Acabo de leer una noticia tal que asi: “Madre e hija encierran y golpean a un profesor universitario en Vigo por una nota de examen. Según la versión del docente, la madre lo sujetó mientras la alumna lo golpeaba con un paraguas, ocasionándole una brecha en la nariz.

Cuando terminé de leer el artículo me sentí – por decirlo en corto – cabreada como una mona. Quizá porque como mujer, como madre y como profesora durante toda mi vida laboral me costó más tiempo del debido condenar la reacción de estas bárbaras. Lo hice sin embargo con un extraño, amargo sabor de boca. Porque hubo un tiempo, cuando estudiaba para ser periodista, en el que aprendí – eso era lo que me ensañaban – que los periodistas no tenían por qué comprometerse realmente con aquello sobre lo que escribían. Al principio eso nunca fue un problema. Sólo que empezó a serlo enseguida. Se hizo evidente que por mi carácter yo no había nacido para ser, digamos, testigo de los acontecimientos. En este sentido y con los años las cosas no han hecho sino cambiar. A peor. A día de hoy tengo que decir que soy escritora y feminista, pero se diría que estas dos cosas entrar en conflicto con mi realidad de un modo – por decirlo suavemente – casi automático.

El problema, pienso, consiste, en que como escritora estoy comprometida – los dioses me acompañen –   con una ética que hunde sus raíces en la Verdad y al mismo tiempo y como feminista me siento comprometida con mis congéneres. Una de las ironías de esta, mi conciencia feminista es que muchas veces no hay manera de decir la verdad sobre las mujeres sin que, en cierto modo parezca que soy una troglodita anti-feminista.

Me pasa a menudo con la Literatura, la Pintura o la Música creadas por las mujeres. Cuando me parece intragable, me parece intragable y no encuentro excusas que valgan por muy mujeres que sean. Estoy de acuerdo con que la definición de calidad artística ha venido dictada siempre por lo que los hombres consideran que es ”calidad artística”. Pero como ya les hemos pillado con el carrito de los helados esto ya no nos desconcierta. Pero si cuando estudiamos la Literatura, la Pintura o la Música creada por las mujeres no decimos que hay defectos – cuando los haya– estaríamos aplicando por nuestra cuenta una medida doble, procurando disimular sus faltas, protegiendo a las autoras como si ellas y sus obras no fuesen capaces de soportar la honradez ni la verdad y, en cambio, aceptaran sin rechistar la condescendencia, ese tono inconscientemente paternalista que trata nuestras obras, nuestros libros como una especie de subgénero de la literatura al margen de la corriente general igual que si estuvieran diciendo: atención- estas-pobres-mujeres-perseveran-y-nosotros-debemos-intentar-comprender-lo-que-quieren-decir-sea-esto-lo-que-fuere.

Me pasa también con todo lo que se refiere a la defensa de nuestros derechos. Ni un paso atrás, que quede claro. Pero de ahí a creer que tenemos derecho a “cualquier cosa” hay un océano. (Y esto va por el paraguazo al señor profesor)

En realidad, siempre creí ser lo bastante despierta como para saber que nada de lo que escribo afecta significativamente a todo este asunto. Sin embargo y, a pesar de esto, me preocupo. Soy escritora. Soy feminista. Cuando de vez en cuando consigo sobreponerme a mi natural radicalismo para llegar hasta la verdad, me siento un poco mejor. Claro que luego…. empiezo a preocuparme mucho más.

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