Son las siete de la mañana. A pie, por caminos polvorientos. Saludo las luces primeras del día y sus sombras alargadas, expresión de la transición hacia el día. Paracuellos de Jiloca, camino rural hacia Calatayud. El rio Jiloca, benévolo y generoso, en flujo irreversible se expande a través de las acequias, que riegan la huerta por doquier. Los pájaros, los pocos que quedan, acompañan con sus trinos mi paseo solitario. Me rodea una arboleda de frutales, que me abraza y me ofrece ese silencio que conquista al espíritu, adornado por el trinar de gorriones, mirlos y por algún ladrido lejano avisador y miedoso. Como diría Walt Whitman, “siento que el mundo se extiende ante mí / […] nada necesito. / […] La tierra. Eso me basta”. Mientras el camino me recibe inmutable, el entorno se crece con la luz: se avivan los colores, los gorjeos se redoblan, me arrulla el susurro del agua, y los árboles, silenciosos, abren sus brazos para abrazar la luz, mientras le ofrecen sus frutas en ciernes. Las veo crecer de día en día: en la naturaleza, todo tiende a la reproducción, a perpetuar la vida. Distingo los perales, los manzanos, los melocotoneros o los cerezos, en sus distintas variedades, por la corteza de sus troncos y por sus hojas, todas tan parecidas y tan diferentes: más o menos estriadas o rugosas, de un verdor más o menos intenso, más o menos brillantes, suaves o aterciopeladas. Los árboles frutales representan la diversidad, una variedad tan viva como complementaria, que compone siempre una bella armonía.

Pero en el campo no todo es gozoso y lindo. A lo largo del camino se extienden parcelas cultivadas junto a otras abandonadas, que crecen de año en año. Pero el agua sigue fluyendo por el rio y las acequias; el agua pasa y, a pesar de esto, junto a tanto abandono y a los carteles que anuncian los campos que se venden o alquilan, los árboles de los campos abandonados crecen a su aire y ofrecen unos frutos que seguramente nadie recogerá, mientras la hierba se apodera por doquier del territorio abandonado por la mano del agricultor. Estos campos regresan a su origen, a la naturaleza virgen, indómita, aunque en medio de tantas tierras cultivadas, ésta parezca triste, porque la miro con ojos cargados de civilización, que exigen orden y dominio humano.

Conforme camino por estas tierras feraces, contemplo con dolor cómo muchas casillas antiguas han sido reemplazadas por chalés lujosos, y las antiguas parcelas de cultivo se han vallado con setos que limitan la vista y el horizonte, y se han sembrado de césped. Al fondo, la autovía y un poco más allá la línea del AVE han conquistado tierras de cultivo mientras siembran el entorno de un ruido permanente que se escucha a varios kilómetros a la redonda. Mientras tanto -y esto parece el progreso que trae consigo nuestra civilización-, cada vez se abandonan más tierras, los pueblos se despueblan, los pocos habitantes que quedan en ellos envejecen y los pocos agricultores que quedan, además de ser mayores, echan herbicidas y fumigan los campos a manta formando una nube tóxica que mata plagas como el pulgón, la araña roja o el barreno, además de las lombrices, los caracoles, las babosas, las ranas, los sapos y también los pájaros. Son los signos del progreso, de la sociedad industrial, mercantilista y especuladora.

Regreso al balneario buscando la paz entre los campos: los ladridos y el canto de los pájaros elevan mi espíritu, y los siento más íntimos, majestuosos y benéficos que la fiebre de la velocidad y la tecnología que fumiga a manta, o que el teléfono móvil que llevo en el bolsillo. Me cruzo con un anciano, una persona más anciana que yo, de paseo matutino por los campos de su pueblo. Nos saludamos, algo que no sucede en las ciudades entre desconocidos, y seguimos caminando cada uno con sus sentimientos y meditaciones. Esta paz es el mejor abono para la vida humana.

