¡A ver un vapor que se quema atracado al tercer muelle! — ¡El vapor de esta mañana!—dijo Pachín a su madre, que se quedó en una pieza. ¡Bien enterado estaba el hombre de la posada en materias de apagar incendios en los vapores! Sin cruzarse una palabra entre la madre y el hijo, continuaron ambos andando, o mejor dicho, dejándose conducir como dos burbujas más en el centro de la corriente. Así llegaron a dar vista a la gran explanada donde se esparcía la muchedumbre de curiosos, sobre cuya masa, y por la línea borrosa que ésta dibujaba hacia el Sur, se elevaba una columna de humo negro con toques de llamaradas rojas, que recordaba a Pachín el calero de la sierra de su lugar cuando le encendía, bien a menudo, una cuadrilla de tejeros asturianos.

Pachín González. José María de Pereda

 

A todas las víctimas del Machichaco, a todos los que en apariencia están muertos y que me precedieron, me cuidaron, me amaron, me contaron historias y me mostraron la belleza y la tragedia de la verdadera Cantabria.

Lo recuerdo todo muy bien, ya que apenas han transcurrido unas semanas.

En algún indeterminado lugar del centro de Santander, tomé un autobús de la línea 17, éste, atravesó toda la ciudad de sur a norte, acariciando el devenir cotidiano de la calle y de las gentes que por allí transitaban ociosas, inconscientes y sin tan siquiera intuir lo que 126 años atrás había ocurrido allí mismo, a escasos metros de donde ellos se encontraban dando pábulo a esa patología del hombre moderno, que es el consumismo, tapadera siempre de un vacío atronador y existencial, de la incontenible como aplastante soledad a la que somos arrojados contra nuestra voluntad, escarneciéndonos, humillándonos, fulminando en un espacio de neblina tóxica todos los esquemas y sustancias humanistas de las que procedemos, y que nunca jamás debimos abandonar.

El autobús concluyó su periplo frente al camposanto de Ciriego, descendí temeroso las escalerillas del vehículo, como si temiera afrontar lo efímero de la vida, la inconsistencia de todo aquello a lo que normalmente concedemos visos de eternidad, de contener propiedades ignífugas, de sostenerse sobre una seguridad manifiesta. Sin embargo, algo que no acertaba a discernir, me decía lo contrario, que las cosas que creemos poseer para siempre se pueden desvanecer, disipar, difuminar, y hasta ser atravesadas por lenguas de ilógicas apocalipsis y destrucción, nadificándolas hasta la parodia de sí mismas como en una continua inexistencia.

Atravesé el umbral que da entrada a ese otro mundo, el de los muertos, esos que en algunas ocasiones me hacen más compañía que aquellos que supuestamente permanecen con vida, y que por largos periodos de tiempo se muestran más ausentes que presentes.

Recorrí una determinada cantidad de terreno, no sabría ahora mismo calcular cuánto, en búsqueda siempre del calor del inframundo, hasta toparme con un escollo pétreo y que a impulsos atosigantes, me fue cubriendo con su sombra.

Se trataba de una columna amputada y robusta, a cuyos pies, como velándola, se encontraba un sarcófago cubierto por un manto de piedra, me encontré de pronto ante el monumento erigido en honor de las víctimas del desastre del Machichaco.

En mi interior se hizo el silencio, cerré los ojos, y nuevamente pensé en aquellos paseos, en qué de la mano de la abuela, recorriera la distancia entre las localidades de Somo y de Pedreña, escuchando al tiempo las más diversas historias.

-Niño, - me decía-, tienes que saber qué hace muchos, muchos años, en Cantabria vivíamos de espaldas a la mar, apenas nadie se atrevía a frecuentar una playa, salvo aquellos que se dedicaban en exclusiva a la pesca, dado que nuestras vidas transcurrían atadas a los quehaceres del campo y del ganado. Pero un día ocurrió lo inesperado, algo que hizo que todos volvieran sus ojos hacia la mar para contemplar como la mano negra de la muerte acariciaba sus vidas y sus haciendas.

En torno a las cinco de la tarde del 3 de noviembre de 1893 se declaró un incendio en el barco de vapor “Cabo Machichaco”, de 78 metros de eslora por 10 metros de manga, propiedad de la Compañía Ybarra, y que se encontraba atracado en el muelle de Maliaño.

El incendio provocó una explosión en las bodegas donde permanecían almacenadas 51 toneladas de dinamita, astillas y metralla se desprendieron del buque, alcanzando y esparciéndose por todo el contorno del muelle y las calles colindantes, una densa y renegrida humareda se propagó por toda la ciudad, pero los daños materiales resultaron nimios en comparación con la tragedia humana, cerca de 600 muertos y alrededor de 2000 heridos resultaron de la deflagración del Machichaco.

Uno de los testimonios de primera mano de la tragedia lo ofreció la ciudadana británica Ellen Lawrenson y que en aquellos días regentaba una posada en la calle Méndez Núñez llamada “La inglesa”. La señora Lawrenson escribió una carta a sus parientes de Liverpool relatando los hechos acontecidos aquella funesta tarde:

“Todo fue destrucción en la vecindad inmediata. El fatídico barco estaba amarrado en el segundo muelle, justo a cuarenta y ocho metros de mi puerta, lo que supuso que tanto cadáveres como moribundos llegarán hasta mi negocio”.

Si nos fiamos de las crónicas posteriores a la explosión, esta fue la mayor catástrofe civil del siglo XIX en España, por el gran número de víctimas, la destrucción causada, y porque entre ellas se encontraban autoridades de la época como el propio gobernador civil Somoza.

Al terminar el relato de la abuela, ingenuo y afectado a partes iguales, le pregunté:

-¿Por qué crees tú que ocurren estas cosas?

-No lo sé niño, no lo sé, tal vez sea el resultado de un destino ciego y cruel,-respondió imprecisa y dubitativa-.

-¿Y tú crees en ese destino?,-interrogué en un intento de aclarar el embrollo al que habíamos llegado-.

-No, la verdad es que no estoy segura de nada, yo creo que somos un enigma, tu eres un enigma, yo soy un enigma, la propia vida es un enigma sin fondo y ningún hombre con toda su ciencia y su tecnología ha sido capaz hasta ahora de resolverlo. Aquellos hombres y mujeres que allí murieron eran personas normales, buscaban ser felices como cualquiera de nosotros, pero se encontraron con lo inimaginable, con ese enigma del que te hablaba.

Cantabria es en sí misma un misterio sin descifrar, la mar y la tierruca se funden con el cielo, como si el creador, ya sea Dios, ya sea la evolución, hubiera optado por no separarlos.

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