En el estudio de la literatura relacionada con mi trabajo, me di cuenta de la gran importancia universal de la experiencia visionaria. Desempeña un papel dominante, no sólo en el misticismo y la historia de la religión, sino también en el proceso creativo en el arte, la literatura y la ciencia. Investigaciones más recientes han demostrado que muchas personas también tienen experiencias visionarias en la vida cotidiana, aunque la mayoría de nosotros no podemos reconocer su significado y valor. Las experiencias místicas, como las que marcaron mi infancia están, al parecer, lejos de ser infrecuentes.

Albert Hofmann

Cuando se revela a sí mismo,
Brahma descubre lo invisible.
Como el grano está en la planta,
como la sombra en el árbol,
como el espacio en el cielo,
como infinidad de formas están en el espacio,
así, desde el más allá del Infinito, el Infinito viene,
y el Infinito se prolonga en lo finito.

Kabir

A mis amigas las Carmelitas de Valladolid, porque en lo que ellas llaman el mundo, solo me encuentro con actitudes insultantes, despectivas, donde se maneja moneda falsa y se nos aboca a sufrir un sistema que es una fábrica de infelicidad y de obscenas desigualdades. En cambio, ellas siempre me recibieron con una sonrisa, considerándome como a un ser humano. Entre sus hábitos albergan una verdad, no sé qué tipo de verdad, pero una verdad.

 

Permanecía inmóvil, contemplando el sosiego de la naturaleza a través de las ventanas de mi casa, cuando, en un chasquido de tiempo inasible recordé lo que le había ocurrido al gran escritor y místico Ramón Llull.

Estaba muy enamorado de una muchacha, y por esto mismo, la buscaba incansable y denodadamente, se hacía el encontradizo intentando mostrarle a toda costa sus nobles sentimientos.

Al fin, y tras un período de implacable ansiedad, consiguió que ella mostrara algún interés, hasta conseguir plenamente su amor.

Así, de esta manera y en el transcurso de los meses, llegó el día más importante, clave y esencial en la vida de Llul, esa jornada en la que su amada se estaba desvistiendo ante él por primera vez, la emoción le embargaba, ansiaba tanto acariciar su desnudez, culminar su amor, atravesar el ámbito más sagrado entre dos seres humanos, el cegador resplandor de la sexualidad sublimada, y al mismo tiempo carne de nuestra carne, caja de las esencias y las semillas del bien que puedan existir en este nuestro mundo.

Pero todo esto se detuvo, se arruinó de forma brusca, cuando Llull pudo observar estupefacto, incrédulo hasta las honduras de su ser, el horror que se mostraba a sus ojos, un tumor había carcomido una buena parte de los pechos de su amada.

Sobraría aclarar, qué durante un largo tiempo, su vida se debatió a caballo entre la depresión y un profundo desconcierto, no alcanzaba a entender nada, los cimientos de lo que había sido su vida hasta ese momento, se desmoronaron y colapsaron, anunciándole y provocando lo qué en un futuro no muy lejano, habrían de ser sus deliberaciones y místicas meditaciones.

¿Y por qué asaltaron mis pensamientos tales sucesos, y que por otra parte, habrían acontecido tantos siglos atrás?. -El tiempo, aunque de siglos se trate, es tan esponjoso que se mofa en demasía de nosotros, se burla de nuestras cuentas, es incomparablemente el concepto más relativo y escurridizo de nuestras vidas,-ya que en seguida me apercibí que yo mismo, semanas atrás, había vivido en propias carnes un acontecimiento misteriosamente paralelo al que en su momento experimentara Ramón Llull.

Conocí a una mujer, su semblante era tan bello como inquietante, de vasta cultura y ojos que penetran. Después de un tiempo creí haberme enamorado de ella, hasta qué en uno de esos días nefastos, ella, sin mediar problema alguno de por medio, comenzó a tener un comportamiento muy extraño. Mientras paseábamos, en un momento dado y de forma abrupta, se detenía en seco, se le demudaba el rostro, sus facciones se enfurecían en extremo, algo maligno cruzaba por su mente y prorrumpía en grandes y disparatados reproches, insultos, acusaciones e insinuaciones kafkianas contra mi persona; de esa guisa podía llegar a permanecer hasta dos horas, hasta que lentamente su furia se iba calmando.

