Valladolid, 1986. La democracia lleva poco tiempo, la FASA-Renault se instaló hace más de 30 años, cien mil personas viven separadas del centro en el lado Este de las vías y la ciudad acaba de rebasar los 300.000 habitantes, un auge poblacional cuyo pico termina en 1991. El ferrocarril divide, es una barrera social; quedan pasos a nivel, pero el PGOU de 1984 apuesta por ir cerrándolos y cavar túneles subterráneos que rápidamente son criticados por inseguros. No por nada la heroína está en su cénit y todo el mundo conoce El Poblado de La Esperanza de Pajarillos. En los años ochenta, el paso subterráneo del apeadero de la Universidad de Valladolid era un lugar inmundo.

Es en esa tesitura cuando en el 86 el Ayuntamiento, Renfe y la Dirección General de Urbanismo de la Junta de Castilla y León convocan un concurso de ideas sobre la integración del ferrocarril. ¿Soterramiento? ¡No! Para actuar en los márgenes de las vías con el fin de "afrontar la integración de estas instalaciones en la trama urbana, con la desaparición o matización de los límites, hoy rotundos, existentes". "El resultado fue extraordinariamente positivo y muy digno a pesar de la falta de recursos disponibles", recuerda un informe de 2003 la Universidad de Valladolid y la Confederación Vallisoletana de Empresarios Soterramiento del ferrocarril y transformaciones urbanísticas en Valladolid. "Se puso en evidencia con este concurso como puede minimizarse el conflicto entre el ferrocarril y la ciudad".

El soterramiento fue, en definitiva, un sueño inviable que trató de sacar adelante Francisco Javier León De la Riva a partir de 1999, hace 20 años. Un plan que nunca reunió las cifras económicas y que fue torciéndose con la crisis, hasta el punto de convertirse en un juramento desquiciado que ha llegado a comprometer el equilibrio económico municipal.
Volvamos a 1986, el año en que empezó todo. Tras el concurso, el debate sobre el soterramiento siguió instalado en la utopía. Ineco por ejemplo abordó un estudio en 1992 para averiguar el coste de tres opciones: soterrar, elevar las vías o actuar en los márgenes, con costes comprendidos entre los 8.000 y los 40.000 millones de las antiguas pesetas. Simultáneamente surge otra alternativa, la de sacar la estación al sur y dejar Campo Grande como Estación Término para eliminar el tendido férreo que queda al norte, el más problemático con diferencia.
Y atención: esto, sacar la estación de la ciudad y no soterrar, era la propuesta -revisada- que presentó poco después León de la Riva en el programa que le aupó a la alcaldía en 1995. El PP planteaba entonces suprimir las vías al norte y al sur de Campo Grande situar la nueva estación de trenes en La Cistérniga. La ciudad bullía de propuestas y ninguna pasaba por soterrar. A finales de los noventa, todo el mundo creía que la Estación de Campo Grande tenía sus días contados.

En 1995, el Colegio de Arquitectos abre otro concurso de ideas. Algunas son muy originales, como la de trasladar la Estación Central a San Isidro, donde ahora están los nuevos talleres. Entre otros arquitectos participa un tal Manuel Saravia, portavoz hoy de Valladolid Toma La Palabra. En 1997, la inefable presidenta de Renfe Mercè Sala irrumpió con un plan que consistía en poner en valor los talleres, venderlos y crear un complejo de viviendas, zonas comerciales y hoteles. También construir bajo Labradores una gran plaza subterránea con tiendas y espacios culturales. De la Riva rechazó la oferta cuando tenía que haberla estudiado seriamente: su obsesión por soterrar ya estaba presente.
Todo lo que vendrá durante los próximos 16 años corresponde a la hiperactividad de un alcalde personalista empeñado en un proyecto imposible. Hasta el punto que la única pregunta que cabe hacerse es: ¿cómo De la Riva pudo engatusar durante tanto tiempo a medios de comunicación, autoridades (Junta, Fomento) y ciudadanía con tantos cabos sueltos?

Hagamos un rápido repaso cronológico recogido en las conclusiones de la Comisión de Investigación del soterramiento: en 2000 el regidor ginecólogo vaticinaba que con el AVE “seremos 500.000 habitantes”. En 2018 por primera vez en 60 años la ciudad bajó de los 300.000 habitantes. Toma AVE.

En 2001 el ex ministro Álvarez-Cascos asegura que Fomento no pondrá dinero “pero sí terrenos”. En 2001 el presidente regional Juan Vicente Herrera, que acababa de sustituir a Juan José Lucas, asegura que la Junta “no participará”. La borrachera sigue: en 2002 De la Riva dice que “llueven las ofertas” y que el ayuntamiento no apoquinará “ni un duro”. Y pone a Cascos y a Herrera entre la espada y la pared. Finalmente, en 2003 se firmará el convenio (50% Fomento, 25% Junta CyL, 25% ayuntamiento) que dará pie al disparate más grande de la historia de Valladolid. Todo costará menos de 650 millones, según la recién nacida Sociedad Valladolid Alta Velocidad, SVAV.

