«Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos, era el siglo de la locura, era el siglo de la razón, era la edad de la fe, era la edad de la incredulidad, era la época de la luz, era la época de las tinieblas, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, lo teníamos todo, no teníamos nada, íbamos directos al Cielo, íbamos de cabeza al Infierno; era, en una palabra, un siglo tan diferente del nuestro que, en opinión de autoridades muy respetables, solo se puede hablar de él en superlativo, tanto para bien como para mal». Con esta fase comienza Charles Dickens su famosa obra Historia de dos ciudades, novela histórica del genial escritor inglés situada en los convulsos tiempos de la revolución francesa sobre la catarsis que para la vieja aristocracia supuso el alumbramiento de un orden nuevo construido sobre la célebre triología de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Casi desde sus comienzos la revolución maravilló tanto como espantó. Chateaubriand o De Maistre lo consideraron el justo castigo a todos los pecados del antiguo régimen. Benjamin Constant una consecuencia inexorable de la incapacidad de la vieja monarquía absolutista de reconciliarse con los nuevos tiempos en la forma actualizada constitucional de la vieja monarquía limitada francesa. Thomas Payne, revolucionario americano e hijo adoptivo de la recién creada república francesa, polemizó con el padre del conservadurismo, Edmund Burke sobre el significado que para la libertad y el progreso tuvo la demolición del viejo orden estamental. Payne, a pesar de ser víctima de los excesos de ésta, la defendió siempre con vehemencia frente a las acusaciones de Burke que vio en ella un exceso racionalista contrario a la historia y la sana tradición.

Con todos sus aciertos y con todos sus fracasos, el siglo XIX francés fue un déjà vu revolucionario. 1830, 1848, 1870 fueron infructuosos intentos de resucitar el ideal revolucionario en cada una de sus vertientes: Monarquía limitada, régimen bonapartista y comuna neo-jacobina.

Sin embargo aunque el mundo nunca fue igual desde que una turba parisina tomó la célebre Bastilla, la controversia sobre qué quedó de bueno de aquella experiencia revolucionaria radical (en el sentido primigenio del término, de ir a la raíz del problema) todavía nos persigue hoy en día como se puede ver en el último post de mi buen amigo José Migue ( J.M a partir de ahora) quien contrapone a dos figuras capitales del proceso revolucionario: Maximilien Robespierre y Georges-Jacques Danton. J. M como otros muchos han querido ver en estos dos representantes históricos dos maneras, cuasi antagónicas, de entender la revolución. Procediendo de visiones parejas sobre las causas últimas de la esclavitud del hombre (ambos se declararon seguidores acérrimos de filósofo Rousseau), evolucionaron de manera diferente hasta el punto de llegar al enfrentamiento personal y político en la primavera de 1794.

En enero de 1891 el dramaturgo francés Victorien Sardou estrenaba el drama revisionista Thermidor, en el que se glorificaba aquella jornada del 9 de Thermidor de 1794 en el que Robespierre y sus acólitos jacobinos eran violentamente desprovistos del poder político, bajo la acusación de haber instaurado un régimen de terror personal que había logrado malograr una revolución popular transformándola en una horrenda tiranía. Cuentan las crónicas periodísticas parisinas que la obra de Sardou originó tal controversia que a la tercera representación de la obra, la policía tuvo que cerrar el teatro ante la virulencia de las algaradas callejeras. La polémica llegó hasta el parlamento de la tercera república francesa, hasta el punto de que Clemenceau, entonces un ardoroso diputado de extrema izquierda y futuro primer ministro de la república en dos ocasiones durante los primeros años del siglo XX, recriminó a los diputados neo-dantonianos que habían mancillado la figura de Robespierre haciendo proselitismo de la obra “sacrílega” de Sardou.