Alternaba estados de ánimo muy distintos entre sí, en apenas dos, tres o cuatro horas, minusvalorándome y denostándome, percibiéndome desde su perturbada mirada como la última escoria del mundo.

Ahora mismo, me hago cargo, - se estarán preguntando qué demonios pretendo contándoles estas historias, y que tiene que ver igualmente, con Teresa de Jesús-, este paralelismo entre lo vivido por Ramón Llull, y por otra parte, lo experimentado por un servidor. Pues bien, es muy sencillo, lo que intento en primer lugar, es hacerles ver que la vida es un misterio, un espacio plagado de universos paralelos y que nadie, ninguno de nosotros, posee la llave que los pueda abrir. En segundo lugar, lo que pretendo es que ustedes se den cuenta de que el arrobo místico no tiene nada ver, en absoluto nada que ver con la locura, o con la perturbación mental si prefieren llamarle así.

A lo largo de mi vida, he tenido la oportunidad de encontrarme a varias personas que padecían algún tipo de enfermedad mental, y les aseguro, que antes o después, estas personas manifiestan una más que incontrovertible inclinación al mal, una irrefrenable decantación hacia la destrucción, ya sea su propia destrucción o la destrucción del entorno más cercano. Siento ser tan políticamente incorrecto, pero este es un hecho objetivo y ampliamente experimentado y yo creo que no hay posible controversia al respecto.

Entre la locura y el éxtasis místico, hay una diferencia por tanto, sustancial, en nada se asemejan salvo en ciertas apariencias, unos son destructivos y consumadores del mal, mientras otros, los místicos, manifiestan una clara inclinación al bien, a la generación de nuevos mundos y sustancias, de ecosistemas de vida espiritual, donde el goce y la unión con el todo representa para ellos, lo esencial.

Santa Teresa.

En cuantas ocasiones hemos tenido que soportar chismorreos calumniadores y sin base alguna contra personas como Teresa de Jesús y los místicos en general, pero a día de hoy, estaríamos en condiciones de demostrar la falsedad de tales afirmaciones tendenciosas.

Unos días más tarde 

Serían las dos de la madrugada, y caminaba azarosamente por entre las sombras que se entretejen en torno a una ciudad en esas horas. En la desoladora madrugada caminé hasta alcanzar un estado de semi inconsciencia y que me iba sumiendo paulatinamente en el recuerdo de una ya lejana noche.

Una noche que viví postrado en la cama, y con dolores que seguramente estarían provocados por una otitis aguda. Siempre me planteé la misma pregunta, y es si el dolor puede llegar a ser un camino, un tránsito hacia algún tipo de conocimiento, un vehículo que te transporte y te dirija en la dirección de un anómalo amanecer, un despertar tumultuoso de los sentidos que cotidianamente yacen atolondrados y sin ser capaces de percibir cualesquiera otras realidades que sin el dolor se nos escapan en un fluir cómodo, pero demasiado insensato.

Continuo sin encontrar una respuesta clara a esta y a otras muchas preguntas, pero sí que es cierto que en medio del dolor físico o emocional he creído intuir una forma de luminaria interior, qué avanzando clandestinamente, paso a paso, se iba abriendo camino en eso que algunos llaman la conciencia primitiva o reptiliana.

En el transcurso de esa noche, atacado por la otitis, por un dolor pendenciero y por la desazón que este produce, lejos de desesperarme, me sentí reconfortado por la presencia casi continua de mamá y que con denodadas ansias intentaba consolarme de las más diversas formas.

Solía pasarse las horas muertas contándome historias, a cada cual más disparatada e imposible de dar crédito, aun así, en su forma de relatarlas anidaba una firme creencia en lo que contaba.

Una de esas inverosímiles historias, discurría allá por los lejanos inicios de nuestro esplendoroso siglo de oro, durante el cual,- y siempre según la versión de mamá-, uno de nuestros antepasados habría tenido una relación directa con la familia de Teresa de Jesús; por lo visto, parece ser que permaneció al servicio de la familia de Teresa durante algunos años, una familia medianamente adinerada y con raíces judaizantes.

