Si nos remitimos a la infancia, nos percatamos de que los niños de todos los tiempos preguntan una y mil veces por cualquier cosa, y solamente aceptan aquellas respuestas que responden al orden lógico. El orden lógico de la infancia es sencillo y se atiene a reglas deductivas simples: son las reglas que constituyen los cimientos del entramado lógico de lo que es la racionalidad humana, cuyo desarrollo más elevado se encuentra en la Lógica y en su heredera, las Matemáticas. Seguramente la igualdad es el primer concepto lógico que manejamos en la infancia, precisamente porque pronto nos damos cuenta de que dos cosas, por ejemplo dos colores, son iguales. Cualquier niño al que se le diga que el color rojo no es rojo -por ejemplo, que es amarillo o verde- nos mirará con cara de sorpresa, precisamente por lo que le hemos dicho, y nos dirá que eso es mentira, lo que quiere decir que es una trampa que hemos hecho, porque ¡el color rojo no puede ser otra cosa que rojo! Y nosotros, sus padres o sus abuelos, reforzaremos su descubrimiento diciéndole que es muy listo y que lo nuestro era simplemente un juego.

Si nos remitimos al origen histórico de la matemática, nos encontramos con Euclides (s. IV-III a.n.e.) que, en sus Elementos, compiló y sistematizó los conocimientos matemáticos existentes hasta el siglo III a.n.e. Eran tiempos del faraón Tolomeo I Soter. En sus Elementos desarrolló un sistema que fundamentó en cinco axiomas, el primero de los cuales dice que “dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí” (aequalia eidem tertio sunt aequalia inter se, en su traducción latina). Así como algunos axiomas y postulados de Euclides han sido debatidos a lo largo de la historia y a pesar de que como consecuencia de su discusión han nacido las geometrías no euclidianas, este axioma, el primero de ellos, es un axioma firme, que nadie dotado de lo que Descartes llamó el “buen sentido” se atrevería a contradecir. Este axioma representa la propiedad transitiva de la igualdad: si A es igual a B, y B es igual a C, A es igual a C. Es un enunciado tan sencillo de entender que no es necesario ser un superdotado o el más inteligente de la clase para entenderlo.

Cuando abrimos el periódico, nos percatamos de que los enunciados lógico-matemáticos solamente sirven cuando se piensan o cuando se plantean y resuelven problemas escolares. Solemos pensar que la vida en general -y la vida política en particular- discurre por caminos ajenos a la lógica y que en ella un axioma como el primero del sistema euclidiano no se cumple, porque nunca hay dos objetos, hechos o situaciones iguales. Las situaciones de la vida son siempre complejas, pero, para entenderlas necesitamos encontrarles su lógica, aquellos principios a los que responden. Para ello, no nos iría mal seguir el consejo de Leibniz cuando, en el debate y ante discrepancias aparentemente insalvables, le decía a su interlocutor “calculemos”, es decir, reduzcamos nuestro discurso, el relato de los hechos, a un lenguaje lógico-matemático, para que el lenguaje común no nos induzca a error y el cálculo, la formalización del lenguaje común, nos permita descubrir la verdad.

Esta digresión responde a la sorpresa que nos hemos llevado -si es que ésta no era previsible tras la fotografía de la plaza de Colón- desde que conocimos los resultados de las elecciones generales y autonómicas andaluzas del 28 de abril y las locales y europeas del 26 de mayo pasados. La decisión de Albert Rivera de asumir como compañero de viaje político a la extrema derecha crea un problema gravísimo a esa España que predica defender tanto. Y el argumento de que ellos, Ciudadanos, pactan con el P.P. y de que el pacto que el P.P. haga con VOX no les incumbe es una falacia que niega el primer axioma de Euclides, que precisamente es un axioma porque es algo evidente, o sea, que no requiere demostración: si uno (Ciudadanos) pacta con el P.P. para formar gobierno y el P.P. pacta con VOX, la conclusión lógica es que Ciudadanos pacta con VOX. ¡Porque si A implica a B y B implica a C, la conclusión es que A implica a C! Es lo que entiende cualquiera, razón por la que existe tanto disgusto entre los votantes de Ciudadanos y entre buena parte de sus militantes. Pero si el daño de su decisión lo recibiera exclusivamente Ciudadanos, se convertiría en un problema interno de este partido; la cuestión reside en que el daño lo recibe la nación entera, el conjunto de los españoles, Europa, donde se trata de arrinconar a la extrema derecha (si es que ésta no es neofascismo) y, lo que es peor, las consecuencias negativas de estas decisiones alcanzan de lleno al sistema democrático.

La decisión de Rivera (Ciudadanos) de ni siquiera hablar con Pedro Sánchez (P.S.O.E.), de hacerlo exclusivamente con Pablo Casado (P.P.) y de no renunciar a pacto alguno, directo o indirecto, con la extrema derecha (VOX), ha complicado el panorama político español mucho más de lo que ya estaba. Esto demuestra que Albert Rivera carece de visión y de sentido Estado. La decisión de Ciudadanos coloca sus intereses de partido -querer convertirse en el líder de la derecha española- por encima de los intereses nacionales y contribuye a la desintegración nacional, es decir, a separar o dividir el panorama político entre derechas e izquierdas, negando la posibilidad del diálogo, la negociación y el pacto, y obligando al P.S.O.E., el partido más votado y el único que tras las elecciones generales tiene capacidad para formar gobierno, a dialogar y, en su caso, pactar no sólo con los nacionalistas sino incluso con los independentistas, si es que queremos tener gobierno, que es lo que los españoles hemos votado. Esta decisión de Ciudadanos tiene una trascendencia especial, porque da carta de naturaleza, es decir, normaliza a la extrema derecha permitiendo que tenga poder ejecutivo en las instituciones y convierte a la democracia española en una anomalía en el seno de Europa. ¡Qué bien nos vendría reflexionar sobre lo sucedido en el siglo XX!

La primera obligación de un político, tras las elecciones, es “leer” los resultados, entender lo que el conjunto de la ciudadanía ha votado y comprenderlo, es decir, “abrazar” los resultados , “percibir su significado”, “encontrarlos naturales, razonables y justificados” (R.A.E. y Diccionario de uso del español de María Moliner); en definitiva, hacerlos propios, respetarlos y obrar en consecuencia. Los españoles votamos y los resultados obligan a los partidos políticos a hablar y negociar entre sí, algo que es imposible con líneas rojas que niegan de antemano la negociación y el pacto. ¡Pero la democracia, además de pluralismo, Estado de derecho y separación de poderes, consiste en debate -ojalá fuera diálogo- negociación y pacto! Algo que el señor Rivera solamente realiza con el P.P. y, quiera o no quiera, con VOX, un partido de difícil encaje democrático, que huele a franquismo. ¡Cuánto ganaría Ciudadanos, y la política española, si Albert Rivera escuchara a Francesc de Carreras y a Luis Garicano!

Y no olviden los dirigentes de Ciudadanos, que por más que mareen la perdiz con palabrería hueca y con retórica evasiva, el buen sentido todavía nos da a los españoles para entender el primer axioma de Euclides, … sin que nos lo expliquen.

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