A nadie se le escapa que nada fue igual en Europa y en el mundo tras el 14 de julio de 1789, fecha del asalto a la Bastilla, símbolo del absolutismo monárquico, desde donde los cañones apuntaban a los barrios obreros de París. Nada ha sido igual en el mundo tras inventos de la importancia de la imprenta (1450), de la publicación de la obra de Copérnico De Revolutionibus orbium coelestium, libri sex (1543), de la condena de Galileo y de aquel “eppur si muove” -y, sin embargo, se mueve- (1633). Ya en el siglo XX, nada ha sido igual tras la última huelga de hambre de Mahatma Gandhi el 30 de enero de 1948, la negativa de Rose Lee Parks a ceder el asiento a un hombre blanco el 1 de diciembre de 1955, las manifestaciones de personas de piel negra lideradas por Martin Luther King y tras aquel “I have a dream” -tengo un sueño- (28 de agosto de 1963), tras el encarcelamiento durante 27 años de Nelson Mandela y después de su excarcelación en 1990. Hay hechos en la historia de la humanidad tan significativos y trascendentes, como los que hemos citado, que han condicionado su devenir. Por suerte, frente a muchos sucesos históricos que han marcado la historia de la humanidad en sentido negativo, muchos hechos históricos han cambiado la vida en sentido positivo. Son los positivos los que han hecho crecer los valores; los que han impulsado el lado más humano de la humanidad. El movimiento del 8 de marzo y el movimiento Me Too están entre esos hitos históricos relevantes que han contribuido al cambio de la sociedad en sentido positivo, mal que pese a Trump, al neofascismo que se extiende por Europa y el mundo, a los antifeministas o a los tres de Colón: nada es ya igual tras el 8-M. De hecho, aunque tarde, algunos partidos políticos de la derecha española, con más o menos retórica y de cara a la convocatoria electoral del 28 de abril, se han apresurado a incluir en sus programas medidas que afectan positivamente a las mujeres. Lo que cabe esperar es que estas propuestas no se queden en discurso electoral y en promesas hueras.

El movimiento feminista actual no reivindica elevar a la mujer a la categoría del hombre, ni mejorar la posición de la mujer en la sociedad. El feminismo no es un factor social unidireccional sino un movimiento social pluridireccional que, como decía Herbert Marcuse, lucha por conseguir la igualdad en todos los ámbitos de la vida, el económico, el social y el cultural, y se propone la construcción de una sociedad igualitaria, en la que quede superada la dialéctica hombre-mujer y, podríamos decir, la sociedad crezca sobre una concepción nueva del ser humano que no distinga ni discrimine a nadie por razón del sexo, situación, circunstancia o cualquier otro factor espurio o accidental, es decir, una sociedad que se fundamente en la concepción del ser humano basada en los conceptos de persona y ciudadano. El feminismo actual, pues, se identifica con la igualdad, que es uno de los valores fundamentales de la democracia. Se identifica con la igualdad, la libertad, la fraternidad, la universalización del estatus de ciudadano y la identificación del ser humano como persona. El desarrollo del movimiento feminista está marcando ya y marcará en el futuro el devenir de la democracia y la calidad de la vida democrática.

Pero ningún movimiento ha emergido, y se ha desarrollado y triunfado, sin la oposición de otras fuerzas. Al fin y al cabo, la realidad, el mundo se compone de elementos contrarios, que luchan entre sí, como el día y la noche, la paleta de colores, las dimensiones -grande o pequeño por ejemplo-, o las direcciones -derecha, izquierda, arriba o abajo-. Nada existe en la realidad sin su o sus contrarios. En el lado opuesto del feminismo y de la igualdad esencial del ser humano, entre las fuerzas que se oponen al desarrollo de esta concepción igualitaria, democrática, del feminismo se encuentran las religiones en general y las grandes religiones en particular -judaísmo, cristianismo, islamismo y budismo-, que han sobrevivido como poder durante decenas de siglos amparándose en una concepción doctrinal dogmática y discriminadora de la mujer, a la que han atado a un cuerpo y a los prejuicios que la han excluido de la consideración de persona. Mientras el sexo condicione la vida religiosa y seamos, para las iglesias, social y religiosamente hombres y mujeres, varones y hembras, la sociedad cambiará poco. La contrapartida es que las religiones perderán poder y caminarán, como ya sucede en amplios ámbitos de la sociedad, hacia su insignificancia, por más que el pensamiento mágico forme parte de nuestro acervo cultural y de la tradición. Junto a las religiones, aunque vayan de su mano, coexisten grupos sociales -e ideologías- antifeministas, que rechazan las ideas centradas en la igualdad del hombre y la mujer y consideran degradados a los hombres que defienden la igualdad de los seres humanos. Así como el sueño de Martin Luther King no excluía a los blancos sino que defendía la consideración de seres humanos para todos, blancos, negros, cobrizos, malayos, etcétera, para cualquier ser humano, y la igualdad de derechos y responsabilidades, el feminismo actual defiende la igualdad de todos, hombres y mujeres, sin distinción alguna en todos los ámbitos de la vida. Los antifeministas, amparándose en referencias religiosas y en la tradición, se oponen a que las mujeres accedan igualitariamente a la vida pública, a la reorganización de la vida privada, familiar y laboral, a que sean ellas las dueñas de su cuerpo y a la igualdad de derechos sociales y políticos. Así pues, el movimiento por la igualdad debe vencer al “masculinismo” del que hablan algunos sociólogos.

El movimiento por la igualdad nace de la necesidad que tienen las mujeres por ser reconocidas como personas y ciudadanas. Decía Charlotte Brontë en su novela Jane Eyre que “[…] las mujeres sienten lo mismo que los hombres; necesitan ejercitar sus facultades y disponer de terreno para sus esfuerzos lo mismo que sus hermanos; sufren de las restricciones demasiado rígidas, de un estancamiento demasiado absoluto, exactamente igual que sufrirían los hombres en tales circunstancias”.

La discriminación de la mujer ha creado un conflicto entre la vida misma y algo que no es la vida. Es imposible entender que quien nos da la vida y arriesga la suya dándonosla a nosotros, sus hijos, se vea condenada a ser considerada un objeto y una ciudadana de segunda.

Ha pasado el tiempo en que la sociedad se dividía entre hombres y mujeres. Hace tiempo que crece la concepción de las personas como ciudadanos. Ha pasado el tiempo en que las mujeres se veían obligadas a realizar su vida en casa, pero en público, es decir, a la vista de los miembros de la familia, y de que, como Jane Austen, escriban o realicen aquello que les gusta a escondidas, pendientes de si chirría el gozne de la puerta para esconder lo que llevan entre manos, la escritura por ejemplo de una novela, en el cesto de la ropa. Así escribió Jane Austen Orgullo y prejuicio. Ha pasado el tiempo de la vía estrecha y la protección permanente para las ciudadanas-mujeres, del segundo plano y del acompañamiento, de su función decorativa, de ser mujer-florero. El acceso a la cultura y el reconocimiento de derechos universales han supuesto un punto de no retorno en la historia, a pesar de las religiones y del peso de las tradiciones y costumbres, de tanto antifeminista como ha habido y queda a lo largo y ancho del mundo. A cuántos les duele tener que compartir en lugar de ayudar, tener que participar en lugar de cooperar. No lo olviden: por suerte, la historia corre en su contra.

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