Una vez hubo concluido aquella noche de otitis, dolor y abracadabrantes historias, tomé conciencia de como la mano de una madre puede llegar a ser el bálsamo más apreciado por cualquier persona y a partir de ese mismo día, es cuando emprendí la búsqueda inaplazable del espíritu de Teresa de Jesús.

Ávila, unos meses más tarde

Al caer la tarde de un bochornoso agosto, me encontraba observando expectante esa gigantesca espadaña que se yergue como vigía metafísico por encima de las murallas, la quietud de las nubes se entremezclaba con la brisa serrana y unos ecos del pasado empeñados en gritar que por allí habían caminado los más grandes místicos. Y así, en este ambiente contenido y sosegado, iba meditando sobre aquellos aspectos en los que deseaba ahondar, que quería descubrir y revelar sobre la figura de Teresa de Jesús, de sus lamentos y, de sus arrebatos y viajes infernales, de su incansable búsqueda del “eros” entre creador y criatura.

En mi agostero periplo a través de las empedradas calles de Ávila, fui haciendo acopio de los hitos biográficos que más relevantes me parecieron en la vida de Teresa.

Ve la luz del mundo en el año del Señor de 1515 y en el seno de una familia conversa, es decir, con orígenes judíos, a su abuelo Juan Sánchez, el Santo Oficio le procesó en 1485, aplicándole la humillación de vestir el sambenito durante siete viernes seguidos para que así todos sus convecinos tomarán conocimiento de su verdadera naturaleza. Esta fue la causa de que decidiera abandonar su negocio de telas en Toledo y se trasladara a Ávila con todos sus parientes.

Teresa era una niña relativamente feliz hasta que ocurrió un hecho luctuoso, su madre Beatriz de Ahumada, falleció cuando ella contaba tan solo con trece años. Esto supuso el primer guarismo de dolor en la vida de Teresa, ya que profesaba verdadera adoración por su madre, los siguientes años fueron amargos, refugiándose siempre que pudo en la lectura.

Ante los repetidos coqueteos que mantenía con unos primos de su misma edad, su padre insistió en que ingresara en las Agustinas de Gracia de Ávila, pero una repentina dolencia la obligó a regresar a casa junto con su tío, facilitándole éste lecturas espirituales durante su convalecencia.

A partir de este momento, Teresa inició la toma de conciencia de la vanidad del mundo, de lo efímero del amor humano, y de las inconsistencias que rodean la vida de los hombres. Será entonces cuando decida ingresar en el Carmelo, más concretamente, en la Encarnación, no exenta eso sí, de un gran sentimiento de angustia y agonía provocadas por su todavía fuerte apego a su padre y amigos.

Nada más tomar los votos, experimentó los primeros, extraños y perturbadores episodios de su vida religiosa: “comenzáronme a crecer los desmayos y diérome un mal de corazón tan grandísimo que ponía espanto a quien lo veía, y otros muchos males juntos, y así pasé el primer año conventual con harto mala salud”.

Al tercer año, un muy grave paroxismo la dejó inconsciente durante cuatro días, algo así como una forma de catalepsia espiritual y física, pues con los medios de la época, y durante ese tiempo, no apreciaron signos vitales. La situación llegó a tal límite que procedieron a administrarle la extremaunción, entonando credos y oraciones fúnebres, prestos al enterramiento.

Este no llegó a producirse, ya que en Teresa, y ante el asombro de todos los presentes, se materializó una recuperación espontánea, aunque lenta y penosa.

En el transcurso de su inconsciencia habría sufrido múltiples cortes en la lengua, hecha pedazos a mordiscos, y una gran flaqueza corporal que arrastraba tiempo atrás. Lo que algunos estudiosos han dado en bautizar como “anorexia sagrada”, nada tiene que ver con la anorexia nerviosa que hoy en día conocemos, porque al parecer, y entre las religiosas de aquel momento, el ayuno se contemplaba como una especie de cilicio asociado a una más pura y estrecha relación con la divinidad, y no como mantenedora de una mera estética corporal.

