Fue la primera vez que lo sentí. La primera vez que me atreví a decirme a mi mismo que era actor, actor… profesional. El teatro estaba lleno y aplaudieron con fuerza y sinceridad aquella pieza sobre Samuel Beckett que dos años antes, en 1992, habíamos estrenado en el festival de Avignon.

Era un teatro precioso, del siglo XIX, un teatro del mismo estilo de nuestro Calderón. El teatro Toselli de Cúneo, una ciudad rodeada de cumbres alpinas en mitad del Piamonte italiano. No sé muy bien porque sucedió allí, porque fue en ese lugar donde por primera vez me atreví a llamarme actor. Creo que fue porque estaba en un teatro imponente, con un público difícil, acostumbrado a propuestas más convencionales que aquel trabajo tan beckettiano, y que, sin embargo, se conmovieron con las interpretaciones de aquellos tres jóvenes vallisoletanos a los que no conocían de nada. No era un público de festival, un público “teatrero”. No eran nuestros amigos, familiares o conocidos. No nos debían ni les debíamos nada. Nos juzgaron sin prejuicios, sin fobias ni filias y nos otorgaron, con sus aplausos y con sus miradas, el derecho a sentirnos actores.

Después vinieron otros teatros, otras ciudades, otros países, otros continentes… y más allá de los aplausos volví a encontrarme muchas veces con aquella mirada que descubrí en aquella ciudad rodeada de nieves eternas; esa mirada respetuosa, íntima con la que te acaricia un espectador emocionado.

Porque esto del teatro va de eso, de miradas. Las conozco todas (ventajas de la edad) las del antes, las del durante y las del después. Están las limpias, esas que desde la sencillez te besan agradecidas antes, durante y después, las despistadas, esas que están en el lugar equivocado, las profesionales, haciendo sus números y medidas, las sinceras, que no necesitan palabras, las intelectuales, esas miradas necias vacías de alma y las turbias, buscando argumentos con los que alimentar sus prejuicios, sus fobias, sus celos… su poder.

Cuando miro a los ojos de los espectadores, antes, durante y después, veo todas esas miradas. Por lo general, la inmensa mayoría son limpias y sinceras. Nunca falta alguna despistada, alguna profesional, raramente una intelectual… la mirada turbia, es la menos frecuente y la más difícil de descifrar, oculta bajo varias capas resulta difícil de encontrar… pero siempre termino descubriéndola, entonces, cuando la descubro, siento una inmensa pena, una profunda lástima por ese ser tan desgraciado, tan contaminado, tan enfermo que no es consciente de que sus prejuicios, sus fobias, sus celos, su poder… a quien realmente están destruyendo es a él.

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