Juan Antonio Hormigón.
Juan Antonio Hormigón.

El fallecimiento de Juan Antonio Hormigón nos deja sin uno de los protagonistas y dinamizadores del teatro español más activo e indiscutible de los últimos cincuenta años. Nada menos. Aunque no fuera conocido por el gran público. Estudió medicina en Zaragoza y pronto se dedicaría al teatro, a la dirección teatral y a la docencia en la Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid (RESAD). Pero su labor incansable desde la Asociación de Directores de Escena de España (ADE), como Secretario General, deja un legado indiscutible.

Que tenía un carácter difícil y una personalidad arrolladora es poco contestable, lo que le generó no pocos alejamientos, pero también que era enormemente generoso y creaba espacios para todo el que tuviera algo que decir. Por la ADE y alrededor de la ADE, sus cursos, seminarios y congresos, así como por la Revista ADE Teatro pasaron durante más de treinta años todos los más relevantes de nuestro teatro en cada momento sin excepción.

Desconfiaba de las mistificaciones manidas del mundo teatral, como el sectarismo acrítico y excluyente de sólo considerar a la “gente del teatro”; así como de la pereza mental e intelectual de los críticos teatrales convencionales, el lenguaje vacuo de expresiones “muletillas”, al modo de “no es muy interesante”, “los hay mejores”, o las meras valoraciones (“bueno” o “malo”) sin justificar ni demostrar. Lo que él calificaba como expresión de la escasa formación o de la pereza intelectual. Su enfrentamiento con el endiosado Eduardo Haro Tecglen, por sus arbitrariedades como crítico, fue épico y le puso delante la existencia de un aparato teórico y crítico de enorme valor sobre la función del Director de Escena y sobre las reglas que debe respetar la crítica teatral. La necesidad de una lectura sobre los componentes del espectáculo escénico y de su función (una lectura de medios y fines, hermenéutica del signo teatral), lejos de esos conceptos indeterminados y evanescentes tan propios de la “crítica del juicio”, donde el crítico se erige en orondo magistrado que dicta su sentencia. Por ello, como se puede adivinar, se le tildó no pocas veces de pedante y exagerado. Pero no pocas veces, ese es el precio que hay que pagar por mantener una exigencia de rigor, no siempre tan habitual en nuestros pagos.

Con Valladolid guardó una relación estrecha desde lejos. Por ejemplo, era invitado por Juan Antonio Quintana al Aula de Teatro de la Universidad o, después, por la Escuela Provincial de Teatro de Valladolid dirigida por Fernando Herrero y más recientemente por la Escuela de Arte Dramático de Castilla y León (de ello dio cuenta últimoCero hace unos años en uno de los casos, “Brecht y Piscator: Un legado teatral y político”). Y, sin duda, por los anuales y reiterados seminarios de la ADE realizados en el Castillo de la Mota de Medina del Campo durante veinte años y hasta hace una década, por su interrupción como consecuencia de la decisión de un responsable político regional de cultura, antiguo rector de una de nuestras universidades, que como argumento para retirar el apoyo que hasta entonces se daba por la Junta de Castilla y León realizó la siguiente pregunta: “¿Y qué gano yo con mantenerlo?”.

Su legado es enorme. Y ahí están todas las colecciones publicadas por la ADE para demostrarlo. De obras teatrales, de textos teóricos, de monografías, de compilaciones de ingente información, y la monumental y prolífica colección de la Revista ADE Teatro, durante más de treinta años, todos sus cincuenta números iniciales accesibles de forma gratuita en la Web. De sólidas convicciones teóricas y políticas, sin embargo no era sectario, y su lucidez y rigor descansan en sus escritos. Que la tierra le sea leve.

No hay comentarios