La providencia me ha regalado una ocupación alimenticia diaria maravillosa.

Soy trabajadora social en un servicio de teleasistencia.

Este empleo obliga a dos cosas: un trabajo administrativo -en ocasiones apabullante y tedioso- y un contacto directo -muy reconfortante en la mayor parte de los casos- con los usuarios a lo largo de la semana.

Hay días en que una llega a casa y piensa: pagaría por hacer esto.

Hoy ha sido uno de esos días.

Mi alma -como la de todos ustedes- es compleja. A ello hay que agregarle que yo tengo un alma de filósofa… de acuerdo, no soy ni Mary Wollstonecraft ni Hiparquía de Alejandría, mi ideario es más bien una cosa naíf y buen rollista, pero albergo unos cuantos saberes fundamentales.

Por cuestiones biográficas que no vienen al caso, la muerte ha planeado cerca de servidora. Esto me ha regalado un vestido de carpe diem con el que me paseo gustosa por cada amanecer. La “bola extra” ha sido un privilegio que exprimo al máximo, ya digo.

Pues bien, en mi trabajo estoy acostumbrada a contactar con personas que quizá no vuelva a ver más. No hay tragedia, es la edad que apremia, son ancianos que en el último tramo de su existencia necesitan un apoyo, un sustento que aporte seguridad en su entorno, la certeza de que si algo les sucede en soledad alguien velará por ellos. Y ahí es donde entramos nosotros. Ellos se acostumbran a llevar una medallita con la que -como si fuese la Virgen del Carmen- pueden llamar en situación de riesgo, caída o cualquier incidencia imprevista que ponga en peligro su vida.

El caso es que hoy he tenido que ir a retirar un equipo de teleasistencia a un domicilio en “el más allá” de nuestra provincia, para mí esto es Tierra de Campos, lo digo con total respeto. Me fascina la quietud de la zona pero… está lejos. Allí me he reencontrado con una anciana a la que visité 2 años atrás. La he recordado vivamente porque me recitó de cabo a rabo una retahíla que –según contó- formulaban en su colegio a modo de bienvenida a la maestra. Estaba ya perdiendo la memoria, aquello era sólo una muestra de que los recuerdos de la infancia se anclan vivamente en los cerebros canosos.

El caso es que ella, majísima, estaba sentada en su orejero con su librito de novenas -igualito que en nuestro primer encuentro- muy tranquila, y yo le he dicho que me acordaba perfectamente de que le gustaba rezar y ella, después de dedicarme una mirada transparente, ha empezado a verbalizar una sentida oración. Su hijo - incapaz de captar la belleza y profundidad del momento- ha espetado: “Tú te lo has buscado, por sacar el tema…” como queriendo hacer una gracia, totalmente ignorada desde mi atención plena en las intensas palabras de su madre. Ella ha concluido con un amén que he secundado y, después, le he agradecido que rezase para mí.

Probablemente alguien se estará revolviendo al leer esto, pero es que pienso que independientemente de cúal sea tu credo, hay que saber reconocer y respetar los asuntos esenciales para el prójimo.

Esta mujer proviene de un mundo desaparecido, de recoger lentejas en el campo y jugar sin juguetes, de cielos castellanos inmensos y jornadas laborales interminables.

Su familia ha respetado la voluntad de permanecer en su pueblo de origen, en su universo, lo máximo. Ahora ya no se puede. Ni con la mejor teleasistencia del mundo podría estar sola. La edad apremia, les decía. En enero, tras las últimas navidades en su “hábitat”, ingresará en una residencia.

Ahora entenderán cuándo les decía que ya no volveré a verla. Es una certeza.

Por ello, he vivenciado al máximo ese instante mágico de encuentro de una vida venerable con mi vida de filósofa pequeñita. Así, he experimentado una sensación similar a cuando viajamos, momento en el que sí somos capaces de estar en el aquí y en el ahora y establecer un contacto genuino con los seres que encontramos en nuestro periplo.

Como ven, no hace falta irse a Katmandú para sentir la magia.

La magia se encuentra en esa lumbre, esa gloria que se enroja para que una entrañable mujer castellana no pierda sus raíces.

Conduciendo de regreso a la capi, me he sentido reconfortada, como si este día, el último del año 2018, alguien hubiese decidido guardar un regalo para mí.

¡Si es que al final va a tener razón mi buen amigo Andrés cuando me dice que soy una believer!

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