Foto: Cortesía Ambulante
Foto: Cortesía Ambulante

¿Por qué escribir ahora sobre este intento de documental? La película lleva 15 meses circulando, apagadamente tras su pase en el festival de Berlín de 2018 y con todos los parabienes oficiales, extraoficiales, de muchos colectivos de recuperación de la memoria histórica, de la prensa, del mundo del cine en España a partir de su proyección en la Seminci pasada y redoblados con su estreno comercial promocionado por la factoría Almodóvar. La película la he visto dos veces, y la memoria, que no siempre significa verdad, puede jugarme una mala pasada porque, como dice Bi Gan en su última y majestuosa película, ésta tiene una parte de verdad y otra de imaginación, pues es posible, o así me lo parece, que se hayan modificado pasajes entre el primer visionado y el segundo ya como estreno oficial en cartelera. Podría haber escrito mucho antes, pero tengo por costumbre, no siempre respetada, dejar de escribir de aquello que, en una obra cinematográfica, no me atrae, me repele o me repugna directamente. Ahora bien, leer que la comunidad educativa española piensa “adoptar” “El silencio de otros” como material escolar, esa misma comunidad e institución política que, salvo excepciones, da la espalda, cuando no desprecia directamente, todo aquello que huele a cine; me provoca una reacción ante este tipo de cine manipulador y que juega pornográficamente con los legítimos sentimientos de las víctimas.

Que la realidad no te estropee un bonito final. Esa es la máxima seguida por los directores (realmente no sé si los directores son los importantes en la película porque ésta comienza con un sintomático rótulo, “Pedro Almodóvar presenta”) para retorcer la realidad hasta alcanzar su objetivo, y ese objetivo no es el de desentrañar el presente de este país en relación con el tema de las fosas de la guerra civil y de la represión franquista sino el de conseguir emocionar al público con independencia de los instrumentos falsos utilizados para ello. Recojo aquí las palabras de Willy Veleta en CTXT “El día después de ver la película, que yo creía que era un documental, interpelé a la directora Almudena Carracedo y le expresé mis dudas sobre este falso final a la búsqueda de Timoteo. Me dijo literalmente: “No es una película de datos, es una película de sentimientos, y ese plano diciéndole a Ascensión que ese cráneo era el de su padre era el final perfecto, y a la familia le pareció bien”.

Fotográma de "El Silencio de los otros"

A la familia no le debió parecer tan bien cuando una nieta de Ascensión Mendieta escribió a la prestigiosa publicación “The New Yorker” aludiendo a las inexactitudes del documental, si es que merece la pena seguir llamándole así, a la absoluta falta de conexión histórica del relato, al silencio ominoso sobre la realidad de la dictadura franquista, pero por encima de todo, y desacreditando cualquier intento real de convencer sobre las bondades de la película, a la burda manipulación a la que los directores someten a los espectadores haciendo creer que los restos del cadáver nº 19 de la fosa de Guadalajara corresponden a Timoteo Mendieta, padre de Ascensión, cuando la realidad, al finalizar el documental ya era otra muy distinta porque el ADN demostró que ese final “de película” no existió. Utilizar esa composición de imágenes, falseando mediante el montaje la realidad, es impropio de un cine que dice buscar la recuperación de la memoria histórica de los represaliados, es una burla consciente e imperdonable al propio ideario de la película expresado en los primeros minutos, ese que, falsamente, alude a que en España no se habla de este tema porque ninguna familia ha hablado sobre ello en casa y nadie sabe nada. Desde luego si el material del documental pretende que los españoles conozcan algo parecido a la verdad ese montaje de la escena de Ascensión (precedida de otras falsas revelaciones sorpresivas como si de una película de intriga se tratara) es toda una puñalada a traición a cualquier espíritu didáctico.

 

No me cuesta, entonces, calificar de directamente impostor a este tipo de cine que, como dicen sus defensores, tiene derecho a interpretar la verdad y manipularla para conseguir su objetivo. Obviamente me posiciono claramente en contra de cualquier posibilidad de ofrecer cine documental desde la mentira consciente, incluso desde la predeterminación de un guión que obliga a buscar imágenes bellas, imágenes simbólicas, imágenes preparadas, imágenes, cómo no, tomadas con un dron, y al que la verdad descubierta durante el proceso de rodaje no le va a provocar ninguna necesidad de reconducir la película ante el imprevisto, porque al imprevisto se le retuerce hasta llegar al resultado planificado de antemano, aunque en esta película no puede haber imprevisto porque está huérfana de investigación. En España, me imagino que como en el resto del mundo, y ahí está la posverdad trumpiana, lo simple y el mensaje sencillo ganan el terreno de la comunicación rápidamente, generando una ola sociológica que explicó Millgram, basta con repetir mucho un mensaje con convicción y nadie se atreverá a llevarte la contraria. Haz una campaña de prensa con un documental pagado por Almodóvar y se convertirá en algo "necesario". Da lo mismo que manipules a las víctimas o la guerra civil, de la que nadie quiere oír ni hablar, ni los directores, que la dejan fuera de campo; porque lo importante es el "mensaje" de las fosas como si estás salieran de la nada. A lo largo de 95 minutos las palabras “guerra civil” se pronuncian juntas una sola vez, como “golpe de estado”, única mención a una verdad histórica incuestionable sobre la que se pasa de puntillas.