El paseo matutino por la vega me coloca ante mí mismo y me interroga. Los trinos de los pájaros, el rumor del agua, los ladridos lejanos, la diversidad del entorno natural, su domesticación, que es lo que supone la agricultura, y su tendencia a la “desobediencia”, a la generación omnímoda y plural, el abandono debido al envejecimiento de los agricultores, la sustitución de la agricultura por el ladrillo, concebido como instrumento de solaz y diversión así como signo de ostentación y poder me devuelven a la vida, o sea, a la realidad, y me traen a la memoria unos versos de Walt Whitman, que se preguntaba: “[…] ¿De qué sirve todo esto, oh yo, oh vida? // Sirve para que sepas que estás aquí; que la vida existe; y la identidad; // que el poderoso juego continúa y que puedes contribuir con un verso”.

Frente a lo que decía don Antonio Machado, aquí no muere la tarde “como un hogar humilde que se apaga”: este todo tan ordenado, dominado por el afán y el poder humano, provoca mil cuestiones, cientos de incógnitas sobre la vida y las cosas, sobre lo que vemos y hacemos, y, si lo pensamos bien, sobre lo que nos conviene. Como le sucedió a don Antonio, en este paseo me he topado con árboles talados junto al camino, algunos muertos y otros que han rebrotado y “hacen llorar de lástima”. De lástima por ellos, muertos y abandonados; por nosotros, tan desorientados como equivocados y soberbios; por nuestra civilización tan desorientada, tan alejada de lo originario y del medio que nos permite vivir. No existe equilibrio donde no hay respeto, ni tampoco progreso, y hasta es posible pensar que la esperanza agoniza.

“Amargo caminar porque el camino / pesa en el corazón”, decía don Antonio Machado. Si levantara la cabeza Baltasar Gracián y contemplara la tierra que lo vio nacer y los horizontes de nuestra civilización nos diría, como en El criticón: “[…] entiende, ¡oh hombre!, […] que esto {pretender enseñorearlo todo} ha de ser con la mente, no con el vientre; como persona, no como bestia. Señor has de ser de todas las cosas criadas, pero no esclavo de ellas, que te sigan, no te arrastren”. Las arterias de la civilización de nuestra sociedad de consumo y de las grandes migraciones, la autovía y la línea del AVE hieren el paisaje y la vida, que se sienten ajenos, proscritos. El agua fluye, como la tierra que resiste y rebrota, pero ambas viven contaminadas y utilizadas cada vez más para todo menos para lo que real y naturalmente sirven. De nuevo, Baltasar Gracián nos diría: “fáltanos la admiración comúnmente a nosotros porque falta la novedad, y con ésta la advertencia. Entramos todos en el mundo con los ojos del ánimo cerrados y cuando los abrimos al conocimiento, ya la costumbre de ver las cosas, por maravillosas que sean, no deja lugar a la admiración”. Nos seduce lo lejano, y viajamos y viajamos, consumimos y consumimos, y admiramos sobremanera aquello que fabricamos y nos esclaviza, e ignoramos e incluso despreciamos la tierra, dotada de un vientre germinal, que da vida, con frecuencia rechazada como algo primitivo e inculto y utilizada como vertedero. Mientras abandonamos la tierra nos hundimos en nuestro ocaso (F. Nietzsche). ¿Hemos encontrado -o quizá inventado, como decía Nietzsche- la felicidad? Pero hemos perdido el sentido de la tierra, de la vida.

El paseo concluye en el aspecto físico, pero continúa hacia dentro recordando a Nietzsche. Habrá que repensar el camello o león que hemos sido y somos, las cargas pesadas que transportamos con frecuencia ingenua e inconscientemente, y nuestro deseo de conquistar la libertad como se conquista una presa, y ser señores de nuestro propio desierto. Es preciso repensarnos como niños, repensar el modelo de ser humano y de sociedad así como nuestra relación con la naturaleza. Tendremos que repensarnos como naturaleza y como integrantes de ella, en la que todo fluye en la diversidad, y crece y se recrea. De otra manera, no habrá progreso y difícilmente la vida será sostenible.

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