Las ideas surgen cuando menos lo imaginas: de paseo, durmiendo, hablando con un amigo o leyendo. Es muy frecuente que afloren leyendo. La lectura ejerce la función de abono y de resorte. De abono, porque el acercamiento al pensamiento ajeno, a la creatividad de los otros, alimenta las raíces de nuestro cerebro, que se desplaza desde su, llamémosla, “zona de confort”, desde los espacios en los que se mueve habitualmente, a espacios nuevos, y se ve invitado y hasta obligado a transitar por vericuetos y horizontes impensados, que abren espacios nuevos de luz nueva. Estos espacios, estas realidades nuevas funcionan como resorte que invita a la ideas a emerger de ese mundo atávico, escondido, recóndito, que permanece inconsciente mientras no se ve impulsado por una causa externa a sí mismo. Pero con frecuencia las ideas que surgen tienen que ver poco o nada con el contenido de lo leído. Así, por ejemplo, mientras releo La condición postmoderna de Jean-François Lyotard me asalta una cuestión sobre algo que nos condiciona la vida a diario. Se da por sentado que vivimos en la era de la tecnología y prácticamente hemos aceptado que de su mano viene el progreso y que éste funciona y funcionará no sólo como el creador de un mundo nuevo sino que este mundo nuevo debe ser aceptado porque es una realidad irrenunciable. Así pues, la tecnología, con todo lo que ésta conlleva en todos los órdenes de la vida, se nos presenta como un fatum, como una fuerza, un poder irresistible que actúa sobre cada uno de nosotros y sobre la sociedad en su conjunto y ante el que no cabe contrapeso posible, porque encarna el signo de los tiempos.

Pero la aceptación del fatum conduce al fatalismo y éste a la negación de la libertad. El fatum, sobre el que G.W. Leibniz reflexionó con mucho detalle tanto en su quinta respuesta a Clarke (Obras Filosóficas y Científicas, vol. 18, ed. Comares, 2016, p. 267 y ss.) como en sus Ensayos de teodicea (Obras Filosóficas y Científicas, vol. 10, ed. Comares, 2011), conduce a la inacción, a la negligencia, lo que lleva a la aceptación del destino como algo insuperable para las personas. Ahora bien, es curioso que en un momento histórico en el que ha crecido tanto el dominio del ser humano sobre la naturaleza y, sobre todo, en el que la sociedad tiende a la laicidad, es decir, a la separación entre la sociedad civil y la sociedad religiosa, en el que el pensamiento y la ciencia parece que han superado la concepción religiosa de la vida y sus dogmas, es curioso que exista algo que se presente como un destino inapelable, algo que tiene connotaciones religiosas. Parece un sofisma y, sin embargo, es una realidad. La aceptación de lo que nos ofrece el mercado, representado por Google, Facebook, Whatsapp, la robótica o la inteligencia artificial, se acepta sin discusión alguna y se valora, además, como un avance, como un signo de progreso, tópicos todos ellos que aceptamos asimismo de forma acrítica. Esta aceptación acrítica es una expresión evidente de la inacción -“razón perezosa” la llamaba Leibniz-, de la pasividad, con la que se conduce la sociedad ante el avance de la tecnología, por ejemplo, y especialmente del mercado, como fuerza o como poder que está por encima de la voluntad de las personas. La presencia del fatum en nuestra vida supone la aceptación de que la libertad es un valor sometido en gran medida a la necesidad y, por consiguiente, a la imposición que procede de poderes que no están al alcance del control de los ciudadanos ni de los gobiernos. Vivimos, pues, de manera semejante a los que Nietzsche decía en La gaya ciencia: “Quiero aprender cada día a ver mejor como belleza lo necesario de las cosas: así seré de los que las embellecen. Amor fati: ¡que ése sea mi amor a partir de ahora! No quiero hacer la guerra a lo feo. No quiero acusar, ni siquiera a los acusadores. ¡Que mi única negación sea apartar la mirada! ¡Y en todo y en lo más grande, yo sólo quiero llegar a ser algún día un afirmador!”

¿Dónde queda la libertad cuando se acepta el destino, lo que existe ahora en y como presente? ¿Qué lugar ocupa el azar? ¿Somos libres o nos sentimos libres? “Nos autoengañamos para evitar la responsabilidad que se deriva de entender quiénes somos en realidad” (Markus Gabriel, La Vanguardia, 16/03/2016). En la época de las redes sociales, en un mundo en el que somos más cultos y estamos más informados que hace unas pocas décadas, la ideología dominante -continúa Markus Gabriel- orienta nuestro pensamiento no hacia las causas de nuestros problemas -por ejemplo, el sistema económico o el poder que tienen y que ocultan los dueños de las redes sociales- sino hacia nosotros mismos, a quienes se nos invita a “superarnos”, o sea, a ser más competitivos, a ser tratados por un psiquiatra porque sufrimos una depresión, a que tomemos pastillas o a que leamos libros de autoayuda, aunque el problema no está en nuestra mente sino en el salario precario y en quienes nos dominan, que permiten, por ejemplo, que la mitad de los jóvenes españoles estén en paro o que el trabajo nos condene a la precariedad. El establishment inventa cuentos, que acabamos creyéndonos, “para justificar […] que nos paguen mucho menos del valor que generamos al trabajar” (Markus Gabriel), y creemos a los economistas, que nos venden la idea de que la economía es una ciencia y que lo correcto es asumir como algo inapelable su supuesta ortodoxia, cuando la economía no deja de ser sino la expresión de una ideología, el neoliberalismo, por ejemplo. Asumimos la propaganda de los grandes medios que hace que tomemos la parte por el todo y que aceptemos las generalizaciones como verdades lógico-matemáticamente demostradas, sean referidas a los inmigrantes, a los cristianos o a los musulmanes, por ejemplo. Vivimos en la ilusión del iluso, engañados, seducidos por cuanto los llamados poderes fácticos, -los Steve Jobs, los Zuckerberg, los gurúes de la economía o de la ingeniería- nos imponen como necesario, como la inevitable fuerza del progreso. Mientras tanto, ese progreso nos condena a vivir para trabajar, y a hacerlo como esclavos.

Desde aquí, para poner los pies en la tierra, para poder percibir lo que hay, cuanto acontece desde la distancia necesaria para que exista una mirada que tienda a la universalidad y a la verdad, cada día me convenzo más de la necesidad de la Filosofía. Por alguna razón se la ha relegado a un papel secundario en el sistema educativo español. ¡Cuántos interesados hay en que cunda la ilusión de los ilusos!

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