Fotograma del documental "El Silencio de los Otros"

El reportaje de Carracedo y Bahar podrá ser efectivo para sus propósitos con la mayoría del público, pero pierde la posibilidad de ser respetado cuando no se respeta a sí mismo. Un público alentado por mucha crítica favorable que habla de “cine necesario” (¿cuándo el arte cambió algo en la sociedad?), un público acostumbrado al lenguaje televisivo de emociones fáciles y tramas simples, puede que no sea capaz de cuestionarse cómo es engañado, pero el resultado final es un absoluto fracaso a la hora de enfrentarse con la Historia, la de las mayúsculas. Cinematográficamente es un sinsentido con acumulación de testimonios asistemáticos (muchos de ellos nada espontáneos, “imagine que está delante de un juez y diga lo que le diría, o forzados hasta que el testigo rompe a llorar, que es lo que llamo pornografía de los sentimientos) en los que todos los temas se igualan. Para los directores todo es asimilable, da lo mismo el asesinato masivo durante la guerra y los primeros años de posguerra (estos son absolutamente olvidados, como si desde 1940 hasta finales de los 60 nada hubiera ocurrido en España), que las torturas de los estertores franquistas; el cambio de nombres de los callejeros con el secuestro de niños recién nacidos (otro ejemplo de manipulación es asimilar el robo de niños en los hospitales con la “reeducación nageriana” tras la guerra, o la entrega en adopción de los huérfanos de militantes republicanos), o el problema de las fosas. Todo se envuelve y todo se enmaraña como si no hubiera fronteras y como si la querella argentina surgiera de la nada (se olvida al primer querellante quién sabe por qué), como si cada circunstancia no obedeciera a un plan diferente, y todo ello sin referirse nunca al responsable último de cada acción execrable, porque el rigor histórico quitaría esa pretendida emoción al resultado final.

Hay un hecho histórico que no se merecía la lagrima complaciente, ni la alabanza acrítica de la izquierda cultural confundiendo el medio con el mensaje. Una obra de pretendido rigor en la que se dice “dictador” una sola vez, “dictadura” cinco y “régimen” dos o lo hace con premeditación o es porque entiende, en contra de lo que ha dicho al principio, que el pueblo sí sabe de lo que se habla. Resulta sorprendente que el documental no recabe testimonio alguno de especialistas ajenos al proceso, ni en derecho internacional, ni en antropología, ni en historia; seguramente resultaban demasiado objetivos y exigían un esfuerzo, tampoco aparece ningún testimonio de los partidarios de la dictadura ejercientes durante la misma, lo que desequilibra el resultado por falta del necesario equilibrio, aunque solo sea para “dejar desnudo al rey” (la edad del representante de la fundación Franco le deslegitima como protagonista de ese periodo). Periodistas que han inventado historias para sus medios han sido despedidos o han dimitido, ¿por qué tolerar y aceptar ahora que la verdad se manipule de manera tan obscena haciéndola pasar por realidad? Porque no se buscaba la realidad, sino embellecer el plano (otra patada al cine documental) y ficcionar para hacerla emotiva y sensiblera.

Fotográma del documental "El Silencio de los Otros"

En este tipo de cine documental asistimos a películas neoliberales y comerciales que quieren vender un sentimiento y explota a sus víctimas al máximo. No deberíamos confundir tener razón con el “todo vale”, no deberíamos confundir tener una ideología con defender acríticamente aquello que se acerca a nuestra posición política con manipulaciones, no deberíamos consentir que la historia se tergiverse para tener un “final perfecto” y menos aún creer que con películas como ésta se conseguirá formar en libertad, justicia e igualdad a nuestros jóvenes. Hemos conseguido, de esta manera, que triunfe el cine impostor, el que prima la rentabilidad por encima de todo. Ahora es cuando hay que recomendar a las nuevas generaciones el cine de Ramón Bande, de Lucía Palacios y Dietmar Post si quieren conocer la verdad sin manipulaciones.

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