“Desde el principio del género humano, todos los hombres, todas las tierras y todas las cosas, por derecho natural y de gentes, fueron libres y alodiales, o sea francas y no sujetas a servidumbre.

En cuanto al hombre se demuestra, porque desde el origen de la naturaleza racional todos los seres humanos nacían libres. Puesto que siendo todos los hombres de igual naturaleza, no hizo Dios a un hombre siervo, sino que a todos concedió idéntica libertad.

Pues la libertad es un derecho inherente al hombre necesariamente y desde el principio de la naturaleza racional, y es por eso de derecho natural, como se dice en el decreto: existe idéntica libertad para todos.

La esclavitud es un fenómeno accidental, acaecido al ser humano por obra de la casualidad y de la fortuna, pues cada cosa sigue su especie según lo que es esencial, y no según lo que es accidental. Lo que es accidental no pertenece a la esencia de la especie”.

De Regia Potestate. Bartolomé de las Casas

 

Esto es lo que en su momento aseveraba una persona tan poco sospechosa de ser comunista, igualitarista o dogmática izquierdista, como lo fue el padre Bartolomé de las Casas. En su obra De Regia Potestate realiza una excelsa demostración de que todas las personas fueron libres desde el principio del género humano, y que en absoluto la servidumbre, la que sufrían en aquellos momentos, y la que padecemos en la actualidad, tiene una causa natural sino provocada por la mano de los hombres.

El mismo Rousseau afirmaba que todos los hombres y mujeres nacemos libres, pero que por doquier se nos imponen cadenas y esclavitudes que no hemos elegido.

¿Es que acaso no era esa la penalidad de los hombres en los tiempos anteriores a la Revolución francesa, y no es acaso ahora, en el momento presente, nuestra situación, nuestra dignidad postrada y subyugada por intereses económicos intrínsecamente perversos?

Tras este breve prólogo, entraré de lleno en el tema que nos ocupa, y que no es otro que el enfrentamiento ideológico y político entre Danton y Robespierre en el agitado transcurso de la Revolución francesa.

 

Esta revolución, muy al contrario de lo que tu afirmas, constituyó uno de los pasos más grandes y bellos que la Humanidad haya dado en pro de la igualdad, la libertad metafísica y real, la fraternidad del cuerpo a cuerpo y la plasmación tanto sobre el papel como en el día a día de que todos los hombres son creados iguales, con iguales derechos, idéntica dignidad, y que por consiguiente, estos valores deben de ser protegidos por toda la comunidad humana al ser sagrados, inalterables y magnificentes.

Estimado Carlos, en tu empeño de hacer una defensa a ultranza de la figura de Danton, creo advertir, voluntaria o involuntariamente, algunas omisiones por tu parte.

En realidad, Danton era un veleta en lo que a ideario se refiere, un ser incongruente, interesado, de un cálculo y un oportunismo político, sino directamente perverso, si al menos maquiavélico.

Poco después de la huida del rey Luis XVI, dirigió la agitación republicana que condujo a los fusilamientos del Campo de Marte el 17 de julio de 1791, por lo que tuvo que refugiarse temporalmente en Gran Bretaña. Hasta aquí al menos, parecía ser un revolucionario comprometido.

Actuó contra los girondinos; dimitió de su ministerio, el de justicia, y pidió a Roland que hiciera otro tanto. Los girondinos contraatacaron, pidiéndole cuentas del empleo de 200. 000 libras puestas a su disposición para secretos tejemanejes políticos, pero Danton fue incapaz de justificarlo.

¿Si Danton pertenecía al partido de la Montaña, que oscuros negocios mantenía con los girondinos y por qué le cedieron tal cantidad de dinero?

Otra prueba más de su carácter veleta, es que a pesar de su inicial petición de destierro para Luis XVI, en el momento de dictarse sentencia votó por la muerte del rey.

Entró en relación con Dumouriez, lo que se le reprochó cuando la traición de éste, aunque tampoco pareció importarle demasiado.

Fue el instigador de la creación del Tribunal revolucionario ( como ministro de justicia), y del Comité de Salvación Pública, cuya jefatura ostentó durante algún tiempo.

No consiguió ahogar las insurrecciones de los contrarrevolucionarios, ni disminuir la inflación, ni terminar con el peligro exterior, por lo que fue apartado del Comité en favor de Robespierre. Seguramente fue a partir de este momento cuando se enconó con la figura de Maxim.

En definitiva, una vez concurridas tales circunstancias, Danton se transformó, si cabe más aún, en un cínico redomado, un lenguaraz al que solo preocupaban su posición y su destino personales.

Durante meses, mantuvo secretas negociaciones con las potencias extranjeras, con la más que segura intención de acabar con la revolución, puesto que él había quedado relegado a un segundo plano dada su veleidad e incompetencia en todo lo concerniente al proceso revolucionario.

El Comité de Salvación Pública tuvo conocimiento de estos manejos, por lo que decidió incluirlo en el proceso de “los bribones”, propósito que se vio favorecido por la participación de Danton en el escándalo de la liquidación de la Compañía de las Indias.

En una noche de un mes de marzo fue detenido por orden de Saint- Just, que no de Robespierre, y con la única finalidad de que fuera juzgado con las mismas garantías que cualquier otro ciudadano.

Como corolario, las actuaciones y maquinaciones políticas de Danton fueron tan contradictorias, que en muchos ciudadanos se afianzó la idea de que se trataba de un político oportunista y banal, demasiado banal, un bon vivant, o como diríamos hoy en día, un buen elemento.