La obra de Sardou venía precedida en el tiempo por la publicación, en 1835, de una obrita de Teatro, La muerte de Danton, del escritor alemán Georg Büchner donde éste establecía un paralelismo entre las figuras históricas de ambos dirigentes jacobinos en una ficticia cena en la que ambos contraponían sus antagónicas visiones sobre lo que se llamó la época del gran terror. Un régimen de delación, encarcelamiento y posterior ejecución de todo aquel que fuera considerado enemigo de la revolución por el entonces temible Comité de salut public . Salut no hacía tanto referencia a la salud, como es traducido incorrectamente al castellano, sino “salvación”. La convención nacional, en aquellos años del bienio 1793-1795, el órgano legislativo máximo de la entonces incipiente república francesa tenía encomendado su poder ejecutivo a pequeños comités sectoriales encargados de administrar la cosa pública. El de “salvación”, del que formaron parte tanto Robespierre como Danton en momentos distintos, tenía como finalidad salvaguardar a la joven republica de sus enemigos interiores. En un primer momento se trató del llamado clero refractario y la vieja aristocracia todavía fiel a la memoria de Luis XVI, luego la facción girondina y por último las dos escisiones nacidas del partido de la montaña: los llamados dantonianos y los hebertistas. El principal problema surgido con dicho comité es que acabó convirtiéndose en un instrumento destinado a eliminar físicamente a todo aquel que supusiera un potencial peligro para el mantenimiento del poder por parte de una pequeña facción del partido jacobino comandada por la parte más exaltada de dicho comité: Louis de Louis de Saint- Just, Maximilien Robespierre , Georges Couthon y sobre todo el “carnicero” Collot d´Herbois. Autor este último de la ignominiosa Ley del 22 de Pradial, que establecía los fundamentos jurídicos para los procesos sumarísimos, sin ninguna garantía legal, que sirvieron para ejecutar a muchos supuestos contrarrevolucionarios, como el propio Dantón o el periodista radical Jacques René Herbert.

Casi cien años después en Mayo de 1983 durante la celebración del Festival internacional de cine de Cannes, el cineasta polaco Andrzej Wajda presentaba ante el jurado internacional del certamen su última película que llevaba como título Danton. Basada en una obra de teatro polaca de 1929 de la dramaturga Stanisława Przybyszewska. En la película contraponía los dos personajes históricos. Robespierre, partidario de una república tan virtuosa como autoritaria, donde en la línea rousseauniana la discrepancia estaba excluida de la conformación de la volonté générale y en la que la república podía valerse de cualquier ardid para preservar su virtud. El propio Robespierre sintetizaba su visión de lo que debía ser la revolución cuando afirmaba que con éste “Les Citoyennes” habían reemplazado el despotismo de los reyes por el despotismo de la ley. Una ley tan arbitraria como injusta, como afirmó el propio Danton víctima de un juicio farsa, que anticipó en más de cien años, esos otros juicios farsas del estalinismo.

La película de Wajda que en su momento dio lugar a lecturas alegóricas respecto de la situación que vivía su Polonia natal, sometida a la ley marcial y al estado de excepción del general Jaruzelsky al igual que la república francesa secuestrada por Robespierre y otros fanáticos que lo secundaban, fue seriamente contestada en Francia. Al igual que ocurrió con la obra de Sardou, el partido socialista francés consideró una terrible afrenta la imagen que de la revolución y de la facción jacobina en particular se presentaba en la película de Wajda, por lo que llamó al boicot de la misma. Algo parecido ocurrió en Seminci en la que buena parte de la intelectualidad orgánica de izquierdas del país consideró horrenda la imagen que de Robespierre ofrecía la película. En 1983 buena parte de la izquierda radical a la que hoy se le llama la boca hablando de la democracia no tenía precisamente una visión demasiado crítica con las llamadas democracias populares del llamado bloque del este. Por desconocimiento, por mala fe o sencillamente por obcecación puramente ideológica, eran incapaces, mi querido J.M, de trascender su “miopía ideológica” y darse cuenta de que el “rey estaba desnudo”.

