distracciones continuas e informaciones insignificantes, que lo mantenga ocupado y sin tiempo alguno para pensar.

2) Crear problemas, después ofrecer soluciones: Es el llamado “problema-reacción-acción”. Se crea un problema para hacer reaccionar al público y que éste demande medidas que deben aceptarse: por ejemplo, ante noticias de violencia urbana o de crisis económica, que se pidan leyes de seguridad que restrinjan la libertad o la aceptación de una legislación que reduzca los derechos sociales.

3) Estrategia de la gradualidad: para que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente. Así se ha impuesto, por ejemplo, el neoliberalismo durante los años 80 y 90 del siglo pasado, con la consiguiente reducción del poder y de la dimensión del Estado, las privatizaciones, la precariedad, la flexibilidad, el desempleo o los salarios que no permiten una vida digna.

4) La estrategia de diferir, que consiste en presentar una legislación cualquiera como dolorosa pero necesaria, propuesta bajo la esperanza de que el futuro será mejor que el presente. Es un medio para sembrar la resignación y que se acepte lo que se impone ahora así como las medidas que puedan llegar en el futuro.

5) Dirigirse al público como criaturas de poca edad: cuanto más se quiere manipular, más y mayor uso se hace de un lenguaje y de unas actitudes infantiles, de un todo con intención infantilizadora.

6) Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión: De esta manera se cortocircuita la razón y, por consiguiente, el sentido crítico de las personas, y se abre la puerta a que se implanten en el subconsciente miedos, ideas, prejuicios, temores, etc. y para inducir comportamientos que convengan al poder.

7) Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad: hacer que el público no conozca ni comprenda los métodos o mecanismos a través de los que los poderes consiguen controlarlo y esclavizarlo.

8) Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad: convencer al público de que la moda, lo denominado moderno, lo que se lleva es ser estúpido, vulgar, inculto, etcétera.

9) Reforzar la autoculpabilidad: hacer creer que cada uno de nosotros somos los culpables de nuestra propia desgracia (por ejemplo, por falta de inteligencia, capacidad o esfuerzo), lo que nos conduce a la inacción y, por consiguiente, a que nada cambie.

10) Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen: la ciencia (psicología, neurobiología, antropología, sociología, por ejemplo) ha puesto en manos del poder un conocimiento del ser humano tan grande que le permite un control sobre las personas mayor que el que pueden ejercer ellas sobre sí mismas.

La insistencia, la presencia abusiva de Totalán en los medios de comunicación me ha recordado lecturas antiguas de la propia Lolo Rico, de Noam Chomsky, de Denis McQuail, de Ramón Reig, de Kathleen K. Reardon y de Octavio Aguilera. La tragedia de Julen me ha conmovido, porque quién no se conmueve con la muerte de un niño y con el dolor de una familia rota de dolor. Pero su utilización por los medios de comunicación me ha recordado que en cada momento de la historia existe un Gran Hermano, un Ministerio de la Verdad, una Policía del Pensamiento (G. Orwell, 1984) o un Ciudadano Kane, que luchan por el poder y que lo utilizan para mantenerse en él y aumentarlo. No deben de ser errores sino estrategia, porque, ante cada tragedia, los hechos se convierten en instrumento sensacionalista y siempre encontramos un periodista en una cadena con audiencia que aprovecha el caso de turno, normalmente una tragedia, para fines que poco tienen que ver con el periodismo.

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