Tienen miedo y lo saben.

Es un saber enterrado en las profundidades de sus entrañas. Un saber que les transmite la herencia. Saben que son responsables de los crímenes cometidos en su nombre y que algún día los pagarán. No se trata desde luego de un saber directamente consciente. Es más bien difuso. Dormita. A veces abre un ojo y enseguida vuelve a cerrarlo. Los ojos de los tipos como ustedes están muy cerrados. Seguramente desde los tiempos cuando Saulo se cayó del caballo y se levantó misógino, asesino, dogmático, inhumano y después, casi al punto, inventó la Conferencia Episcopal.

Ustedes tienen miedo, y lo saben. Una clase de miedo indefinible. Es, digámoslo de una vez, el malestar de la curia. La cabeza lo reprime, pero ese asqueroso corazón suyo palpita agitado. Reconoce en los rostros de toda persona que no pertenezca a su iglesia, en la fábrica, en la escuela, en la calle, a un sobreviviente de su empresa colonial y, al mismo tiempo, descubre en ellos la posibilidad de una venganza. Es por eso que tienen miedo. Desesperados, cada vez más desesperados, porque a estas alturas se les han terminado los recursos.

Ustedes tienen miedo sí, pero mantienen su comodidad y además, siguen cagándola. Se meten en nuestras camas y le dicen a una (o a uno) con quien no puede follar; se meten en las enfermerías y le prohíben a una (o a uno) acabar cuando le venga en gana; Se meten en nuestros vientres y nos dicen cuando sí o cuando no tenemos que parir; se meten entre nuestros niños y los abusan sin recato; se meten en nuestros bolsillos y nos roban.  Ahí, precisamente, radica su dilema. Ustedes no quieren renunciar a la infinidad de privilegios acordados por otros poderes tan corruptos como el suyo.  Privilegios materiales, estatutarios, institucionales, políticos y simbólicos de los que disfrutan, dicen, por concesión del Altísimo pero que no son nada comparados con el don más precioso, el de la vida. Un valor incalculable. La vida en cualquiera de sus formas, a duras penas, a rastras, con heridas, dolorida … está protegida por su moral, sus leyes, sus armas y por eso, la muerte preferida es una fatalidad que hiere su narcisismo.

Ustedes tienen miedo. Y cuando contemplan el mundo, deploran que no sea más como antes, como cuando se los inventaron. Cuando los tipos como ustedes reconocían al vuelo, ya desde antes de mirar, quien era de los “suyos” y quién no. Ustedes, que repudian ser situados de modo que se desvele su culpabilidad y se torne vulnerable su inmunidad, que repudian ser nombrados (por eso no más  no se les nombro). Ustedes, sí, tienen miedo. Atacados por todas partes, suscitando odios en los cuatro puntos cardinales del planeta, arrinconados para que justifiquen sus conquistas, sus acciones depredadoras, socavados por resistencias multiformes, confrontados con su fealdad intrínseca y con lo que ustedes consideran el paroxismo de la locura –el descreimiento – ustedes, sí, han tenido que atrincherarse en las catacumbas y dotarse de un aparato político-ideológico que les asegure la supervivencia o, al menos, la inmunidad. O ¿Es que acaso no tienen nada que ver con ustedes esos patéticos nuevos cruzados de las esencias patrias?

Oh, sí, los tipos como ustedes tienen miedo pero ¿qué quieren que les diga? Hacen bien.    

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