El cine de Wajda, hoy muy denostado por la crítica oficial que entiende que sólo es una buena película aquella que la gente no entiende o se atiene escrupulosamente a lo políticamente correcto, hacía un uso muy inteligente de las metáforas visuales. De hecho Danton comienza y acaba con una de estas que es muy descriptiva de por qué buena parte de las utopías suelen degenerar muchas veces en terribles pesadillas. La cinta de Wajda nos muestra a la ama de llaves de Robespierre, una fanática jacobina, bañando a su hermano pequeño, símbolo de la inocencia revolucionaria, al que obliga de forma muy autoritaria y rigurosa a memorizar el catecismo revolucionario que supone la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Ante cualquier vacilación o atisbo de error, el pequeño recibe un severo correctivo por parte de su hermana mayor. Al final de la película, que coincide con el triunfo del terror y la eliminación física de todos los que considera Robespierre sus enemigos, vemos de nuevo al pequeño, perfectamente acicalado y engalanado al estilo del buen ciudadano jacobino recitar impávidamente y con un semblante aterrado el catecismo revolucionario aprendido por la fuerza de la coacción que no de la convicción.

J.M afirmas en tu brillante y poética misiva que al igual que entre Danton y Robespierre se abrió un abismo personal, entre tú y yo una sima de incomprensión y desavenencia ideológica se ha instalado. Por mi parte siempre te he tenido y te tendré un gran afecto en lo personal. En lo ideológico no sé si ha existido esa perfecta sintonía. Siempre he procurado ser un heterodoxo convencido y practicante. Respecto de lo que tú llamas izquierda, mantengo ciertas reservas personales e intelectuales. En primer lugar, y de paso también expreso mi opinión sobre lo que Jorge Castrillón decía sobre la unidad de la izquierda, no creo que la izquierda sea una, al igual que no creo en la unidad de ninguna iglesia, ni en la imposición de ningún dogma: por loable que sea el fin perseguido. Como decía Spinoza en su célebre Tratado Teológico-Político en las iglesias, da igual el signo ideológico o la fe que profesen, se observa poca virtud y abunda la ignorancia, la superstición y sobre todo el miedo. El izquierdismo que tu profesas, y del que lamentablemente hace gala también buena parte de la izquierda que se autodenomina tal, está transido de posmodernismo. Ha preterido la racionalidad en aras de la pura emotividad. Se ha procedido a la inversión de la evidencia cartesiana del “pienso luego existo” al axioma del “siento luego tengo razón”. El estado algebraico, que no hace distinción como en el antiguo régimen de personas, condiciones, orientaciones, con el que las izquierdas buscaban eliminar la ignorancia, el miedo, la desigualdad ha sido abandonado por las izquierdas posmodernas en favor de una poliarquía neofeudal de grupos, lobbies, diferencias por doquier que lo único que hacen es contribuir al florecimiento del capitalismo más feroz e inhumano. De hecho para que tu yo militásemos en esa izquierda que dices que todavía defiendes deberíamos crear nuestra “propia diferencia” a fin de no ser tomados por esta como ceros a su izquierda. Nuestra diferencia debería ser puramente reactiva. No somos ninguna de las cosas por las que ahora la izquierda dice que lucha, y que sabes también como yo cuales son. No tenemos cabida en el partido metonímico y tampoco en el gubernamental por que no jugamos al pádel, que por si no lo sabes J.M ahora es de izquierdas.

 

Por todo esto y mucho más que espero contarte algún día en el que a buen seguro nuestros caminos se volverán a encontrar, te invito a que te hagas dantoniano. Parafraseando al rey francés Enrique IV que dicen que dijo que París bien vale una misa, yo te digo que la conciencia tranquila bien vale una buena purga de la izquierda posmoderna….

P.S . También quiero rendir un sincero homenaje a Daniel García, un nuevo hebertista al que ahora tantos critican por ser lo que siempre fue: coherente con sus ideas y nada interesado en sus objetivos. Me gustaría recordarle una frase de Walter Benjamin en su obra Tesis de la filosofía de la historia que dice “La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el «estado de excepción» en el que vivimos”.

".... Seguiremos todos juntos como siempre hemos hecho. Cuando uno se mezcla en un lío de éstos es hasta el final, si no quieres seguir eres peor que un animal y estás acabado ¡Estamos acabados! ¡Todos!..." ( Grupo Salvaje)

 

Un abrazo

 

Carlos “ Danton” Barrio…


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