De la noche a la mañana, De la Riva se convierte en profeta en su tierra. En 2004 el proyecto sube a 1.200 millones de euros. El primer director general de SVAV, Francisco Javier Molinilla, dimite harto de la opacidad de la sociedad. Al año siguiente, el Gobierno del PSOE y la Junta del PP insisten a De la Riva en que lo mejor es desviar el recorrido del AVE, pero al ex alcalde estos consejos se la traen al pairo. Al mismo tiempo, una empresa del hermano de la ex teniente de alcalde Mercedes Cantalapiedra trabaja con el arquitecto Richard Rogers por encargo de la Corporación local. Ricardo Bofill denuncia la elección de Rogers a dedo.
En 2006 se producen los primeros retrasos en los planes. El plan se calcula ya en 1.500 millones de euros, y subiendo. La respuesta a los problemas son auténticas patrañas. “Si el día que vaya a entrar en superficie el TAV no se han iniciado las obras del soterramiento el primero que se sienta en la vía para que no entre es el alcalde”, dirá De la Riva. Se anuncian visitas de Rogers que nunca se producen. El AVE llega en diciembre de 2007 en superficie, y a pesar de eso el alcalde distribuye más de 100.000 octavillas por la ciudad culpando al Gobierno de Zapatero, siempre receptivo con el soterramiento.

Las únicas críticas al proyecto las firma Javier Gutiérrez en tribunas locales: todo lo demás son loas y parabienes. El proyecto de Rogers situará a Valladolid entre las grandes ciudades europeas, recogen las agencias en 2008, cuando empieza la crisis. Se dice que la urbanización de terrenos liberados empezará en 2009, otro bulo.

En 2010 todo ya es una locura pero muy pocos lo saben. De la Riva firma dos comfort letter sin pasar por el Pleno, comprometiendo un aval de 270 millones de euros. La ensoñación del ginecólogo le lleva a acusar a la Junta de retrasar la aprobación del PGOU y a declarar que la boyante situación económica del Consistorio le “permitiría firmar mañana mismo”. El 24 de enero de 2011 el entonces director general de Adif Ricardo Bolufer afirma: “Los costes del crédito son muy altos y las condiciones impuestas muy duras”.

Pero lo peor está por llegar: desde 2004, el alcalde ha tratado de movilizar a los vecinos del Pinar de Antequera en favor del proyecto. El Gobierno duda de si soterrar el Pinar y el PSOE local se reúne en el barrio: tiene que intervenir la Policía Nacional para evitar agresiones a militantes y dirigentes. De la Riva consigue su propósito y en 2014 se inaugura el soterramiento más absurdo de España: más de 100 millones dilapidados sumando intereses para que se beneficien menos de 1.000 vecinos.

Tras la última bravata (“Hay contactos con gente que tiene cash suficiente para meterse en el soterramiento”, enero de 2011), se produce un cambio en De la Riva. “Yo ya no pongo fecha al soterramiento”, dirá en 2012. “Hemos vivido como ricos sin serlo, nos hemos endeudado y ahora somos pobres y hay que pagar lo que se debe”. La nueva ministra de Fomento, Ana Pastor, asegura públicamente que la “época de los soterramientos se ha terminado”. Antes de las municipales de 2015, que perderá por primera vez en 20 años, De la Riva airea que está en contacto con “importantes inversores extranjeros” aunque el suelo se ha devaluado casi un 50%.

Es necesario remontarse tanto en el tiempo porque urge acabar con la demagogia instada en la clase política. A diferencia de Murcia (el único soterramiento del AVE en España que tiene visos de prosperar), en Valladolid nunca existió un gran movimiento vecinal de protesta articulado en favor del soterramiento. Para empezar, porque 100.000 murcianos tienen que cruzar a diario por las vías para acceder al resto de la ciudad mientras que en nuestra ciudad ya no quedan pasos a nivel.
La desesperada situación de Murcia arrancó con cortes de vía a finales de los ochenta. Pero es que la localidad levantina tampoco empieza con una deuda de 400 millones de euros, como sucede con SVAV; Murcia tiene cero euros de deuda. Hasta 50.000 personas se manifestaron a finales de 2017 por la capital murciana.

Defensora del soterramiento, la presidenta de la Federación de Asociaciones de Vecinos Antonio Machado y vecina de La Pilarica, Margarita García, llegó al barrio en 1986. Reconoce que los vecinos nunca han salido masivamente a pedir enterrar las vías. "Por desgracia esto es Valladolid, y nunca ha habido grandes movilizaciones por el soterramiento", reconoce en conversación telefónica.

En realidad sí había protestas: la gente se movilizaba en Delicias y Pajarillos por la actuación en los bordes, por la vigilancia e iluminación de los túneles, por más inversión y oportunidades para los barrios y contra la droga. Lo que ocurre el soterramiento es una quimera del PP, no una prioridad ciudadana.

Por eso es tan importante resaltar que, si bien no se puede negar que las vías constituyen un muro socio-económico, por primera vez desde que surgió la idea (1986) se va a hacer algo por los vecinos de Valladolid. Nunca te estaremos lo suficientemente agradecidos por liderar este proceso, Manolo Saravia.

No hay opción al soterramiento: o se concibe una alternativa como la integración y adecuación de los bordes del tendido o no cabe un proyecto urbanístico financiado con plusvalías. Es lo que popularmente se conoce como pelotazo. Por eso hay que felicitarse de que Ciudadanos apueste por el sentido común y descarte de su programa por completo el soterramiento. Por eso hay que enfadarse con el candidato de Unidas Podemos, el impresentable Juanma del Olmo (un tipo que solo ha pisado dos veces Valladolid y una para presentar su libro), cuando insulta la labor del equipo de Gobierno y defiende el soterramiento junto al PP.

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