Salí hacia la luz del sol, reencontrándome con mi sombra

El ruido y la furia. Willian Faulkner

 

El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo el amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma.

Aldous Huxley

 

Caminaba distraído, errabundo y sorprendido ante la agilidad de mis pasos, cuando decidí orientar mi caminar en dirección a mi casa,   más allá de las riberas que aún a día de hoy se alzan selváticas junto al río Pisuerga. A la altura de una de esas calles, que con sus nombres planetarios se amansan las unas sobre las otras, me encontré casualmente con mi amiga Nazaret, la besé y enfoqué mi mirada de cordero solitario contra sus ojos, advertí en ellos un reflejo de fuego fatuo, como de brasas de carbón, los rasgos de su rostro más angulosos y retraídos que de costumbre, algo la debía ocurrir, - pensé-, me pareció que en su interior se estaba librando una lucha sin cuartel, y que la afligía enormemente.

Tras unos breves minutos, determinamos ir juntos a tomar el café del reencuentro, la insté a que soltara lastre y me contara lo que con tanto dolor guardaba en su intimidad. Muy vívidamente, trató de explicarme las causas de su aflicción, la escuché con todo el amor del que fui capaz, reverencialmente, y ella continuó relatando, historiando la ruptura sentimental que unas horas antes había sufrido en primera persona. Su voz empezó a quebrarse, y le sugerí que guardáramos unos minutos de silencio, que tomara aire y prosiguiera un rato más tarde, en realidad ya me había contado el grueso de la historia, y asimismo, le había manifestado que mi diagnóstico al respecto del incidente, coincidía en gran medida con el suyo.

A partir de ese momento, me pareció que respiraba más tranquila, cuando el dolor psíquico de verbaliza, se asemeja al vómito que sigue a la náusea, el alivio que se siente en esos momentos es capaz de devolvernos el gusto por la vida, yo lo sabía, ya que siempre me he mantenido como un ávido lector de los escritos de intelectuales como Freud, que sondearon las profundidades de la psique humana en busca de la incógnita que supone la vida de los hombres.

Te diré una cosa Nazaret- (proseguimos la conversación)-, hay muchos momentos en que me detengo a pensar en por qué nos ocurren determinadas cosas, te digo esto, porque a mí también me acontecen cosas incomprensibles, muy irracionales, y casi todas tienen que ver con el absurdo comportamiento de unas personas para con otras.

Hay días en que pienso, que todo el mundo adopta el rol de víctima, de cara a la galería por supuesto, pero que en el fondo de sus corazones anida su verdadero deseo, el de ser verdugos, y no escatiman esfuerzos en tratar de conseguirlo. Me aterran mis propios pensamientos, ya que me parece haber encontrado a esos verdugos, en todas las instancias, en cualquier lugar y entre cualquier grupo o comunidad humana que se precie de serlo, los he encontrado entre los directivos de una empresa, entre los miembros de un partido o sindicato, entre los ateos, en las iglesias, entre los hombres, entre las mujeres, en el seno de una escuela de primaria o entre los beneméritos catedráticos de universidad, incluso en el propio cogollo de las familias. Estos pensamientos me acongojan, de la misma manera que los personajes de “ Matar a un ruiseñor” se sentían acongojados por su propia condición y la de aquellos que les rodeaban en el discurrir de sus vidas.

-¿Matar a un ruiseñor?, -preguntó Nazaret con aire de intriga-.

-¿Bonito título verdad?, a veces llego a creer que hay personas destinadas a matar ruiseñores, es decir, a destruir lo bello, lo moral, lo íntegro que aún permanezca como ínsula y como señal de justicia poética en este nuestro afligido mundo. Sí, verás,- contesté-, se trata del tema sobre el que pretendo escribir próximamente, es una novela de principios de los años 60 que yo calificaría, dado su contenido, de gótica. Su autora, Harper Lee, habría vivido en persona unos hechos similares a los que aparecen en su novela, por ese motivo los plasmó negro sobre blanco, para poder exorcizar sus propios demonios, los que algunas personas experimentan durante su infancia.

En aquellos instantes en los que me empeño en reflexionar sobre este particular, acabo por concluir que yo también escribo en un afán de espantar lo más lejos posible, los demonios que se pegaron a mis espaldas.

-Es una bonita forma de dar explicación a la literatura universal,- comentó Nazaret visiblemente emocionada-.

-Sí, así es,- contesté en tono de absoluto convencimiento -, desde Homero hasta Dostoiewski la literatura ha sido el arte de poder golpear a los fantasmas que nos atormentan, y de eso, todos tenemos en abundancia.

Al despedirse de mí, observé como Nazaret se iba alejando en dirección a ese puentecillo, que solidificado de evocaciones del pasado se sostiene sobre las aguas del canal, se mantenía sobre el firme aplacada por un dolor que sólo ella conocía, y en ese instante recordé los versos que un día la dedicara:

“De frente, abierta a los lados confusos del mundo,

Sostienes entre tus manos un aire sin guarida que te proteja.

El estigma de tu belleza, redirige la orientación del viento y lo consume en un siquiera, en un ausente, en una palabra sentida y rematada de una luz originaria.

Quién te ha creado, de qué lugar han surgido la energía y la flema, la materia y el flujo que te habitan inermes.”

