Qué más da que fueran 45.000 los asistentes a la manifestación del día 10 de febrero, como dice la Delegación del Gobierno en Madrid, o si eran los 200.000 que los organizadores dicen que contaron. ¡Qué más da! Al margen de los números, cuyo cálculo oficial nunca ha gustado a los convocantes de manifestaciones, lo importante que sucedió el día 10 de febrero en la Plaza de Colón fueron los discursos cargados de falsedades y, velis nolis, la fotografía que se hicieron los organizadores al final del acto: la derecha, muy derecha, junta, mirada al frente y sin complejos. Un Pablo Casado ejerciendo de anfitrión, en el centro, con mirada alta, camisa azul y corbata, como mandan los cánones, abriendo a Vox la puerta de una representación que todavía no tiene, con un Santiago Abascal despechugado, sacando músculo, con la actitud de un “¡aquí estoy!”, aunque el derecho propio se lo hayan dado sus otros dos acompañantes, Casado y Rivera; éste supuestamente incómodo, pero feliz de posar en la foto de familia; como en Andalucía, con un “no pero sí”, que no saluda en público a quien defiende dar pasos hacia atrás en derechos y libertades pero que le sirve de apoyo en el gobierno andaluz, aunque represente la herencia más pura del franquismo.

Esta fotografía es la expresión de las mil palabras falsas, que pronunciaron los periodistas emisarios del Trío de Colón contra el presidente del gobierno que echó a Rajoy de La Moncloa mediante una medida, tan legítima como prevista en la Constitución, como es la moción de censura, y que para los convocantes es un okupa y un presidente ilegítimo. En la plaza de Colón estaban los “españoles de bien”, según ellos. Les faltó condenar a todos los demás, a los ausentes, al infierno de los “españoles del mal” y cantar el “Cara al sol”. Los tres estaban en la posición adecuada para hacerlo: cabeza erguida, mirando hacia lo alto, hacia donde vuelan las aves y por donde discurre el paso del astro rey. En la fotografía, el sol está en su mirada, complacida con una concurrencia que quiso adueñarse de una bandera que pertenece a todos los españoles, pero que quieren retener como propia. En la plaza de Colón vimos a unos políticos nuevos, jóvenes, subidos al caballo de la política más antigua y de sus maneras más viejas y despreciables: las del populismo; no hay más que recordar el discurso de los periodistas adeptos o simpatizantes -qué más da- y las declaraciones del Trío de Colón. Casado atraído por Vox y por los cantos de sirena de FAES, y Rivera descolocado -o quizá no-. Y es que España tiene muchos problemas y muy graves que, según ellos, se resuelven con unas elecciones generales que están seguros de que el Trío ganará, que les permitirá gobernar en comandita, resolver el problema del independentismo con un 155 o, si me apuran -ahí está Vox- suprimiendo las autonomías. ¡Como si el independentismo se curara con la cirugía del 155! ¡Como si los problemas políticos se resolvieran con planteamientos jurídicos y sentencias judiciales! ¡Como si los problemas de España se resolvieran dando la espalda a la realidad y a su propia historia! La inacción-acción de Rajoy elevó el independentismo en Cataluña del 18 al 47 por cien. ¿Cuáles serían las consecuencias de la aplicación, seguramente inconstitucional en las circunstancias actuales, del artículo 155 en Cataluña? ¿Restaría o sumaría todavía más catalanes a la vía independentista? ¿Nos pondría al borde de un enfrentamiento civil? ¿Qué consecuencias traerá el oxígeno que el Partido Popular y Ciudadanos están dando a Vox?

De unos políticos jóvenes cabría esperar que profundizaran la democracia liberal y no la política de las emociones y la revancha: dígase, por cultivar la esencia de ella: la huida de los extremismos y por el ejercicio del diálogo. Si algo distingue a la democracia es la capacidad para la inclusión: en ella cabemos todos, siempre y cuando se tiendan puentes entre las orillas y se transite por ellos mediante el diálogo y el pacto. Es lo que Jürgen Habermas llamaba la “democracia deliberativa”: una forma política que, más allá de liberalismos y republicanismos, tiene como objetivo la construcción racional, reflexiva y autónoma del mundo que habitamos los humanos. La fotografía del Trío de Colón es la de una democracia en peligro. ¿Por qué, en lugar de practicar lo que Maquiavelo denunciaba en El Príncipe, estos políticos jóvenes no siguen los pasos de los análisis de Sartori, Bobbio o Appel?

PP y Ciudadanos quisieron que el acto del día 10 fuera un referéndum contra Pedro Sánchez, pero esta concentración no se acercó, en cuanto al número de participantes, a las concentraciones lideradas por los obispos españoles contra el presidente Rodríguez Zapatero, a las convocadas por los independentistas del procés en las Diadas últimas, ni a las manifestaciones últimas del Día del Orgullo Gay en Madrid. En la fotografía de la Plaza de Colón estaba la derecha unida, incapaz de encontrar a una figura relevante, a un intelectual, a un científico, a un artista, a alguien de prestigio reconocido y universalmente respetado que redactara y leyera un texto de apoyo a la iniciativa del Trío de Colón. Seguramente fue un fracaso. Pero, ante todo y más que esto, la manifestación del 10 de febrero fue la expresión clara del retroceso que sufre la democracia en España.

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