Carlos, amigo mío, que lo que hasta ahora he relatado no lo consideres una justificación de la persecución política, ni de las depuraciones, ni de los procesos inhabilitantes y asesinos con el que muchos regímenes, poniendo como excusa el purismo ideológico, han apartado y destruido a aquellas personas que le resultaban incómodas. Para nada es este el caso de la confrontación entre Danton y Robespierre. El pulso que parece haber quedado soterrado para la historia, es el que verdaderamente se produjo, y no es otro que el pulso entre Danton y la Revolución francesa, entre una mal entendida individuación y el sentido de lo colectivo y lo universal, entre el egoísmo individualista y zafio, y la confraternidad de todo viviente sujeto de derechos.

En cuanto a Maximilien Robespierre, yo pondría la mano en el fuego, atreviéndome a declarar que para mí es la figura histórico-política más intensa y brutalmente calumniada por la historiografía oficial. Han querido presentar a Robespierre como un hombre sin piedad, borracho de poder y sin compasión para con nadie.

Esta es la caricatura que nos han mostrado, y que a mi juicio, tiene una intencionalidad muy clara, y es la de enviarnos a todos, tanto del pasado, como del presente, y de la posteridad, un mensaje de disuasión, evitando así que podamos sentirnos tentados por revolución alguna, o intento de transformación de la tiranía en libertad y en recuperación de la dignidad humana.

Durante 230 años han arrastrado la imagen de Robespierre por el fango, porque lo que más temen los tiranos es la conjunción de la inteligencia, la virtud y la audacia en un solo hombre, y qué a su vez, este sea capaz de devolver la esperanza a las masas desposeídas de cualquier tiempo o lugar.

La hostilidad que Robespierre profesaba por toda forma de violencia era patente y constante. Cuando aún era un joven abogado, se pronunció contra la pena de muerte, reafirmándose en esta posición durante el proceso contra Luis XVI.

A finales de 1791 se opone a la guerra, porque arruina a los pueblos y solo beneficia a los generales y a los contrarrevolucionarios. Se opone a toda dictadura y a cualquier intento de malversación de la justicia desaprobando en diversas ocasiones la “Ley Pradial”, elaborada por Couthon y que rechazaba toda asistencia a los sospechosos y detenidos.

Con la ejecución de Robespierre,- no realizada ni ordenada por el pueblo sino por los contrarrevolucionarios,- la revolución se paró y volvió sobre sus pasos, esa misma a la que él había consagrado y sacrificado toda su vida.

Hay un momento en el que haces mención al supuesto izquierdismo que yo profeso, y que afirmas está transido de postmodernismo.

Por razones obvias, la filosofía postmoderna me repele tanto como a ti, ya que en esta se produce un desvanecimiento de la creencia en utopías, acentúa el individualismo hasta niveles enfermizos, se interesa por la realidad siempre y cuando tenga un valor de cambio, en caso contrario, no se interesa por ella; la espiritualidad deja de ser relevante inclinándose a prácticas que procuren una satisfacción inmediata, como el consumismo. En definitiva, la postmodernidad es una filosofía y una forma de vida antitética a mi modo de concebir la realidad y el mundo.

Se me podría considerar como un esencialista, querido Carlos, entendiendo esencialismo en el sentido de que me gusta, creo, tengo fe, doy la razón, antepongo, considero y tengo mucho más en cuenta la esencia de las cosas y de las personas que cualquier otra contingencia.

Hay algunas cuestiones que me preocupan en personas como tú o en posicionamientos como el de Danton en su momento, y es vuestro escaso sentido de lo colectivo, al que no concedéis ningún valor.

Ser esencialista es creer en el ser humano y en lo que representa, y la más valiosa de las esencias que podemos contener es el espíritu colectivo, el amor por la fraternidad, la firme creencia en que la salvación no es individual, sino colaborativa y colectivista, et voilà.

Por otra parte, afirmas que la izquierda contemporánea ha dejado de lado la racionalidad para dar paso a la pura emotividad, y que desde lo emocional ha pretendido ostentar la verdad absoluta. Por supuesto que la razón es necesaria, -por eso pensamos que la derecha, el capitalismo, el liberalismo económico y cualquiera de los ismos que pontifican sobre, y de la idoneidad de las terribles desigualdades que padecemos-, no tienen razón.

Pero de la misma manera te preguntaría, ¿qué es la vida sino emoción, pasión y deseo de justicia?, ¿por qué el intelecto ha de limitarse a ser una piedra pómez y a un constructo aséptico?. El afán de justicia social es alma, es un humanismo, emotividad y sentimiento. Tú en cambio, pareces haber eliminado de tu diccionario cognitivo el sentimiento, la emocionalidad, el abismo de la vida y el misterio del devenir, observas el mundo desde una atalaya helada y desprovista de cualquier trascendencia, (puro postmodernismo por otra parte), cosificas la realidad cartesianamente, desposeyéndola de todo sentido.

Yo te reto, estimado Carlos, a que bajes hasta el barro de la pura humanidad, a que dejes de estar encaramado en ese permanente circunloquio que pretende justificar un status quo injustificable.

Yo también te aprecio mucho, te respeto y añoro la conversación contigo. Estoy convencido de que a esta sociedad, -amante de lo efímero, de la mentira y lo inconsistente-, no le interesan las personas sensibles como nosotros, porque yo creo que en el fondo, si rascas un poco, se acaba por encontrar la persona sensible que hay en ti, oculta en tu inconsciente.

Recuerdas aquel aforismo de Robespierre que decía: ”¿Hasta cuándo el furor de los déspotas será llamado justicia y la justicia del pueblo, barbarie o rebelión?”

Estas fueron las palabras de un hombre tímido, sensible, y que le otorgó a la justicia social un sentido trascendente.

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