Cuando hubo finalizado el casual encuentro con Nazaret, es cuando inicié la transcripción al papel del texto que previamente, y durante las últimas horas, había concebido en mi cabeza.

 

Es un pueblo imaginario inserto en un pequeño condado del sur de los Estados Unidos. Una población temerosa y desconfiada con el mundo exterior, habitada por razas extremas, poseída de destrucción maniática y donde la medular de las personas que lo pueblan, es un invisible manto de espíritus mortecinos, una desesperanza coagulada en el tiempo, extraña e inamovible.

Harper Lee, la autora de esta novela, lo tiene claro, en ese medio, en ese lugar donde la vida se desarrolla a fuerza de pálpitos de arcada, coexisten dos tipos de seres humanos, antagonistas entre sí hasta decir basta, dos formas de posicionarse en el mundo, agónicas ambas en su esencia, pero situadas en planos vitales no interceptados entre sí, la literal imposibilidad de que estos se encuentren, provoca angustia en el lector, y más tarde, en el espectador de la película dirigida por Robert Mulligan.

Hablamos de dos planos, de dos dimensiones, en las cuales se dirimen y consumen los avatares vitales de los personajes que van apareciendo a lo largo de la narración sureña, que no sudista, de Harper Lee. Muy hábilmente a mi parecer, la autora contrapone estas dos formas de entender la vida y la alteridad con los otros, la existencia es algo que nos hiere por igual a todos, nos provoca un peso en ocasiones difícil de soportar, hay personas que lo palían rastreando cualquier atisbo de belleza que se les pueda presentar, aún viviendo inmersos en las mismas circunstancias agonistas que los demás, se conjuran para emprender la más intrigante de las búsquedas, la de la creación, el pretender ser co-creadores junto a los dioses, en colaboración con ellos, leales al ideal estético y formal de estos.

Por el contrario, otro grupo de personas, más abundantes por desgracia, se confabulan por suavizar ese dolor existencial y su consiguiente pérdida faústica del paraíso, adoptando una actitud de contínua destructividad, se erigen en perfectos depredadores, en dilapidadores poseídos de una negra neurastenia inaccesible a cualquier diagnóstico. Harper Lee confiere a sus criaturas la posesión de la gran alegoría que posiblemente explique la vida sobre la tierra, nuestras desdichas, sombras, alucinaciones, temores y temblores consustanciales a los seres humanos. Atribuye a sus personajes la rabia y la angustia, el sopor infernal propio de los que destruyen y la bondad insondable, pero temerosa y llena de dudas, de los que crean y convierten la belleza en una fe.

Scout Finch y su hermano Jem, los hijos del abogado viudo al que ambos se dirigen familiarmente con el nombre de Atticus, deshojan entre los dos constantes peripecias, arrastran sus siluetas recorriendo cada marciano rincón del pueblo de Maycomb.

La vida discurre allí con lento acontecer, y un hecho destaca sobre el resto, y es la fascinación y el terror que los niños sienten por la figura de Boo Radley, un enigmático y huraño vecino que nunca se deja ver y al que atribuyen todo tipo de misantropías y maléficas intenciones, es el cordero expiatorio de la localidad, sobre sus espaldas recaen todos los pecados del mundo y de más allá de sus lindes.

Otra de las cuestiones sobre las que pivota la novela, y por tanto de igual forma la película de Robert Mulligan, es la apabullante segregación racial, creando un clima social que al igual que el gas Zyklón, va construyendo una asfixia colectiva con muy difícil escapatoria.

Tanto Harper Lee como Mulligan, retratan a la perfección ese ambiente cargado, asmático y plúmbeo, las flácidas y obstruídas conciencias que lo mantienen y alimentan.

A pesar de todo, Lee mantiene una mirada compasiva sobre todos y cada uno de los personajes que desfilan en la novela, y es capaz de transmitirnos que en medio de ese manto opresivo, en medio de la pobreza de espíritu de los habitantes de Maycomb, es posible encontrar a seres de indubitable pureza e inocencia, como es el caso de Scout Finch, su hermano Jem y Boo Radley, que sorprende a todos y cuya mala fama no se corresponde para nada con su verdadera esencia.

Todo el mundo debería leer esta breve novela, y de continuo, visionar la película de Mulligan.

Conozco a personas que se niegan a leer este tipo de libros, o sentarse a ver determinadas formas fílmicas, ya sea porque son en blanco y negro, con subtítulos, o simplemente porque les parecen antiguallas trasnochadas. Gran error a mi parecer, la vulgaridad conlleva pobreza cultural, a su vez esta conlleva pobreza espiritual, que remata finalmente en una pobreza moral.

En “ Matar a un ruiseñor”, Harper Lee induce al lector a la reflexión, nos invita a considerar a alguno de sus personajes como seres que estuvieran alojados en una realidad aparte, en otro lugar, en la sustancia de los sueños creados por ellos mismos, y estos, desde ese otro lugar, desde esa otra parte de lo existente, contemplan perplejos el mundo hostil y violento que les envuelve casi sin redención posible.

El bien, la bondad, la dulzura, se nos aparecen como resistencias heroicas, desembocando a su vez en una némesis absoluta.

Es muy posible que nuestra única posibilidad de salvación pase por recuperar esa mirada compasiva sobre la totalidad de lo existente.

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