Amo a los hombres. Amo a las mujeres. He amado a algunos hombres y a algunas mujeres. No guardo rencor a ninguna de mis ex parejas. Ni siquiera cuando no he sido la única. A pesar de cuernos, sinsabores y otras artes marciales, he amado a cada unos de ellos, de ellas.

No, no se vayan a pensar que asisten a un relato de mi vida afectiva. No. Pero podría serlo.

Considero que cada relación es un ensayo general perfecto para la siguiente “obra” que protagonizaremos. La ruptura -cuando el amor se agota- es una oportunidad estupenda de cambio. Es dura, pero el dolor, el desconcierto, traen consigo crecimiento personal buenérrimo.

No hay que permanecer en el barco a toda costa. No. Defender algo sólido y esencial es la tormenta, sí, pero convertirse en dos náufragos asidos por la hipoteca, no. Eso no.

Hay personas que vivencian el amor de esta manera. Respetable. Llevo años advirtiendo mucha pareja que continúa unida bajo el síndrome 'The show must go on'.

Te quiero pero ya no me pones. Me cuesta cada día más la cuesta de lo cotidiano, pero si considero lo que supondría deshacer el lío familio-económico que nos hemos marcado en los últimos tiempos, me entra urticaria sólo de pensarlo y prefiero quedarme como estoy. Es lo mejor para los niños. Si total… el amor es así, y con todos me va a pasar igual, la fuente se seca y blablablá…

Entonces protagonizo una muerte en vida. Elegida y bien consciente.

El pasado 8M -otro más- se escribirá bien grande en los libros de historia, y en mi propia historia particular será recordado como el día que mi amiga dijo basta.

“Le quiero, pero ya no puedo más”. Esta información fue revelada mientras caminábamos en la manifa, flanqueadas por nuestros hijos, sendos varones, y se teñía de violeta el almagre de la Plaza Mayor. Me lo dijo al oído y nos abrazamos. Alta intensidad.

A veces pasa que una tira mucho del carro y se implica una barbaridad y rema a lo bestia, pero llega un momento en que la ausencia del trabajo personal se manifiesta nítidamente como un DNI, personal e intransferible.

Las mujeres nos agotamos de 'Peters Pans', de excusas, de dejadez, de “yo soy así”, de promesas rotas a la colada siguiente.

¿Saben lo que sucede? Como sociedad hemos llegado a un punto de mercantilización del amor. Este modus vivendi que padecemos de compra, venta, valores en alza y números pobres que no cuentan para nada, también tenía una trampa preparada para contaminar los sentimientos.

Si imaginamos un viajecito al Neolítico, podremos comprobar que cuando la humanidad se asienta y comienza a generarse la propiedad privada, empieza “La fiesta”. La fiesta de tú eres mía y punto. Porque estas tierras serán las tierras de mis hijos, de ningún otro que no lleve mi sangre… ni mi preciado esperma. La fiesta de si no estamos juntos hay que dividir el imperio, y aunque el imperio sea un piso en Móstoles y un Megane, escuece. La fiesta de tienes que follarme una vez al mes, te guste o no. La fiesta de esto es un contrato y, si no lo cumples, te sanciono, en forma de penalización económica o martirio de las más maneras más diversas, físicas, psicológicas… elige tu propia aventura. La fiesta de serás una buena cuidadora en la vejez y yo a cambio compro tu dedicación de geisha con cajas de maquillaje y tacones cercanos a mi falo. La fiesta de vamos a permanecer unidos porque nos acojona el vacío, no sea que haya algo bueno ahí fuera y nos lo encontremos. La fiesta de soy un puto desastre doméstico porque el mundoooo me ha hecho asiiiií. La fiesta de recógeme los calzoncillos sucios del suelo que yo te llevaré a esquiar todos los inviernos. La fiesta. ¡Menuda fiesta!.

Si no nos percatamos de todo esto, quizá sea porque somos un poco yonkie-masokis como la pobre Amy, que ante la idea de una más que necesaria claudicación, y la consiguiente rehabilitación, se empeñaba en mirar a cámara declarando que: “No, no, no…” Hay que mirárselo esto…

Hay que mirárselo y un uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho eme decir: ¡basta!!!

En cuestiones referentes a cortar por lo sano, nuestra trovadora patria, María Jiménez, demostró más inteligencia emocional que la sufrida londinense cuando cantó aquello de 'Se acabooooó. (…) Y ahora ya mi mundo es otro'.

Mi penúltima revelación es esta: Quizá sea la hora de vivir sin calvario. A ello.

No hay comentarios