Otro de los sucesos sobrenaturales más incomprensible e inexplicable que le sucediera a Teresa, fue la llamada transverberación, que es la acción de traspasar a una persona de parte a parte con algún objeto punzante, aunque en términos estrictamente espirituales consiste en una experiencia mística, -Teresa habría sido traspasada por una flecha de fuego empuñada por un ángel,- otorgada a aquellos que logran una gran intimidad con Dios: “Vía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla. [...] No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman Querubines [...]. Viale en las manos un dardo de oro largo, y al fin de el hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.»

Libro de la Vida. Capítulo XXIX.

Hasta no haber cumplido los 40 años, Teresa no llega a experimentar una conversión total y que se suscitó ante la figura de un cristo llagado, una vez más un hito del dolor aparece en su camino, dolor no como experiencia sin más, sino como posible fuente de conocimiento.

Por otra parte, traba amistad con Doña Ana de Mendoza, más conocida como la Princesa de Éboli, que habiendo enviudado precozmente, cayó presa de una gran melancolía, ofreciendo a Teresa su ayuda para fundar un nuevo convento en Pastrana, a cambio de ingresar ella misma como novicia. Pero el posterior desarrollo de los acontecimientos inauguró entre ambas unas desavenencias irrestañables. La Princesa de Éboli se comportaba de manera disoluta y caprichosa, y antes las constantes quejas de las monjas que habitaban junto con ella en el convento, Teresa les ordenó que abandonaran el recinto aprovechando la oscuridad de la noche y sin previo aviso.

Esta ruptura supuso que la Éboli, y a modo de venganza, se convirtiera en una de las principales denunciantes de Teresa ante el Santo Oficio, obligándola a comparecer y siendo interrogada por este. Entre las acusaciones cabe destacar la de practicar una doctrina nueva y supersticiosa, supuestamente vinculada a los alumbrados. Finalmente, los inquisidores se dieron cuenta de que tales acusaciones eran patrañas infundadas y el proceso fue cerrado.

Esto es lo que pude descubrir, en cuanto a los acontecimientos biográficos que más reveladores me parecieron en mi recorrido espiritual por Ávila y las resonancias místicas que asoman bajo sus piedras.

En relación a su poesía, destacaría uno de los poemas más desconcertantes de la historia de la literatura española, se trata del poema “Vivo sin vivir en mí”, este es un extracto:

“Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero. Vivo ya fuera de mí, después muero de amor; porque vivo en el Señor, que me quiso para sí: cuando el corazón le di puso en él este letrero, que muero porque no muero”.

De composición octosilábica, es el oxímoron perfecto, mostrándose anhelante de su propia muerte en un constante juego de palabras y laberintos de antítesis. Ella ha descubierto a Dios como su amante, como el ser que la trasciende, con quien desea estar aunque para ello tenga que morir, nos pone en relación con lo trascendente y se ufana de rechazar cualquier contacto con lo terrenal.

En la actualidad

Me encuentro aquí, en este paraje al que llaman Rio de Olmos, en la margen izquierda del Pisuerga si se sigue su curso a favor de corriente. Es un lugar ciertamente misterioso, lleno de una maleza que a cada paso interrumpe la visión de las escasas piedras que todavía permanecen en pie. Una gran cruz blanca, revestida de una solemne autoridad, señala el sitio exacto donde estuvo el primer convento que en Valladolid fundara y habitara Teresa de Jesús. De pocos es sabido, que en este lugar la santa y literata, se confrontó con una de sus místicas visiones, y que tuvo como testigo a San Juan de la Cruz.

Ramón Llull se encontró con su piedra de dolor, y esta le condujo a una inefable búsqueda de la unión con la energía universal, con lo único que podría otorgar sentido a su sufrimiento. Yo mismo me las tuve que ver con una situación desconocida y pavorosa, pero a pesar de ello, intenté que eso me sirviera para comprender mejor el mecanismo de la vida.

Teresa de Jesús se tropezó con mojones de intenso dolor, que supo trascender, recreándolos y amoldándolos a su necesidad de absoluto. Es posible que sin pretenderlo llegará a entender que el dolor, si somos capaces de escudriñarlo y trascenderlo, puede ser el camino y la fuente de un conocimiento superior.

No hay comentarios