En diciembre de 2001 se anunció en la prensa española que Álvaro Mutis Jaramillo había obtenido el premio Cervantes. Un poeta y narrador que nació en Bogotá en 1923, pero que se había criado entre la plantación de café familiar y la vieja Europa. Cuando recibió el premio residía en Méjico, adonde emigró a mediados de los años 50 porque la empresa petrolífera americana ESSO, de la que fue relaciones públicas, le reclamaba el dinero que él había destinado a todo tipo de actividades culturales y para ayudar a otros artistas en apuros. Más adelante, el largo brazo de una de las cinco grandes del petróleo -que quitan o ponen gobiernos, conjuran crisis y provocan guerras por una fluctuación de unos céntimos en el crudo- consiguió que la Interpol lo detuviera, pasando quince terribles meses en la prisión mejicana de Lecumberri (más conocida como “El Palacio Negro”). Posiblemente en la cárcel, se sintiera como su admirado Miguel de Cervantes, un cautivo sin escapatoria, acusado injustamente. Esos meses los utilizaría para dar su gran salto a la prosa, una prosa experimental e innovadora, como había sido la novela de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

La estela de El Quijote la podemos rastrear en la novela contemporánea: Marcel Proust, Thomas Mann, James Joyce, Hermann Hesse, Miguel de Unamuno, Anthony Burguess,… El flashback, otras obras dentro de la obra (El curioso impertinente, El retablo de Maese Pedro, la biografía de Cervantes,…), el uso del tempo lento (realidad y novela trascurren a la misma velocidad), círculos concéntricos (reiteración una situación o trama argumental con algunas diferencias o novedades), los personajes y el autor se salen del propio texto (al principio del primer libro, Cervantes desconoce como sigue la historia hasta encontrar unos legajos en árabe; en la segunda parte, Sancho y “El Caballero de la Triste Figura” son conscientes de su fama entre los lectores),… Eso es lo que tenía embriagado a Álvaro Mutis por Miguel de Cervantes y su inmortal novela, su prematuro interés por innovar en la narración a pesar de ser la novela entonces un género recién nacido, su capacidad para adelantarse cientos de años a la novela del siglo XX. Muy por encima de todas las visiones del Quijote desde lo argumental, menesterosas y pueriles, Mutis supo entender el auténtico valor de aquel libro -lo formal- y por eso él decidió también ser un innovador en las formas de la narrativa.

Álvaro Mutis se dio a conocer en España gracias a una persona que siempre se ha portado conmigo como un buen amigo, Diego Valverde Villena, gran poeta y ensayista, que ha desarrollado una importante labor en el campo de la gestión cultural. Sus artículos y ensayos descubrieron al público y la crítica española la importante figura de Mutis y -en mi humilde opinión- Valverde influyó decisivamente en que Mutis obtuviera aquel prestigioso premio de las letras en español.

Hablaré algo más sobre mi relación con Diego Valverde Villena, fuimos presentados por un pintor -amigo común- y a pesar de ser una persona con más publicaciones y prestigio del que yo contaba, siempre me mostró su apoyo con generosidad. Recuerdo encontrarlo en el bar La Luna con una programadora del Instituto Cervantes e inmediatamente se puso a hablarle de mis artículos en la Revista Cultural Argaya para intentar que colaborase con la institución. Asimismo, agradeceré eternamente su presencia en la presentación de mi poemario Las cartas a Lesbia en el Club Bukowski en Madrid. Que no se equivoque nadie, Inés Pradilla responsable de este emblemático espacio poético de Malasaña y de Canalla Ediciones, hizo muy bien su trabajo: Había varios editores madrileños, la Fundación José Hierro difundió el evento y además apareció un auténtico escritor maldito -habitual del pub- para armarme poeta del lumpen: Gónzalo Torrente Malvido. Yo había invitado a las amistades que vivían en Madrid, entre ellos Diego Valverde Villena, que en aquel momento llevaba el área de poesía en el Ministerio de Cultura. Diego, a pesar de la hora intempestiva de un jueves a la que se hizo la presentación, estuvo para mostrar su apoyo y compañía, igual que otras personas amigas. Acostumbrado al narcisismo de tantas personas mediocres y arribistas, es gratificante encontrar personas con su generosidad.

Pero volviendo al tema de este artículo, cuando en diciembre de 2001 se hizo público que Mutis recibiría el Cervantes el 23 de abril del año siguiente, el escritor colombiano afirmó al recibir la noticia que el 15 de enero viajaría en España. Diego estaba muy vinculado a Valladolid en aquella época por lo que -a mediados de enero de 2002-, con anterioridad a conocerse el premio, tenía concertada una conferencia que finalmente se celebró en el Salón de Recepciones de la Casa Consistorial de Valladolid. Causando gran expectación entre la prensa regional y nacional.

Entonces, yo estaba en la junta de gobierno del Ateneo de Valladolid y vinculado al Premio de Novela de la ciudad, por lo que fui invitado. Diego nos acercó de forma magnífica la obra del escritor colombiano, por su parte Mutis -con cierta timidez y reparo- habló con humildad de su obra, agradeciendo a Diego Valverde el estudio y la difusión de su trabajo, fundamental para la concesión del Cervantes.

Cuando acabaron la disertación se sirvió un vino y a los veinte minutos, tras saludar y departir brevemente con las autoridades y algunos lectores, Álvaro Mutis se atrincheró junto a las columnas de uno de los ventanales que dan al balcón de la Casa Consistorial. Nadie parecía verlo. Entonces decidí acercarme. Le di la enhorabuena por la charla y le pregunté si, siendo él tan cervantino, le habían llevado a la Casa de Cervantes. Me contestó que “No” con cierto desasosiego. Seguimos hablando un largo rato de la aparición de aquel hombre muerto a la puerta de la casa de Cervantes en Valladolid, de si pudo ser él causante de aquel asesinato, del papel de sus hermanas en el caso y, esoecialmente, de todos los lugares de la ciudad de Valladolid que salían en las obras de Cervantes. Él los reconocía cuando se los iba relatando, e incluso citaba algún fragmento de las obras: La Iglesia de Nuestra Señora de San Lorenzo donde comienza La Gitanilla, la Plaza del Ochavo que se cita sin sentido y preludiando el teatro del absurdo en el entremés de Los Habladores, el Puente Mayor que se menciona en La Galatea, la Casa Mantilla donde estaba el Hospital de la Sangre o de la Resurección a cuya puerta se ambienta El coloquio de los perros,...

Era un hombre serio y formal, parecía algo distante, yo creo que era timidez. Por lo que a pesar de que intuí sus ganas, no se atrevió a solicitarme escaparnos a ver aquello de lo que le hablaba. Cuando a finales de septiembre de 2013 vi la noticia de su muerte, fui yo el que se arrepentirá para siempre no haberlo propuesto.

No hay comentarios