Que abarcan, como no, mi cuerpo y el de todas las que están en contra de esa mística patriarcal de la maternidad que tanto valora nuestros úteros. ¡Oh, la maternidad! Porque ¿dónde está escrito que parir sea un derecho? ¿Donde que haya que dedicarse a la mamadera cuando tenemos tantos deberes cruciales que cumplir y no, por supuesto, con los demás sino solo - y quizá por primera vez en la historia - con nosotras mismas?

Revindico – yo que tengo dos hijos maravillosos – el derecho a NO querer tenerlos. Y por eso, una pregunta: ¿Qué es de las mujeres que se niegan a aceptar el papel de madre? ¿Qué pasa con ellas, con las que se van?

La respuestas - ni siquiera a día de hoy- tienen mucho de optimistas.

Diría incluso que nada.

Que son más bien radicales en su pesimismo de corte marxista.

Pero si, nosotras – ángeles esperpénticos - queremos acabar con esa mística de la maternidad (de la que por cierto somos cómplices) más nos valdría encontrar la manera de atacar – radicalmente atacar - las bases de una estructura económica que nos tiene cogidas – por el moño. Porque si no entendemos que este problema y los demás (vientres de alquiler, prostitución …) tienen el mismo origen a saber, el sistema capitalista, vamos de ala y no llegaremos nunca a ninguna parte.

Dicho esto, aceptemos que la solución no es sencilla.

Que habrá que educarse en lo político y acceder a alguna clase de poder que nos permita romper las invisibles cadenas que subyugan a la mujer en todos los espacios mientras aprendemos a vislumbrar los hilos que nos controlan.

Y, aun así:

Reconocer que las posibilidades que tenemos de sufrir un desengaño son mayúsculas y que la mujer con aspiraciones que no encuentra sitio en ningún espacio alternativo ya sea la casa, la escuela, el trabajo o la consulta médica (todos ellos baluartes de la convención es) es y seguirá siendo, el pan nuestro de cada día.

Porque, queridas, la verdad es que NO EXISTE un afuera.

Y la puerta que se cierra es más bien giratoria.

Si aceptamos que las distintas y múltiples facetas de la mujer se solapan y que las mujeres-profesionales /las mujeres-obreras/ las mujeres-intelectuales y las mujeres-madre son todas y la misma; que todas volvemos por la noche al hogar para seguir atendiendo a los hijos a veces con la ayuda de nuestras parejas, a veces – muchas – solas; y que no tenemos ni siquiera el respaldo de la misma sociedad que nos impulsa a procrear o a comprar niños (¿?) y que celebra sin pudor el rol materno mientras, al mismo tiempo, nos pone la zancadilla y oculta con astucia la difícil realidad que se oculta detrás.

Por lo que ¿Qué clase de realidad es ésta? ¿De qué estamos hablando?

Digamos que estamos hablando de la creciente frustración al no saber convertir nuestro hartazgo y nuestra ira en acción política (Lo personal SIEMPRE es político)

Por cansancio. Por vergüenza. Por comodidad (en eso también somos cómplices).

Pero que mientras queden fuerzas seguiremos con los ojos abiertos y saldremos a la calle para exigir cambios y condiciones justas para todas. Incluidas las madres. De eso estamos hablando.

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